Revista de filosofía

Un retorno a la utopía

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Marc Augé, El porvenir de los terrícolas. El fin de la prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria, trad., Albert Berenguer, Editorial Gedisa, México, 2018

Cuánta confianza y enorme fe en el futuro se desplegó con el proyecto de la modernidad. Seguramente nunca más se ha dado esta situación vital tan determinante como a principios del siglo XVII cuando nació, como entre susurros, ese proyecto, ese plan llamado Modernidad y con el que tantas cosas quedaron suspendidas y abandonadas. Con la modernidad nacieron también eso que Foucault llamó los “saberes sometidos”, saberes históricos que quedaron presentes y, al mismo tiempo, enmascarados dentro de conjuntos prácticos, funcionales, metódicos y sistemáticos. Saberes que quedaron desautorizados, desacreditados, disminuidos por cándidos, por lo que se les consideró inferiores, saberes como el del sujeto psiquiatrizado, saberes como el del enfermo o el del enfermero; saberes que detenta la gente común pero que, al mismo tiempo su saber no es común sino que pertenece a una subjetividad particular, territorial, diferencial, saberes de experiencia que son incapaces de una supuesta objetividad.

Con la modernidad igualmente se desarrollaron con fuerza las viejas utopías y nacieron otras como formas dables y deseables de futuras perfecciones sociales que, al mismo tiempo mostraron su ineficacia o su imposibilidad pero que funcionaron como mundos posibles. Mundos con enormes cargas idealistas, fueron terreno firme para expresar y trazar sistemas de vida en sociedad alternativos, quizá más justos, análogos y con pesos éticos impositivos y que, se hicieron prolongables a diferentes espacios de la vida humana. Las utopías desde entonces se han hecho presentes en todos los ámbitos y en ellas se han trazado tanto utopías económicas, como tecnológicas, políticas, sociales, educativas, religiosas y ecológicas.

Marc Augé en El porvenir de los terrícolas. El fin de la prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria, de editorial Gedisa ha escrito que fue el siglo XX el espacio donde no sólo se dio “la muerte de las utopías”, sino también de “los grandes relatos” del siglo XIX que “resultaron en monstruosidades sociales y políticas”. El siglo XX, añade, […] fue el siglo de los experimentos de la ciencia, a veces mortíferos cuando sus aplicaciones intervinieron directamente en el curso de la historia humana, como fue el caso de las distintas armas producidas en la investigación sobre el átomo”.[1]

A qué dudarlo. Este libro representa una suerte de canto del cisne. Nuestra realidad asombrada, abrumada y agotada por el avance tecnocientífico no deja espacio para que circule un nuevo aire, un nuevo comienzo que restituya la confianza en aquello que la modernidad llamó “progreso”, esa “ambición que está en el corazón de la empresa humana”.[2] La sociedad por este avance se reconfigura y pierde asidero, crea distintas subjetividades que están afectadas por el derrumbe de las utopías, quizá la más importante: la utopía liberal. Estamos ante movimientos migratorios sin precedentes en la historia, que producen los no-lugares (espacios de tránsito, de comunicación y de consumo). La humanidad, nos dice Augé, ha quedado sin futuro y sin pasado, pareciera que sólo puede habitar en un presente eterno, sin sombras, sin luces, es decir, sin contrastes.

Marc Augé

Marc Augé

Nuestra época que Augé denomina como la “prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria” se ve imposibilitada a dar respuesta a los movimientos sociales que dan fisonomía distinta a la que nos habíamos acostumbrado. Agobiada por las nuevas clases sociales: los poderosos, los consumidores y los excluidos, hacen que “la especulación financiera se impone por encima de la lógica de la producción y de la prosperidad social”[3] imposibilitando cualquier sistema democrático. Los poderosos sin ser un grupo homogéneo (pues ¿qué distingue al poderoso de otro?) pertenecen y definen el futuro del sistema existente en los ámbitos político, científico, y económico. Los consumidores, en tanto, son o somos el motor mismo del sistema. Devoramos todo lo posible, sin restricciones pues todo está dispuesto para ello, estamos inmersos en esa idea de innovación a la que se refirió Schumpeter pues ella es lo que constituye nuestro futuro. El ejemplo son las redes sociales.

Una sociedad de consumidores que se presentan y representa en las redes sociales, “como lugares de contacto, intercambio, cultura e información. Esas mismas redes son el lugar y el objeto privilegiado del consumo, ya que la tecnología que hace que cada día aumente su rendimiento se materializa en el mercado en productos constantemente renovados que no cesan de difundir y reproducir su propia imagen”.[4] Y los excluidos, son los que quedan fuera de todo esto. Son los sin-nombre. Hay otros ecos que Augé retoma en este despliegue como el de Durkheim y su sacralidad laica que apuesta por la tríada de dimensiones fundamentales: individual, cultural y genérica que sólo se pueden cumplir cada una en la medida en que se respeten las otras dos. Con esto atañe a la referencialidad imprescindible de los otros.

La modernidad siempre en cuestión muestra los tremendos estertores y su enorme lucha por sobrevivir. Por eso Augé nos habla del cambio de escala[5] donde nos encontramos con el no-lugar, es decir, con aquello que “se identificaba más bien con los espacios de circulación, de consumo y de comunicación característicos de la hipermodernidad, entendida esta como la aceleración de los procesos activos en la aparición de la modernidad: individualización de las referencias, sobreabundancia de los acontecimientos y sobreabundancia espacial. Los aeropuertos, supermercados y las imágenes difundidas por la televisión o Internet eran definibles en este sentido […] como no-lugares.”[6]

Quizá sólo nos queda, como piensa Augé, acaso llevar a cabo una etnoficción, donde “asistimos todos, con una especie de fascinación angustiada y turbada, al espectáculo de los movimientos de población, la violencia y las crisis políticas que son síntomas de la transición hacia la era planetaria”.[7] A pesar de todo, Augé tiene aún una esperanza que es el hecho de que a pesar de que “el drama de la época contemporánea, que también constituye su esperanza, es que pone a la humanidad ante la necesidad de hacer posible la utopía si quiere impedir la doble amenaza que pesa sobre ella: una desigualdad creciente entre individuos y una disolución general en el universo mediático. O, para decirlo de forma más brutal: la doble amenaza de la exclusión de algunos y de la alienación de todos. La realización de la utopía indica una dirección e implica un recorrido”.[8]

Esta directriz a la que apunta Augé quizá no esté del todo desencaminada, quizá porque no queremos que sea eso, un estertor más y, como decía Heidegger, en “Para qué poetas en tiempos de penuria”: estamos en “esa época de la noche del mundo es el tiempo de penuria, porque, efectivamente, cada vez se torna más indigente. Con dicha falta, el mundo ha quedado privado del fundamento que él mismo funda. Abismo significa originalmente el suelo y fundamento hacia el que, por estar más bajo, algo es precipita. Entendemos, sin embargo, ese ab de la palabra abismo (abgrund) como la ausencia total de fundamento. La era a la que le falta el fundamento está pendida sobre el abismo. Los dioses que tuvieron antaño aquí sólo retornan en el momento adecuado, esto es, sólo volverán cuando las cosas relativas a los hombres hayan cambiado en el lugar correcto y la manera correcta”.

 

Notas

[1] Marc Augé, El porvenir de los terrícolas. El fin de la prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria, trad., Albert Berenguer, Editorial Gedisa, México, 2018, p. 15.
[2] Ibídem, p. 27.
[3] Ibídem., p. 16.
[4] Ibídem., p. 17.
[5] Ibídem., p. 35 y sigs.
[6] Ibídem., pp. 36.37.
[7] Ibídem, p. 103.
[8] Ibídem, p. 106.