Revista de filosofía

Sor Juana: deseo y melancolía

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COLLAGE POR AUGUSTO JIM

COLLAGE POR AUGUSTO JIM

 

Resumen

El principal objetivo de este artículo es demostrar que el pensamiento filosófico de Sor Juana puede ser interpretado desde la relación que mantienen entre sí la filosofía, la melancolía y el deseo (Eros). Por otro lado, pretendo ampliar la investigación (basada en los estudios de Octavio Paz, Robin Ann Rice Carlssohn y Jorge Alcázar) más allá de Primero Sueño, incluyendo los sonetos: Finjamos que soy feliz, Al que ingrato me deja, busco amante y Este amoroso tormento. Para esto, será necesario comprobar la influencia del hermetismo en el pensamiento de Sor Juana, junto con la repercusión que tuvo el estudio de la melancolía durante el Siglo de Oro español.

Palabras clave: melancolía, deseo, hermetismo, Siglo de Oro español, Sor Juana, Primero Sueño.

 

Abstract

The main objective of this article is to show that Sor Juana’s philosophical thought can be interpreted from the relationship between philosophy, melancholy and desire (Eros). On the other hand, I intend to expand the research (based on the studies of Octavio Paz, Robin Ann Rice Carlssohn and Jorge Alcázar) beyond First I Dream, including the sonnets: Let’s pretend that I am happy, Who ungrateful leaves me I as lover seek and This amorous torment. For this, it will be necessary to verify the influence of hermeticism in Sor Juana’s thought together with the repercussion that the study of melancholy had during the Spanish Golden Age.

Keywords: melancholy, desire, Hermeticism, Spanish Golden Age, Sor Juana, First I Dream.

 

El sueño, como Sor Juana lo llamó en su Respuesta a Sor Filotea, es la obra a la que se acude por antonomasia para estudiar el pensamiento filosófico de la Décima Musa. Por lo tanto, suele leerse desde sus contenidos epistemológicos. Vale decir, además, que es el único “papelillo” que la gran poetisa afirmó haber escrito por voluntad propia.[1] Sin embargo, como ya lo había sugerido Octavio Paz en su obra Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, parece que Primero Sueño, como fue titulado en su primera publicación, también puede ser leído desde una perspectiva melancólica,[2] es decir, desde los saberes que se gestaron alrededor de la bilis negra a lo largo de la historia y que, durante el Renacimiento, cobraron mayor importancia que nunca, sobre todo en cuanto a la relación genio-melancolía. Con respecto a este punto, me parece pertinente mencionar que, aun cuando los estudios de Paz sobre Sor Juana puedan parecerle a muchos de sus conocedores una serie de invenciones, en cuanto a las afirmaciones que realiza sobre la melancolía, no me parece que haya visto mal, al contrario, considero que existen diferentes elementos (históricos, simbólicos y biográficos) a partir de los cuales una lectura semejante resulta no solo plausible, sino también enriquecedora. Por esta razón, en las líneas que siguen, pretendo desarrollar el contexto en el que surgen dichos elementos y la manera en la que pueden ser apreciados en algunas obras de Sor Juana. Solo así tendrá sentido mi propósito final: comprender la carga erótica de la melancolía en la filosofía Sor Juana.

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “FANTASÍA LÍRICA”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “FANTASÍA LÍRICA”

Los estudios a los que recurro principalmente son “La reinvención de la melancolía: Primero sueño de Sor Juana y Melancholia I de Durero” de Robin Ann Rice Carlssohn y “La figura emblemática de la melancolía en El sueño de Sor Juana” de Jorge Alcázar. Ambos textos, como su nombre lo indica, se basan en la silva Primero Sueño. No obstante, debido a mi propósito final, ampliaré dichas investigaciones hacia las siguientes obras: Finjamos que soy feliz, Este amoroso tormento y Al que ingrato me deja, busco amante.

JOSEPH CALDEVILLA (DISEÑO) Y CLEMENS PUCHE (DIBUJO Y GRABADO), “RETRATO DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ DE AZUAJE Y RAMÍREZ”

JOSEPH CALDEVILLA (DISEÑO) Y CLEMENS PUCHE (DIBUJO Y GRABADO), “RETRATO DE SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ DE AZUAJE Y RAMÍREZ”

 

La melancolía en el Renacimiento

Hipócrates, uno de los médicos más importantes del siglo V a. C., reelaboró e integró en su Sobre la naturaleza del hombre las especulaciones filosóficas de Alcmeón, Empédocles y Filistión. Asimismo, facilitó la integración de una serie de categorías tetrádicas (primavera, verano, otoño, inverno; sanguíneo, colérico, melancólico, flemático; sangre, bilis amarilla, bilis negra, flema; caliente, húmedo, seco, frío) mediante las cuales pretendió representar los elementos esenciales que relacionaban al microcosmos (el hombre) con el macrocosmos (el universo). Esta doctrina, conocida como “teoría humoral”, sobrevivió a lo largo de los años hasta llegar al Renacimiento, donde se convirtió en un tema de gran relevancia, sobre todo con relación a la caracterología humoral; esto es, en cuanto a la forma en la que actúan los cuatro humores en el cuerpo, produciendo un carácter particular en los hombres. Sin embargo, en este periodo, hubo un humor más estudiado que el resto, aquel que producía la melancolía, un tema al que fueron dedicados diversos estudios médicos, artísticos y filosóficos. Aunque, cabe mencionar, se centraron, por primera vez, más en la idea de los estados de ánimo que causan los humores que en las cualidades o caracteres que producían; en consecuencia, estos estudios sustituyeron el concepto de “cualidad” o “carácter” por el de “estado de ánimo”.[3] A continuación, retomo la siguiente imagen con el fin de esclarecer el concepto de cualidad, las categorías tetrádicas y su relación con la teoría de los cuatro humores:[4]

IMAGEN TOMADA DEL ARTÍCULO DE ROBIN ANN

IMAGEN TOMADA DEL ARTÍCULO DE ROBIN ANN

Pero ¿qué fue lo que detonó la relevancia de este tema? ¿Por qué la teoría humoral, siendo de carácter pagano, logró sobrevivir a través de la Edad Media?

La melancolía es un tópico que ha perdurado a lo largo de la historia occidental. Es un padecimiento cuyos decires y saberes han estado presentes de algún modo u otro en todas las épocas que conocemos: en la Época Clásica no solo fue tratada por Hipócrates, sino también por Aristóteles; en la Época Medieval, fue comprendida bajo el concepto de acidia; en el Renacimiento, fue asociada al genio; y en la Modernidad, se conservaron muchos de sus síntomas, pero el concepto de melancolía fue reemplazado por el de depresión.[5]

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA MONJA”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA MONJA”

Ahora bien, como he mencionado antes, fue durante el Renacimiento que el mito melancólico cobró muchísima importancia. Para dimensionar esto, basta con mencionar la razón por la que el doctor Andrés Velásquez publicó en Sevilla su Libro de la Melancolía en el año 1585.[6] Hace saber al lector que una de las principales causas que lo impulsaron a escribir fue la gran variedad de opiniones sobre un tema “de tanta importancia para la salud y bien público”.[7] Es decir, el doctor consideraba que era importante hablar sobre la melancolía en un momento en el que este padecimiento parecía afectar a muchos al punto de que incluso era capaz de manifestarse en el orden público.

Es difícil conocer con exactitud todas las circunstancias que lo llevaron a considerar esto. Siempre es difícil contestar a la pregunta de por qué una cosa fue así y no de otro modo; por qué la melancolía obtuvo tanta relevancia en ese tiempo. Aún así, podemos afirmar con seguridad que la revitalización de Ficino del Problema XXX fue una cuestión fundamental. Este documento es un texto del siglo V a. C. atribuido a Aristóteles, que comienza con la siguiente pregunta:

¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres de excepción, bien en lo que respecta a la filosofía, o bien a la ciencia del Estado, la poesía o las artes, resultan ser claramente melancólicos, y algunos hasta el punto de hallarse atrapados por las enfermedades provocadas por la bilis negra, tal y como explican, de entre los relatos de tema heroico, aquellos dedicados a Heracles?[8]

Gracias a esta antigua relación, descrita además por “El Filósofo”, Ficino pudo retomar el mito melancólico que desde entonces se relacionaba con los hombres de genio. En consecuencia, rescató el lado positivo de la melancolía, a pesar de que también habló de su carácter funesto.[9] Además, al relacionar este tema con los furores platónicos, logró impulsar lo que hoy conocemos como neoplatonismo florentino, la corriente imitada durante el Renacimiento por el resto de toda Europa.

Por otro lado, no hay que olvidar la fuerte influencia del hermetismo en los renacentistas, quienes creían que el Corpus Hermeticum se remontaba a los tiempos de Moisés y los egipcios, y que tanto el mundo pagano como la Antigüedad Clásica habían tenido acceso a la revelación cristiana.[10] En esta doctrina se conjugaban diferentes elementos del ocultismo antiguo, como la astrología. De aquí que se considerara fundamental la influencia de Saturno para que alguien padeciera de carácter melancólico. Incluso en 1532 Lutero afirma:

Yo, Martin Lutero, nací bajo los astros más desfavorables, probablemente bajo Saturno. […] Quien es acosado por la tristeza, la desesperación y las otras penas del corazón, quien tiene un gusanillo en la conciencia, debe en principio atenerse al consuelo de la Palabra divina, para comer y beber, y buscar la compañía y la conversación de gente bienaventurada en Dios y cristianos. Así será mejor.[11]

El hermetismo también tiene mucho qué ver con el simbolismo, un movimiento que se manifestó en este periodo en diversas obras artísticas, como sucedió con la silva Primero Sueño, de Sor Juana y el grabado Melancolía I, de Durero, por mencionar tan solo los que para este trabajo resultan pertinentes.

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “DÉCIMAS”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “DÉCIMAS”

Así que, aun cuando no sea posible responder de manera cabal a la pregunta por las causas de la importancia de la melancolía durante el Renacimiento, es posible pensar que la recuperación del Problema XXX de Aristóteles, el estudio del hermetismo y su relación con la astrología y el simbolismo, crearon un ambiente propicio para la recuperación del mito del genio melancólico. Aunque, junto con estos factores, es preciso tener en cuenta algunos otros no menos importantes: la Reforma Protestante, la obsesión general de España por recuperar las fronteras,[12] el declive del Sacro Imperio Romano Germánico, el debilitamiento de la Iglesia católica, la profunda crisis económica que sobrevenía después del sistema feudal[13] y las epidemias. Todos estos permiten que sea más fácil imaginar cómo se constituyó un dominio de conocimiento sobre la melancolía, pues la tristeza, el abatimiento del alma y el sinsentido de la vida parecían tener en esta época más sentido que nunca.

Por otra parte, el hecho de que la teoría humoral, siendo una doctrina de raíces paganas, pudiera sobrevivir al Medioevo, tiene qué ver con que las únicas fuentes para la medicina eran, justamente, las hipocráticas y las galeanas,[14] las cuales, además de guardar una cierta correspondencia con el pensamiento medieval (como el considerar de manera negativa el diseccionar los cuerpos o el pensar al hombre y al mundo desde la semejanza), ya habían sido profundamente desarrollas por la medicina árabe, producto del poder que había logrado adquirir el islam durante su periodo de expansión por Europa.

 

Sor Juana: Barroco, hermetismo y melancolía

Hacia finales del siglo XVI e inicios del XVII comenzaron a circular por Europa textos sobre melancolía dirigidos al público en general. Los más conocidos son Anatomía de la melancolía, de Robert Burton y Sobre la esencia y la curación del amor o la melancolía erótica, de Jacques Ferrand. Ambos fueron publicados a comienzos del siglo XVII y escritos en ingles y francés, respectivamente, y no en latín como solían hacer los médicos.[15] El texto del doctor Velásquez, al que antes me he referido,[16] es otra de las obras que se publicaron durante la misma época y con la misma finalidad, solo que en lengua castellana.

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA NIÑA DE NEPANTLA”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA NIÑA DE NEPANTLA”

Todo esto, junto con lo que anteriormente he descrito, conduce directamente a Sor Juana: ¿Cómo es que una persona de su talla pudo haber vivido durante el siglo XVII sin haber conocido todas aquellas cosas que se decían alrededor de la melancolía? Creo que ahora resulta casi imposible pensar a Sor Juana sin la melancolía. De hecho, el que se hayan publicado obras destinadas a un publico más amplio habla de la forma en la que este tema ya se se había convertido para entonces en objeto de discusión de casi cualquier persona. Como prueba de ello, traigo nuevamente a colación la razón por la que el doctor Velásquez publicó su tratado: la gran variedad de opiniones sobre un tema “de tanta importancia para la salud y bien público”. Por lo tanto, su Libro de la Melancolía demuestra que el Siglo de Oro español se encontraba embebido de esta idea. Incluso, algunos de los grandes escritores de este periodo han sido estudiados actualmente desde esta perspectiva y se ha resaltado el papel melancólico que se juega en algunos de sus personajes principales. Un ejemplo es Segismundo, el personaje de La vida es sueño de Calderón de la Barca.[17] También es sabido que Shakespeare había leído el tratado de la melancolía de Timothy Bright[18] y que, como consecuencia de ello, pudo construir el personaje de Hamlet. Finalmente, es Roger Bartra quien estudia extensamente la relación entre don Quijote y la melancolía. Considera que la tristeza de este personaje es una melancolía barroca en la que se reúnen diversas tradiciones culturales renacentistas españolas: la nueva medicina, el misticismo, la dramaturgia y la cortesía. Afirma, además, que en esto consiste lo mejor del Siglo de Oro.[19]

En cuanto al hermetismo, se sabe que Sor Juna era conocedora de la obra de Kircher y de Baltasar de Vitoria. A través de ellos, pudo heredar la tradición hermética y el “entusiasmo egiptológico”.[20] Gracias a la influencia de esta doctrina, adoptó la idea de que la imagen tenía un lugar privilegiado frente al lenguaje verbal, en tanto que era considerado un vehículo más propicio para comunicar las verdades eternas. Cabe mencionar que a esto se añade la creencia neoplatónica de la inspiración divina, pues “las opiniones de Plotino y Ficcino dan pie para pensar que en los símbolos de los emblemas existe un sentido místico ulterior”.[21] El sueño, según Robin Ann y Juan Alcázar, es la obra más representativa en este sentido.

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA DÉCIMA MUSA”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA DÉCIMA MUSA”

Por lo tanto, Sor Juana no fue “ajena a esta conceptualización de la emblemática, ni a la visión sincrética que hermanaba lo pagano y lo cristiano”.[22] De hecho, es “bajo la influencia del pensamiento neoplatónico hermético”[23] que Sor Juana considera a Saturno como un elemento necesario “para lo que Ficino llamó la contemplación divina”.[24] Así lo afirma Robin Ann, quien considera que en Primero sueño se manifiesta claramente “el deseo de trascender lo material y de explorar lo incógnito por medio de un yo poético melancólico”.[25] Esta última expresión esta relacionada con el hecho de considerar la silva de Sor Juana y el grabado más representativo de la obra dureriana (Melancolía I) como obras compuestas por los mismos elementos, representando la misma temática: el genio melancólico, libre y sin miedo es capaz de entrever toda la creación, “pero incapaz de vislumbrar el mundo supralunar”,[26] aun cuando su alma anhela más que otra cosa alcanzar la Causa Primera.[27] La imposibilidad radica en la naturaleza del hombre, que oscila entre lo divino y lo animal; desea tener acceso a las verdades divinas, pero le es imposible debido a su parte terrenal. Por eso lo único que puede hacer es convertir en dolencia y talismán esa entrada al cielo.[28]

Los versos que cito a continuación son un recorrido general por esta idea a través de El sueño, de Sor Juana:

[…]

al cerebro envïaba

húmedos, mas tan claros los vapores

de los atemperados cuatro humores,

que con ellos no sólo empañaba

los simulacros que la estimativa

dió a la imaginativa,

y aquésta, por custodia más segura,

en forma ya más pura

entregó a la memoria que, oficiosa,

grabó tenaz y guarda cuidadosa,

sino que daban a la fantasía

lugar de que formase

imágenes diversas.[29]

[…]

según de Homero, digo, la sentencia,

las Pirámides fueron materiales

tipos solos, señales exteriores

de las que, dimensiones interiores,

especies son del alma intencionales:

que como sube en piramidal punta

al Cielo la ambiciosa llama ardiente,

así la humana mente

su figura trasunta,

y a la Causa Primera siempre aspira

-céntrico punto donde recta tira

la línea, si ya no circunferencia,

que contiene, infinita, toda esencia-.[30]

[…]

En cuya casi elevación inmensa,

gozosa mas suspensa,

suspensa pero ufana,

y atónita aunque ufana, la suprema

de lo sublunar Reina soberana,

la vista perspicaz, libre de antojos,

de sus intelectuales bellos ojos,

(sin que distancia tema

ni de obstáculo opaco se recele,

de que interpuesto algún objeto cele),

libre tendió por todo lo crïado:

cuyo inmenso agregado,

cúmulo incomprehensible,

aunque a la vista quiso manifiesto

dar señas de posible,

a la comprehensión no, que -entorpecida

con la sobra de objetos, y excedida

de la grandeza de ellos su potencia-

retrocedió cobarde.[31]

[…]

y por mirarlo todo, nada vía,

ni discernir podía

(bota la facultad intelectiva

en tanta, tan difusa

incomprensible especie que miraba[32]

[…]

Mas como al que ha usurpado

diuturna obscuridad, de los objetos

visibles los colores,

si súbitos le asaltan resplandores,

con la sobra de luz queda más ciego[33]

[…]

recurso natural, innata ciencia

que confirmada ya de la experiencia,

maestro quizá mudo,

retórico ejemplar, inducir pudo

a uno y otro Galeno

para que del mortífero veneno,

en bien proporcionadas cantidades

escrupulosamente regulando

las ocultas nocivas cualidades,

ya por sobrado exceso

de cálidas o frías[34]

[…]

Pues si a un objeto sólo -repetía

tímido el pensamiento-

huye el conocimiento

y cobarde el discurso se desvía;

si a especie segregada

-como de las demás independiente,

como sin relación considerada-

da las espaldas el entendimiento,

y asombrado el discurso se espeluza

del difícil certamen que rehusa

acometer valiente,

porque teme –cobarde-

comprehenderlo o mal, o nunca, o tarde.[35]

[…]

Tipo es, antes, modelo:

ejemplar pernicioso

que alas engendra a repetido vuelo,

del ánimo ambicioso,

que -del mismo terror haciendo halago

que el valor lisonjea-,

las glorías deletrea

entre los caracteres del estrago.[36]

[…]

la sombra fugitiva,

que en el mismo esplendor se desvanece,

cuerpo finge formado,

de todas dimensiones adornado,

cuando aun ser superficie no merece.[37]

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “EL DESPERTAR DEL SUEÑO”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “EL DESPERTAR DEL SUEÑO”

 

Deseo, filosofía y melancolía

Paz afirma que Sor Juana “fue una verdadera melancólica”, y enseguida comenta:

En términos de economía psíquica -para emplear la expresión de Freud- el mal de sor Juana no era la pobreza sino la riqueza: una libido poderosa sin empleo. Esa abundancia, y su carencia de objeto, se muestran en la frecuencia con que aparecen en sus poemas imágenes del cuerpo femenino y masculino, casi siempre convertidas en apariencias fantasmales: sor Juana vivió entre sombras eróticas. Sus poemas revelan, además, que fue una verdadera melancólica. Empleo esta palabra en el sentido que le daban Ficino y Cornelius Agrippa pero también en el de Freud: las dos concepciones se completan. Para los primeros, la melancolía era una suerte de vacuidad interior (vacantia) que, en los mejores, se resolvía en una aspiración hacia lo alto; para Freud, la melancolía es un estado semejante al duelo: en ambos casos el sujeto se encuentra ante una pérdida del objeto deseado, sea porque ha desaparecido o porque no existe. La diferencia, claro, es que en el caso del duelo la pérdida es real y en el del melancólico imaginaria. Para Freud (es curiosa la coincidencia con Ficino) la melancolía se asocia, en ciertos casos, al trastorno psíquico opuesto: la manía. O sea: al furor divino, al entusiasmo de los platónicos.[38]

Por otro lado, Giorgio Agamben desarrolla en el primer capítulo de su obra Estancias la condición erótica del melancólico. A través de un estudio del acidioso puede hablar del llamado objeto perdido, es decir, de aquello en lo que se mantiene fijo el deseo pero que se muestra inalcanzable. En segundo lugar, plantea la relación entre el amor y la melancolía y afirma que la medicina humoral consideraba a ambos fenómenos como la expresión de una misma enfermedad. Después resalta que en el duelo melancólico el deseo está fijo en algo que se supone perdido; por lo tanto, la pérdida no es real, de manera que todo lo que se construye alrededor de esa supuesta pérdida termina siendo una cuestión fantasmática. Finalmente recurre a Freud para hablar del duelo melancólico y dejar más clara su tesis, puesto que para Freud, el objeto perdido es exactamente el objeto fantasmático.

Si unimos las afirmaciones de Octavio Paz y el estudio de Agamben es posible comprender la relación que hay entre el amor y la melancolía. Esta última consiste en desear aquello que nunca podrá ser alcanzado; sin embargo, es gracias a esto que el deseo persiste. Un ejemplo es el Cancionero de Petrarca, testimonio de su amor por Laura, una mujer que nunca será suya, pero, aun así, construye alrededor de ella una serie de cualidades y expectativas; construye fantasmas, de esto dan testimonio los siguientes versos: “nado por un mar que no tiene fondo ni orillas,/ aro las olas, construyo en arena y escribo en el viento”.[39] ¿Es el hecho de que Laura nunca pueda ser suya lo que lleva a Petrarca a desearla y enamorarse profundamente, al punto de afirmar: “sólo me consuela que el languidecer por ella es mejor que gozar con otra”?[40]

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “EL DIVINO NARCISO”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “EL DIVINO NARCISO”

Lo que quiero decir con todo esto es que la melancolía es erótica, siempre ha sido pensada de esta manera. Es suficiente con volver al Problema XXX[41] y a la infinidad de textos médicos, literarios, religiosos y filosóficos que desde entonces han sido escritos. Sor Juana no está exenta de esta tradición, los versos del poema que cito a continuación lo demuestran:

Este amoroso tormento

que en mi corazón se ve,

sé que lo siento, y no sé

la causa por que lo siento.

 

Siento una grave agonía

por lograr un devaneo

que empieza como deseo

y para en melancolía.

 

Y cuando con más terneza

mi infeliz estado lloro,

sé que estoy triste e ignoro

la causa de mi tristeza.

 

Siento un anhelo tirano

por la ocasión a que aspiro

y cuando cerca la miro

yo misma aparto la mano.

 

Porque si acaso se ofrece

después de tanto desvelo,

la desazona el recelo

o el susto la desvanece.

 

[…]

 

Sin bastantes fundamentos

forman mis tristes cuidados,

de conceptos engañados,

un monte de sentimientos.

 

[…]

 

No huyo el mal ni busco el bien,

porque en mi confuso error

ni me asegura el amor

ni me despecha el desdén.

 

En mi ciego devaneo,

bien hallada con mi engaño,

solicito el desengaño

y no encontrarlo deseo.

 

[…]

 

Esto de mi pena dura

es algo del dolor fiero

y mucho más no refiero

porque pasa de locura.

 

Si acaso me contradigo

en este confuso error,

aquel que tuviese amor

entenderá lo que digo.[42]

 

Aquí podemos apreciar el juego entre erotismo y melancolía: un amoroso tormento, de causa desconocida, que comienza con deseo y termina en melancolía.

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA MONJA FLORIDA”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “LA MONJA FLORIDA”

En cuanto a la relación que estos temas tienen con la filosofía podemos pensar en el genio melancólico, la caracterización del pensador que anhela poseer la verdad, aún cuando ésta sea fantasmática, pues la verdad nunca ha sido ni vista ni poseída por nadie, todo lo que se ha construido alrededor de ella no es más que un fantasma. Por eso, aquellos que se han dedicado a encontrar la verdad han descubierto que después de tanto es muy triste que no haya razón para nada, habiendo razón para tanto. Esto lo comprueba el siguiente poema:

Finjamos que soy feliz,

triste pensamiento, un rato;

quizá podréis persuadirme,

aunque yo sé lo contrario,

que pues sólo en la aprehensión

dicen que estriban los daños,

si os imagináis dichoso

no seréis tan desdichado.

 

Sírvame el entendimiento

alguna vez de descanso,

y no siempre esté el ingenio

con el provecho encontrado.

Todo el mundo es opiniones

de pareceres tan varios,

que lo que el uno que es negro

el otro prueba que es blanco.

 

[…]

 

El que está triste, censura

al alegre de liviano;

y el que esta alegre se burla

de ver al triste penando.

 

Los dos filósofos griegos

bien esta verdad probaron:

pues lo que en el uno risa,

causaba en el otro llanto.

 

Célebre su oposición

ha sido por siglos tantos,

sin que cuál acertó, esté

hasta agora averiguado.

 

Para todo se halla prueba

y razón en qué fundarlo;

y no hay razón para nada,

de haber razón para tanto.

 

[…]

 

Pues, si no hay quien lo sentencie,

¿por qué pensáis, vos, errado,

que os cometió Dios a vos

la decisión de los casos?

 

O ¿por qué, contra vos mismo,

severamente inhumano,

entre lo amargo y lo dulce,

queréis elegir lo amargo?

 

Si es mío mi entendimiento,

¿por qué siempre he de encontrarlo

tan torpe para el alivio,

tan agudo para el daño?

 

El discurso es un acero

que sirve para ambos cabos:

de dar muerte, por la punta,

por el pomo, de resguardo.

 

Si vos, sabiendo el peligro

queréis por la punta usarlo,

¿qué culpa tiene el acero

del mal uso de la mano?[43]

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “INUNDACIÓN CASTÁLIDA”

JORGE SÁNCHEZ HERNÁNDEZ, “INUNDACIÓN CASTÁLIDA”

Para terminar, quisiera traer a cuenta los siguientes versos de la poetisa con la intención de resaltar la importancia que ha tenido el mito melancólico en la historia de Occidente y del cual Sor Juana no pudo prescindir, sobre todo, porque, como hemos visto, vivió en el auge de los pensadores melancólicos. Esto nos lleva a comprender que el amor y la filosofía, tal vez más el primero que el segundo, no han podido ser pensados en la historia occidental sin la idea de fantasma, es decir, sin melancolía. Y la escritura, como Agamben afirma, ha sido la única forma de asir el objeto perdido.

Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me sigue, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata,

maltrato a quien mi amor busca constante.

 

Al que trato de amor, hallo diamante,

y soy diamante al que de amor me trata,

triunfante quiero ver al que me mata

y mato al que me quiere ver triunfante.

 

Si a éste pago, padece mi deseo;

si ruego a aquél, mi pundonor enojo;

de entrambos modos infeliz me veo.

 

Pero yo, por mejor partido, escojo;

de quien no quiero, ser violento empleo;

que, de quien no me quiere, vil despojo.[44]

 

Bibliografía

 

  1. Agamben, Giorgio, La palabra y el fantasma en la cultura occidental, Pre-textos, España, 1995.
  2. Alcázar, Jorge, “La figura emblemática de la melancolía en El sueño de Sor Juana”, en Poligrafías, nº 1, UNAM, 1996, pp. 126-130.

(http://www.journals.unam.mx/index.php/poligrafias/article/view/31278/28945), consultado el 12 de Junio de 2016.

  1. Aristóteles, El hombre de genio y la melancolía. Problema XXX, Acantilado, Barcelona, 2007.
  2. Bartra, Roger, Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro, Anagrama, España, 2001.
  3. Brechner Vega, Macarena, “Segismundo y Hamlet: entre la acción y la melancolía. Una mirada comparada”. (https://drive.google.com/file/d/0B8XHTPjkYsOGWG9ld3pZOWdnR2c/view?usp=sharing), consultado el 12 de Junio de 2016.
  4. Cioirdia y Vedda, Placeres de la melancolía. Reflexiones sobre literatura y tristeza, Gorla, Buenos Aires, 2014.
  5. Kristeva, Julia, Sol negro. Depresión y melancolía, Monte Ávila, Venezuela, 1987.
  6. Paz, Octavio, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Seix Barral, España, 1982.
  7. Petrarca, Francisco, Cancionero

(http://www.ataun.net/bibliotecagratuita/Cl%C3%A1sicos%20en%20Espa%C3%B1ol/Francisco%20Petrarca/Cancionero.pdf), consultado el 23 de diciembre de 2018.

  1. Rice Carlssohn, Robin Ann, “La reinvención de la melancolía: Primero sueño de Sor Juana y Melancholia I de Durero”, en Valenciana, , nº 16, Universidad de Guanajuato, 2015, pp. 78-79. (http://www.redalyc.org/pdf/3603/360340693004.pdf), consultado el 12 de junio de 2016.
  2. Sor Juana, Obras Completas. Comedias, Sainetes y Prosa, Tomo IV, Edición, prólogo y notas de Alfonso Méndez Plancarte, FCE, México, 1995.
  3. ________ Obras Completas. Lírica personal, Tomo I, Edición, prólogo y notas de Alfonso Méndez Plancarte, FCE, México, 2009.

 

Notas

[1] Cfr. Sor Juana, Obras Completas. Comedias, Sainetes y Prosa, ed. cit., §1260-1270, pp. 470-471.
[2] Cfr. Paz, Octavio, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, ed. cit., p. 286.
[3] Cfr. Rice Carlssohn, Robin Ann, “La reinvención de la melancolía: Primero sueño de Sor Juana y Melancholia I de Durero”, ed. cit., p. 79.
[4] Cfr. ídem.
[5] Es muy importante mencionar que el concepto de bilis negra (mélaina xolé en griego, de donde proviene la palabra melankholia = melancolía) recoge la teoría de los cuatro humores. xplican, de enthasta na moderna en el s. XIX, el t Ecrituras y que p. 19.idades, sertal y como explican, de ent cuatro humores. Con la llegada de la medicina moderna en el s. XIX esta teoría se vuelve obsoleta y, con ello, el término melancolía.
[6] Cfr. Bartra, Roger, Cultura y melancolía. Las enfermedades del alma en la España del Siglo de Oro, ed. cit., p. 19.
[7] Ídem.
[8] Aristóteles, El hombre de genio y la melancolía. Problema XXX, ed. cit., p. 79.
[9] Cfr. Bartra, Roger, Óp. cit., p. 162.
[10] Cfr. Alcázar, Jorge, “La figura emblemática de la melancolía en El sueño de Sor Juana”, ed. cit., pp. 128-129.
[11] Kristeva, Julia, Sol negro. Depresión y melancolía, p. 103.
[12] Cfr. Bartra, Roger, Óp. cit., p. 25.
[13] Cfr. Renacimiento en https://es.wikipedia.org/wiki/Renacimiento#Contexto_hist%C3%B3rico. Consultado el 24 de diciembre de 2018.
[14] Cfr. Bartra, Roger, Óp. cit.
[15] Cfr. Ibídem. p. 10.
[16] v. Tercer párrafo después de la imagen tomada del artículo de Robin Ann.
[17] Brechner Vega, Macarena, Segismundo y Hamlet: entre la acción y la melancolía. Una mirada comparada, ed. cit. googleliteraris.blmletfranccol el misticismo, la dramaturgia y la cortes medicina para un publico mitos en ingñes y franccol
[18] Cfr. Bartra, Roger, Óp. cit., p. 10.
[19] Cfr. Ibídem, p. 177.
[20] Alcázar, Jorge, Óp. cit., p. 127.
[21] Ibídem, p. 130.
[22] Ídem.
[23] Rice Carlssohn, Robin Ann, Óp. cit., p. 80.
[24] Ídem.
[25] Ibídem, p. 81.
[26] Ibídem, p. 93.
[27] Cfr. Ibídem, p. 87.
[28] Cfr. Ibídem, pp. 94-95.
[29] Sor Juana, Obras Completas. Lírica personal, ed. cit., vv. 254-266, p. 500.
[30] Ibídem, vv. 399-411, pp. 509-510.
[31] Ibídem, vv. 435-453, pp. 511-5121.
[32] Ibídem, vv. 480-484, p. 513.
[33] Ibídem, vv. 495-499, p. 514.
[34] Ibídem, vv. 516-526, p. 515.
[35] Ibídem, vv. 757-769, p. 529.
[36] Ibídem, vv. 803-810, p. 531.
[37] Ibídem, vv. 882-886, p. 535.
[38] Paz, Octavio, Óp. cit., p. 286.
[39] Petrarca, Cancionero, ed. cit., 129.
[40] Ibídem, 174.
[41] v. Aristóteles, Óp. cit., p. 87.
[42] Sor Juana, Obras Completas. Lírica personal, ed. cit., pp. 296-300.
[43] Ibídem, pp. 9-11.
[44] Ibídem, p. 410.