Revista de filosofía

Sol, multifacético

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Resumen

El presente artículo ofrece una mirada amplificativa en torno al oro alquímico (desde luego, oro debe entenderse dentro del conjunto arquetípico oro-sol-rey). Para ello, se efectúa un recorrido, no necesariamente cronológico, en torno a la historia de las ideas del símbolo en cuestión y de su concepto. El texto ofrece diferentes interpretaciones y perspectivas que apuntan tanto a la dimensión anímica como a la física de este símbolo, con el fin de cifrar su relevancia en la existencia del hombre. Después de todo, la virtud del oro no se encuentra en otro lado que en la potencia humana.

Palabras clave: alquimia, interpretación, sol, rey, oro, psicología profunda.

 

Abstract

The present article offers an amplifying glance around the alchemical gold (of course, gold must be understood within the archetypal set of gold-sun-king). To do this, a journey is made, not necessarily chronological, around the history of the ideas of the symbol in question and its concept. The text offers different interpretations and perspectives that point to both the psychic and the physical dimension of this symbol, in order to cipher its relevance in the existence of man. After all, the virtue of gold is not found anywhere other than in human potency.

Keywords: alchemy, interpretation, sun, king, gold, deep psychology.

 

La palabra oro proviene del latín vulgar orum, una contracción del clásico aurum, el cual, a su vez, proviene de un antiguo vocablo: ausrum < ausum. Ausum proviene de una antigua raíz indoeuropea, aus-, que es un alargamiento de otra aún más antigua, us-. La raíz us- designa luz, claridad o resplandor.[1] Como señala Jung, el sol es quaedam luminosita, una cierta luminosidad.[2] La raíz us- > aus-, y la propia palabra ausum > aurum > oro, nos remiten a la aurora < ausrosra.[3] Por su parte, Sol viene del vocablo latín homónimo, el nombre romano para designar a dicho astro. Se asocia con una raíz indoeuropea de donde proviene helio, por medio del griego ἥλιος.[4]

Asimismo, en la mitología griega, Helios es hijo de Hiperión y Tía; ambos dioses titanes de la observación y de la vista, por lo que otorgaban brillo y color al oro, la plata y otras gemas preciosas. De ahí que sus hijos, Helios, Selene y Eos, provengan de la misma raíz etimológica de luz, del mismo modo en que iluminan el día, la noche, y lo que hay entre ambos. Además, heredando la caracterización de sus padres, con frecuencia se considera a Helios como el ojo del mundo.

De manera tardía, el dios que fue asociado con el Sol fue Apolo. Si bien la palabra tiene un origen incierto, procede del griego απόλλων (apóllōn) y del latín apōllo. Mitológicamente, Apolo es hijo de Zeus y Leto,[5] hermano mellizo y menor de Artemis, quien, siguiendo la identificación con los vástagos de Hiperión, sustituyó a Selene. Dado que Artemis ayudó durante el parto, se le reconoce como madre virgen del dios, representando, de ese modo, un lado receptivo y femenino opuesto a la naturaleza activa y masculina de Apolo.

El vocablo ἥλιος se extendió también a los territorios egipcios, donde denominaron ‘Heliópolis’ a la ciudad donde se rendía culto a Ra. Este dios era considerado creador, capaz de transitar el cielo, la tierra y el inframundo sin perder su integridad y su luz, a diferencia de la Luna que, al descender, ocultarse o iluminar el otro lado de la tierra, decrece su luminosidad. Su representación jeroglífica era esta:

Y dentro de sus imágenes más comunes están la de un hombre maduro, con piel de oro, huesos de plata y cabello de lapislázuli; la de un hombre con cabeza de halcón, sobre la que se cierne el propio disco solar rojizo; y, cuando descendía al Inframundo, la de un hombre con cabeza de carnero, animal íntimamente relacionado al elemento fuego.[6]

El mismo Basilio Valentín establece la siguiente correspondencia: “[…] gusta a los Filósofos referirse a una analogía a propósito de la gran luminaria del cielo y a propósito del fuego interior que arde aquí a diario y brilla a la vista de todos, porque aquí en la tierra la luminaria más grande conserva con el fuego más pequeño un comportamiento magnético y una virtud atractiva y conciliadora”.[7] Es evidente la simpatía que existe entre lo externo y lo interno, es decir, la amistad entre el sol en tanto luminaria celeste y el sol en tanto brillo dorado en nosotros. Ambos fuegos son infusores espirituales de vida: del mismo modo que el sol ilumina y calienta al universo, en el cuerpo humano ­–en el corazón–, hay un arcano solar desde donde se emiten rayos de luz, vida y calor.[8]

Ficino retoma esta correspondencia al afirmar que “[…] la luz solar desciende del Sol al fuego y lo llena sin abandonar al Sol. Siempre permanece en el Sol y siempre llena al fuego”.[9] Este comentario, además de tener evidentes ecos platónicos, subraya la entereza de la luz del sol y su inmutabilidad eterna, de ahí que el oro sea la meta de la obra alquímica y la completud del hombre. Ficino también señala que el sol verdadero existe sólo en el mundo invisible,[10] lo cual, muy platónicamente, sugiere que el oro verdadero no es solamente un metal físico, sino una cualidad esencialmente espiritual. Ficino esclarece la relación entre luminosidad y verdad: “[…] la luz de la verdad guarda la misma relación con el ojo de tu alma que la luz del sol con el ojo del cuerpo […] no se puede entender nada sin la luz de Dios”,[11] misma que retoma Bruno, quien afirma que “[…] la luz interior ha sido irradiada en [él] por el sol divino intelectual”.[12] Esta noción se descubre en el platonismo, desde luego, particularmente en el mito de la caverna. El neoplatonismo plotiniano, asimismo, recoge esta analogía y asocia el Uno con el Sol, principio a partir del cual emana todo lo real.

El cristianismo también retoma esta relación. De hecho, hay muchas analogías entre las ideas alquímicas y el dogma cristiano. Esto no es accidental, sino acorde a una tradición. Gran parte del simbolismo del rey viene de aquí. El dogma del cristianismo deriva del folklore egipcio-helenístico y de la filosofía judeo-helenística. La alquimia también deriva de este origen, aunque ella adopta nociones gnósticas y paganas. En el cristianismo, hay vínculos entre la piedra filosofal y la figura de Jesucristo, hijo de Dios. En tanto que el Sol es Cristo, sol terrenus, la chrysopoeia es considerada un milagro:[13] el milagro del hombre divino es el milagro de la chrysopoeia. Como bien señala Arola, no se trata de una alquimia cristiana, sino de la alquimia que practicaron los cristianos europeos,[14] pues, históricamente, los siglos de oro de la alquimia coinciden con las tensiones del cristianismo en la Europa pre-moderna.

Por otro lado, Jung invita a pensar en el sol como la parte consciente, masculina de la psique. Jesucristo, filius macrocosmi, nace de su madre virgen, la parte de la psique que simboliza el inconsciente.[15] Según los alquimistas cristianos, la Virgen María es precisamente el lugar santo donde se engendra el oro filosófico. El oro, rey de los metales, deviene cuando el alma divina o pneuma es liberada de las cadenas de lo corporal, puesto que los elementos son la prisión del alma divina. Efectivamente, la liberación de las cadenas de lo corporal se ve representada por la virginidad de María. Cabe mencionar, no obstante, que el drama de la alquimia va de la penumbra terrenal al espíritu alado, mientras que el drama cristiano representa el descenso del Reino de los Cielos a la tierra.[16]

La psique (alma) antes aprisionada en los elementos y el espíritu divino escondido en la carne, superan sus imperfecciones físicas y se visten en el más noble de los cuerpos, el oro regio. El oro filosófico es una in-corporación de la psique y el pneuma, lo cual rinde al oro filosófico a la vez corpóreo y espiritual. Es un aurum non vulgi, un oro vivo, que corresponde al lapis. Es precisamente un ser vivo con cuerpo, alma y espíritu y suele personificarse como un ser divino o una persona superior, de ahí que se identifique con el rey o que antaño oro fuera un dios encarnado. La chrysopoeia es una operación psíquica y, paralelamente, un proceso físico. Además, aquélla es causa eficiente de ésta. Por su parte, el rey, como todo arquetipo, representa un proceso dinámico,[17] donde el portador humano deviene rey verdadero, oro espiritual. De este modo, la substancia del espíritu del sol no es tanto una substancia química definida, sino una virtus, un poder misterioso con efectos regenerativos, transformativos. El sol es una substancia activa escondida en el oro y es extraída como tinctura rubea, pues contiene sulfuro rojo, caliente y seco.[18] De ahí que el sol alquímico suela representarse rojo.

En una de las pinturas de William Blake, incluida en la serie The Great Red Dragon, podemos observar una bestia voladora que acecha, en horizontal simetría, a una mujer blanca, revestida del sol. Lo rojo del dragón representa la tintura rojiza, propia del sulfuro presente en el oro, que, además, es caliente y seco; un dragón, se cuenta, escupe fuego. La mujer representa el aspecto femenino de la psique, que cubierta con la luminosidad solar, da cuenta de la unión entre el principio femenino y masculino. Además, como bien dice Bruno, “[…] los primeros padres de las cosas naturales son el sol y la tierra”.[19] Asimismo, la mujer se encuentra embarazada, lo que representa la conjunción fértil de estos dos polos.

La analogía entre la simiente viril que el hombre planta en la mujer y las almas de los metales concebidas mediante una composición celeste, cocidas por un fuego solar y su calor cultivado en una matriz o en las vísceras de la tierra,[20] enfatiza aún más la presencia e interrelación de fuerzas femeninas y masculinas en la creación del mundo y en el alma humana, así como una demostración más de la máxima lo de arriba es lo de abajo.

En otra pintura del artista inglés, llamada The Sun in his Eastern Gate, el sol aparece como un hombre joven y resplandeciente, portando un báculo, símbolo de poder y dominio sobre las tierras que se extienden a sus pies. Está rodeado por ángeles, y, dada su posición en el este, se deduce que apenas está saliendo. Vale la pena, entonces, recordar aquellas palabras de Bruno: “Preparémonos para el Sol que está por salir, de tal modo que no nos descubra así de inmundos como estamos. Es necesario acicalarnos y embellecernos; y no sólo nosotros, sino también se requiere que nuestras moradas y habitaciones estén limpias y puras: debemos purificarnos interna y externamente”.[21]

Por otro lado, el símbolo usado para representar al sol está formado por un círculo con un punto en el centro: ⊙

En la astrología, el círculo representa lo ilimitado e infinito, mientras que el punto del centro, representa al individuo como un ente aparte, pero relacionado con un todo mayor.[22] En el siguiente esquema, muy popular durante el Renacimiento y dentro de toda la tradición astrológica, se puede ver dicho símbolo dos veces, en la tierra y en la esfera intermedia de todo el sistema.

Existe, pues, una correspondencia entre el hombre, finito y terrestre, y el sol, infinito en su circularidad y celeste por su posición; se “[…] pone de manifiesto la unión del arquetipo con su representación material, del mismo modo que sólo en el hombre perfecto fructifica espiritualmente la semejanza entre la criatura y Dios”.[23]

Dentro de la misma astrología, el sol representa aquello que queremos ser y se relaciona con nuestro propósito de la vida, por ello, según la casa en la que se encuentre, indicará el lugar donde debemos distinguirnos y desarrollarnos; “[…] este impregnará las características más remarcables de nuestra identidad que transmitimos de una forma u otra”.[24] Otras interpretaciones, nos dicen que el sol se muestra como aquello que no cambia o que es constante, como el ser inalterable, mientras que asignan a su contrario, la Luna, la cualidad mutable y pasiva. Partiendo de los símbolos de todos los planetas o metales ordinarios, se muestra que no son sino variaciones del arquetipo representado por el Sol, su relación con la Luna, que es su polo opuesto o su reflejo y la cruz, que simboliza las contraposiciones, los cuatro elementos latentes en la materia.[25]

En el Tarot, según la baraja, el Sol aparecerá de las siguientes dos maneras:

En la primera, dos niños juegan desnudos bajo los rayos del sol, frente a un campo de girasoles. Los infantes representan los dos polos de la existencia, el masculino y el femenino; su desnudez alude a un estado de pureza e inocencia en ambos, que posibilita su libre juego e interrelación. El Sol impulsa a relacionarnos con los demás exteriorizando nuestras concepciones particulares, “[…] con el sol la función consiste en saber conectar con uno mismo para ir al núcleo que haga aflorar lo innato para expresarlo”.[26] En una asociación que resulta sugerente, Jung afirma lo siguiente: “La muerte del rey debe sobrellevarse si el hombre desea regresar a su condición original, a los elementos simples, a su naturaleza incorrupta en el pre-mundo, en el paraíso”.[27] Dicha muerte, de gran peso en el proceso alquímico, nos lleva a ese estado simple y puro de la niñez. La opus busca regenerar el mundo caído a fin de que se convierta en un mundo nuevo. Khunrath nos advierte: “[…] verás la piedra filosofal, a nuestro Rey, Señor de los señores, erigirse de su trono, de su sepultura de vidrio hacia el mundo, en un cuerpo glorificado, regenerado, perfecto y brillante, a la par que exclama: ¡Mirad, renuevo todas las cosas!”[28] Volviendo a lo afirmado por Jung, bien podríamos considerar a los niños como Adán y Eva. Asimismo, del sol parecen emanar una suerte de gotas doradas, que caen sobre los niños y el campo de girasoles. Vale la pena señalar, pues, que una de las comparaciones típicas en poesía es que el oro no es sino las lágrimas del sol.

En la segunda versión, un niño desnudo cabalga sobre un caballo blanco, sin brida ni silla, con un campo de girasoles de fondo y un manto rojizo que cae del cielo a la tierra. De nuevo, está patente la desnudez del niño. La presencia del caballo blanco indica nobleza, al mismo tiempo que representa el mundo animal. Los girasoles, por su lado, son las plantas solares por antonomasia y personifican el mundo vegetal. Así, el Sol aparece como el que conjuga, dota y nutre de vida al reino vegetal, animal y humano; posee una naturaleza caliente y seca, es el fuego de la energía vital, de ahí que sus cualidades sean vivificantes y de soporte, es decir, que mantienen la vida. En consonancia con otras tradiciones, Ficino afirma: “El Sol recibe su luz de sí mismo y en un instante la vierte en Mercurio. Mercurio recibe toda su luz en un instante y permanece luminoso siempre. Igualmente, el Sol vierte la misma luz en un instante a la Luna, pero la Luna no la recibe en un instante, sino poco a poco en el tiempo. […] el Sol representa a Dios, Mercurio al Ángel y la Luna al alma”.[29]

El oro es el centro de todos los metales. La conquista de este centro en la existencia terrenal es el verdadero objetivo de la alquimia y, a la vez, el más profundo significado del oro. De hecho, en el oro se encuentran los tres principios (mercurio, sulfuro y sal) en la forma más pura y los alquimistas, queriendo imitar el proceso natural que se gesta en el interior de la tierra, buscan hacer madurar los metales de la manera más rápida y efectiva, logrando así la obtención del lapis philosophorum. El oro es un cuerpo como los demás metales, pero el peso, la densidad y la divisibilidad de los cuerpos se convierten en él en propiedades simbólicas. Los otros planetas, además del Sol y la Luna, son variaciones de los arquetipos lunares o solares, por lo que en cada uno de ellos tiene parte preponderante la esencia solar o la esencia lunar, aunque sin llegar a manifestarse del todo. En suma, el oro es la espiritualización del cuerpo y la corporeización del espíritu. Por su parte, el Renacimiento se caracteriza por el movimiento que pone el hombre al centro: the sun-centering of man.[30] Lo que se posiciona en el centro es el sol, el ego, la consciencia.

No obstante, el oro ciertamente tiene una dimensión física. Sabemos que el oro fue uno de los primeros metales con los que el hombre tuvo contacto, puesto que es uno de los pocos metales que se encuentra en la naturaleza en estado puro, como pepitas y en depósitos aluviales. Este metal es resistente al fuego, pues no se ennegrece tras la afección de éste; es, además, sumamente bello, con un brillo que no se pierde en presencia del aire o el agua, lo que ha atraído la mirada humana desde siempre. Por ello, ha influido en el desarrollo geográfico, ya que ha impulsado al hombre a buscar y dominar nuevos territorios. Su valor ha sido tal, que se ha utilizado como objeto de cambio en la economía mundial y en la numismática desde el siglo IV. Sin embargo, es preciso tomar en cuenta la afirmación de Valois: “[…] no se trata del oro vulgar [físico], ya que está muerto y el otro [el espiritual] está vivo”.[31] No obstante, el innegable valor del oro físico, encerrada en el cuerpo metálico, la semilla del sol no tiene poder. Mircea Eliade señala lo siguiente:

La alquimia fue y continúa siendo una técnica espiritual por medio de la cual el hombre asimila las virtudes normativas de la vida y se afana por conseguir su inmortalidad. El elixir de la larga vida no es otra cosa que la inmortalidad, pero de todas las técnicas místicas, de todo tiempo y todo lugar. En su búsqueda del elixir, el alquimista se aproxima más al místico –que trata de encontrar su camino hacia la inmortalidad– que al hombre de ciencia.[32]

El arte hermético se fundamenta en el conocimiento experimental del sol engendrado por el arte mismo. El sol es el oro que aparece cuando se ha unido lo que está arriba con lo que está abajo, haciendo una obra de milagros para una cosa única. La verdad y la certeza que proclama Hermes Trismegisto se debe a que este milagro no está fijo en el tiempo, sino que se realiza cada vez que un adepto concluye su obra.

 

Bibliografía 

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  22. Sherwood F, Taylor, Los alquimistas fundadores, FCE, México, 1957.

 

Notas

[1] cf. Roca, Monlau, Diccionario etimológico de la lengua castellana, p. 355.
[2] cf. idem.
[3] cf. ibidem., p. 417.
[4] cf. Jung, C.G., Mysterium Coniunctionis, parágrafo 116.
[5] cf. Himnos Homéricos, p. 131.
[6] cf. Hart, G., The Routledge Dictionary of Egyptian Gods and Goddesses, p. 132.
[7] Basilio Valentín, El espíritu de los metales, p. 216.
[8] cf. Jung, C.G., Mysterium Coniunctionis, parágrafo 113.
[9] Ficino, Teología platónica, III. II. 2.
[10] cf. ibidem, VI. II. 15.
[11] Ibidem, I. IV. 4; I.I.1.
[12] Bruno, La expulsión de la bestia triunfante, p. 36.
[13] cf. Arola, Raimon, Alquimia y religión, p. 76.
[14] cf. ibidem, p. 72.
[15] cf. Jung, C.G. Mysterium Coniunctionis, parágrafo 121.
[16] cf. ibidem, parágrafo 124.
[17] cf. ibidem, parágrafo 356.
[18] cf. ibidem, parágrafo 110.
[19] Bruno, Cena de las Cenizas, parágrafo 31.
[20] cf. Basilio, El espíritu de los metales, p. 210.
[21] Bruno, La expulsión de la bestia triunfante, p. 88.
[22] cf. Saportas, H., Las doce casas, p. 2.
[23] Burckhardt, Titus, Alquimia, p. 104.
[24] Cot, L., Astrología y relaciones humanas, p. 15.
[25] cf. Burckhardt,Titus, Alquimia, p. 103.
[26] Lluis A. Cot., Astrología y relaciones humanas, p. 16.
[27] Jung, Mysterium Coniunctionis, parágrafo 118.
[28] Ibidem, parágrafo 355.
[29] Ficino, Teología Platónica, III, I, 16.
[30] cf. Estudio introductorio de Teología platónica (Harvard University Press), p. X.
[31] Ver referencia de Nicolás Valois en Jung, C.G., Mysterium coniunctionis, parágrafo 153.
[32] Eliade, Mircea, Alquimia asiática, p. 27.