Revista de filosofía

Seis historias de vidas infames

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OSWALDO GUAYASAMIN, “LOS NIÑOS MUERTOS” 1941

 

Cati 

Un día llegó un señor a caballo y le comenzó a gritar a mi papá. El salió y se hicieron de palabras; el tipo sacó un cuchillo grande y se fue contra mi papá. Papá cargaba pistola y le disparó, vi caer al señor. Después, él mismo llamó a la policía que se lo llevó, yo tenía cinco años más o menos. Recuerdo que fui con mi madre a verlo a la cárcel, esa madre que no me quería, que me pegaba con una varita en la cabeza hasta sangrar. En ese entonces el único que me quería era mi hermano. Julián me tapaba con su cuerpo y me hacía existir por eso, yo no oigo a los que dicen que eso es malo, por eso a la iglesia tampoco voy. Julián tenía trece años y yo seis, desde ese entonces me hizo su mujer. Eso, el que ahora es mi esposo, no lo sabe, no podría entenderlo, no podría saber de la felicidad de hermanos.

Pedro, aunque duerme conmigo y me ha hecho tres hijos, nunca sido de mi familia; Pedro me habla de su madre como si fuera la virgen María y, la verdad, que yo nunca he entendido a esa María, tan santa, que dejó que le mataran a su hijo.

Cuando Julián se casó, yo sentí que se me acabó el mundo y agarré camino para la ciudad donde encontré ese lugar donde uno se acuesta con todos, o sea con nadie. De ahí me sacó Pedro, disque para ayudarme, para rehabilitarme, para hacerme mujer de bien. Pero ya ve, prefiero estar loca que vivir sin Julián.

OSWALDO GUAYASAMIN, “TERNURA” 1987

 

Los hermanos 

Un hombre con ojos de loco y el pelo acomodado en mechones, lucía su rostro siniestro y se prendía a la reja con su uniforme de cuadritos pidiéndome café, un cigarro, una palabra, y no pude dejar de acercarme contagiada de horror. Ese hombre había hablado conmigo en el patio: de su vida en el campo, de su mujer, de sus hijos. Me había hablado del espanto de su hermano muerto, —a quien él mandó matar “en defensa propia” porque había jurado matarlo cuando saliera del reclusorio—. El hombre de la reja se había relacionado con su cuñada y el hermano con la de él. Me había hablado también de su soledad, de su estancia en el reclusorio, de su madre y de su trabajo como matarife de puercos. Ese hombre que alguna vez tuvo una vida, le pedía perdón a su madre, ¡no quise lastimarla! –gemía-, parecía un animal acorralado, un paria, lo único que atinó a decirme es que le gustaba la mota y me cantó un himno de la iglesia, convocando a un Dios que seguramente estaba muy lejos.

OSWALDO GUAYASAMIN, “PRISIONERO” 1949

 

Protesta

No podemos seguir ocultando una verdad. Tenemos que dejar que se sepa. Aprovechar las debilidades de este hospital y hacerla, a la verdad, fortaleza.

Yo, en Pemex he roto muchos paradigmas, ¡y sin poderes! Cuando uno empieza a confiar en Dios, todo es diferente, porque Dios es la verdad.

Ocultar la verdad es algo que pasa en todo el país, ¿por qué no decirlo? Aquí, en el hospital, no hay la oportunidad de que la gente haga una llamada a sus familiares, tenemos que estar aquí encerrados y callados como si estuviéramos en una olla de presión. Nos encierran, no nos creen y no nos permiten ni realizarnos como personas, ni sostenernos bien y, en esas condiciones, ni siquiera podemos recuperar la salud perdida, ni obtener la cordura que nos hace falta. Sí, tenemos debilidades mentales, no lo niego, ¡por eso estamos aquí! Pero es más fácil salir de una prisión que salir de este hospital, ¿apoco no?

 

Matricida

No quería mirarme, ¡y con razón! La enfermera- paciente pertenecía a otro mundo, a ese donde la verdad hace estragos, donde la muerte es un acto resolutivo. ¿Tener hijos? ¿Qué ha sido eso para ella? para esta madre significó la precipitación a un camino sin regreso.

¿Cómo pretender entender esa dirección del acto consumado por esta mujer que mató al hijo a quien ella cuidaba, a quien ella había dado a luz? Esa carne viva del niño, revuelta con el pecado de su madre, fue cegada antes de decir palabra, fue devuelta a la tierra, a la materia inanimada, al silencio, a la inexistencia. Y viene a mí una idea loca: como todo se transforma —de acuerdo con Lavoisier—, el niño vive en la locura de su madre, se levanta temprano, llora, grita y revuelve sus entrañas cada noche y cada día. El niño se oculta en su mirada extraña, en su uniforme de loca, en su cuerpo, en su identidad de Testigo de Jehová, en la luz de predicadora que despiden sus ojos.

 

Mitzi decide bailar

Tu cuerpo de niña atormentada parecía convulsionarse con la música. Tenías pareja, pero bailabas sola, le decías al mundo que estabas sola, que has vivido sola. Ese día sólo te adornaba la venda que rodeaba tus muñecas, esa era tu orgullo y tu lazo social; la lucías así, brincando en un Aquelarre mientras la gente era sorda a tu lamento. La gente te gritaba que lo hacías muy bien, pero yo supe que esos pies no eran tuyos porque escaparon de la morgue, y tu sonrisa, también prestada, parecía una mueca de artificio. El Haldol acompañaba el ritmo cadencioso de tus caderas y empujaba tus hombros. Tu vestido se movía al ritmo de la música salpicada de drogas y dulces de Navidad.

De ti sólo sé que te llamas Mitzi, y que tus muñecas bailaban a pesar de ti.

 

El Greco

EL GRECO

Hay un paciente que se asemeja a una pintura del Greco: articulando el sacrificio y el amor en su estética figura. Como si el amor se disolviera en la palabra sacrificio, y no existiera más que en ese acto propiciatorio que lo encierra, porque para él, el mundo se resume en la persecución y la expiación.

Parecería que la pregunta de nuestro santo es: si uno es excluido de la religión ¿tiene a donde ir? Y su respuesta es ¡no!, inscribiéndose en la persecución que lo lleva a encontrar sólo, en el hospital psiquiátrico, un lugar para él.

Desde ahí vigila que el orden del mundo siga, descifra las señales y paga la culpa de sus pecados libertinos y los de su familia, que lo encierra en sus designios. Su rostro, religiosamente erotizado, muestra la renuncia y el goce de su sacrificio. Para él, la religión tiene que ver con la endogamia, y la transgresión que desata su goce se inscribe en la exogamia. El mundo es tentador y lo persigue. Le están prohibidas las demás mujeres y los demás hombres, por lo que el ascetismo se abre para él como la única forma de existencia, sabe que conmigo habla de más y que eso nos costará a ambos. En ocasiones teme que por estar con él, pierda yo alguna parte del cuerpo; me arriesgo.