Revista de filosofía

Resonancias rítmicas sobre amor y deseo

289

PORTADA: HENRI-CAMILLE DANGER, “AFRODITA Y EROS” (1917)

 

Resumen

Este artículo tiene como finalidad abordar el tema que versa sobre el amor para encontrar cuales pueden ser la relaciones que se establecen con el deseo que acontece en los cuerpos, trazando una línea histórica desde diversos pensadores, para analizar la idea que ellos proponen sobre este tema en demasía profundo. Culminando con las concomitancias que se establecen con el deseo, para entender que estos dos sentimientos de naturaleza diferente al mismo tiempo pueden ser inclusivos.

Palabras clave: amor, deseo, amo, esclavo, cuerpo, alma.

 

Abstract

This article aims to address the topic of love to find what can be the relationships that are established with the desire that happens in the bodies, drawing a historical line from various thinkers, to analyze the idea that they They propose on this subject in too deep. Culminating with the concomitances that are established with the desire, to understand that these two feelings of different nature at the same time can be inclusive.

Keywords: love, desire, master, slave, body, soul.

 

Es bien sabido que dentro de la historia del hombre existen diversos sentimientos y afectos que lo hacen ser lo que él mismo es. Un núcleo social, un grupo de amigos, una serie de afectos que lo configuran día con día; sin embargo, toda esta causalidad se ve afectada por ciertas sensaciones más evidentes, más presentes que otras. No se puede poner en duda que uno de los afectos o sentimientos que han aquejado toda la historia del hombre, y que además lo han ocupado, versa sobre el amor, iniciando con Platón, quien plantea: ¿Qué es el amor? Una pregunta de carácter ontológico que envuelve mucho más que una simple definición. Para él, resulta sugerente enunciarlo como una idea, partiendo de su gran teoría acerca de las mismas; es decir, algo inmaterial que, al igual que el bien, la belleza y la justicia, no es accesible para el hombre de manera directa. Una idea solo adquiere expresión en tanto que es calco de un ser; cuando se hace presente, es cuando podemos enunciar el amor como atributo que participa del amor en sí mismo y por sí mismo, dotado de un valor ontológico, que sobresale de la naturaleza del ser humano. Pero, ¿esta definición satisface a la naturaleza humana? En un primer momento, como un concepto, es claro y satisface la definición.

Se puede abordar desde otro ángulo, el amor: desde la mitología, de la cual sobrevive el bello mito de Poros y Penia quienes engendran a Eros, “[…] por esta razón es Eros, por una parte, acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta del nacimiento de la diosa y es por naturaleza un amante de lo bello”.[1] Su primer característica surge por la compañía de Afrodita, diosa de la belleza, por ello, siempre busca aquello que es bello. El amor siempre se acompaña de lo visual, de lo que nos parece agradable en determinado tiempo. De segunda tiene la naturaleza de su padre: “Pero, por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y activo, buen cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y hábil con las palabras”.[2] Gracias a esta naturaleza el amor es astuto, siempre tiene una intención para conseguir aquello que quiere. En este caso, es el amor de aquel ser que ama y que a su vez quiere ser amado. Hasta este punto, la naturaleza del amor no resulta del todo mala, existe una combinación entre belleza y estrategia meticulosa. Pero, falta la herencia de su madre Penia: “Es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es, más bien, duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia”.[3] De esta manera se completa la naturaleza de aquello que llamamos amor; posee tres herencias, la tercera parece causar conflicto a la naturaleza humana, porque en ella es en donde se padecen diversos dolores y sufrimientos cuando el amor no se materializa de manera recíproca.

Situados desde esta perspectiva, el amor parece más apegado a nuestra práctica, desea aquello que no posee, busca la belleza, y resulta doloroso en la experiencia. Esta perspectiva es más cercana a la efectuación de amor entre dos seres; generalmente, nace el gusto ante un querer físico, surge en un primer momento una querencia hacia otro ser, eso que se denomina gusto. Es Platón quien enuncia este bello mito para hablar acerca de la belleza en su relación estrecha con el amor, el amor que siempre está en busca de lo bello, y de aquello de lo que carece.

Sin embargo, el amor es un tema infinito como para agotarlo en estas breves líneas, la propia experiencia indica que existen diversos tipos de acceder a él; al amor cortés (ese que ya pocos conocen), amor arrebatado (ese que te roba el aliento y se esfuma tan rápido como llega), amor enfermo, amor sin límites, amor a distancia, amor extático, amor… amor… A final de cuentas, no importa el modo, todo ser humano debería poder sentirlo en algún momento de su vida, antes de perecer de esta realidad. Es una de las experiencias más plenas que existen para el ser humano, gracias a ella se han hecho grandes cosas, escrito grandes poemas, pintado grandes obras; todo queda expresado en este afecto efímero, bello y transparente.

 

Existen hoy diversas maneras de entenderlo, desde la psicología, desde la sociología, desde la filosofía. Esta última me resulta más sugerente y más acertada para acceder a este tipo de acontecimiento; para este caso particular, entenderlo como algo rizomático que se presenta ante el existir. Platón brinda la idea acerca del amor, inicia con este terreno que atormenta a muchos y hace volar a otros cuantos; pero esto no es una monografía y Platón no fue el único en hablar del amor. Pasemos a otra línea, para realizar irrupciones y resonancias entre diversos pensamientos. Hegel, filósofo alemán, con ese espíritu que a veces resulta amargo y lleno de sobriedad, hasta en él surgió la inquietud de escribir sobre el amor, quizás no de manera directa. Pero, se realizará una interpretación sobre su dialéctica que puede ser llevada hacia el amor. Además, siendo el amor algo tan vívido y mencionado, ¿por qué no habría de surgir en él también?

G. W. F. HEGEL

En su filosofía, se enuncia una dialéctica, y ¡vaya! dialéctica que enuncia: la existencia de un amo y un esclavo es necesaria. “El señor se relaciona al siervo de un modo mediato, a través del ser independiente, pues a esto precisamente es a lo que se halla sujeto el siervo; está es su cadena, de la que no puede extraerse en la lucha […]”.[4] El señor se eleva y sobrepasa al siervo que queda subyugado a su existencia, queda sujeto a la independencia del ser elevado; justamente este ejercicio ocurre en las relaciones interpersonales amorosas. Siempre existe un señor que alza su voluntad, afirma su independencia frente y en el otro ser, mientras que la otra parte queda sujeta a esta naturaleza, que se erige y se posiciona frente al amado. Dicha dialéctica se invierte, o puede invertirse, en cualquier tiempo y en cualquier espacio, con la misma persona o con otro ser. Es agradablemente interesante el planteamiento hegeliano, por este juego de roles y de seres que se hace visible; como una especie de dialéctica ambivalente que puede cambiar y devenir algo diferente de acuerdo a los seres que la experimentan.

Pero, ¿qué es esto? Esa dialéctica que a simple vista parece masoquista, luego se actualiza en una experiencia vívida. No es verdad que en las relaciones amorosas comienza a elevarse alguien como amo y el otro termina sucumbiendo su ser al otro por amor, ¿eso es realmente amor? Perder el ser mismo, y hacerse para estar con el otro, aquel que se proclama, no solo amo, sino superior. Podría hablarse de una dialéctica de la dominación, o acaso sólo es la manera en la que el amor se hace presente, y no necesariamente como una dominación, sino que ambos seres cohabitan entre ellos en la experiencia amorosa. Lo interesante en este planteamiento es que en cualquier momento el amo puede ser esclavo, en ese sentido una relación se construye a partir de una lucha, una lucha entre las voluntades. Al parecer el planteamiento hegeliano, lejos de Platón, sigue teniendo resonancias, una lucha por aquello que no se posee. O es acaso que Eros está enfermo, como lo afirma Bertrand Russell, y no es debido a su naturaleza que se hace presente en los hombres de esa manera; más bien, es por causa de una patología que ha deformado la misma naturaleza de Eros. Es probable, puede ser que la misma naturaleza del amor se halle pervertida, ya sea en concepto o en efecto. A través de los siglos el concepto, la idea, la teoría se ha ido maltratando y cada vez se tiene una disertación más alejada de lo que realmente es Eros o cualquier nombre que se le propine; siempre genera un cambio en nosotros, algo que irrumpe, que tergiversa las concepciones de la realidad que podemos llegar a construir, y a su vez abre nuevas posibilidades floridas o sombrías.

El amor, según la concepción de muchos, es aquello que estremece las entrañas, te hace querer ser mejor, es una sensación que muchas veces no tiene explicación, se puede decir que se vive, pero, ¿cuál es la experiencia amorosa? ¿Qué es lo que realmente nos hace sentir? Estas consideraciones podrían parecer subjetivas y aún más relativas; pero, lo que sí es seguro es que el amor genera un cambio, hace posible un devenir en la existencia que, de algún modo, nos reestructura cada vez. Ahora bien, podemos enunciar este mismo problema desde otro filósofo, siguiendo en la línea de los alemanes, Friedrich Nietzsche, quien es un pensador sumamente basto e interesante para este tema y para muchos otros. Es bien sabido que él poseía y expresaba amores a Lou Salomé, principalmente, que en tiempos posteriores eran expresados hacia Ariadna, y él habría adquirido la naturaleza de Dionisos para expresar sus amores a la bella Ariadna. Pero, ¿qué pasa con Nietzsche y el amor?

DE IZQUIERDA A DERECHA: LOU SALOMÉ, PAUL RÉE Y FRIEDRICH NIETZSCHE

Nietzsche, él empieza por preguntar si es posible la relación de amistad entre un hombre y una mujer. Se puede asumir que sí, es posible; pero, ello no implicaría omitir que existe o puede llegar a existir el deseo y la atracción por el otro. Entonces, existe una incertidumbre de saber si el hombre y la mujer pueden ser amigos o serán siempre el objeto de amor y deseo. Bien, “El que ama quiere poseer él solo a la persona amada, aspira a tener poder absoluto sobre el alma y cuerpo, quiere ser el único amado, morar en aquella alma y dominarla”.[5] Desde esta perspectiva se aprecia que el amor, en efecto, tiene la naturaleza de una dialéctica, de una manera menos rígida que la propuesta por Hegel, que el amor intenta poseer aquel ser amado, fundirse en un solo instante, donde por un momento exista una coexistencia dentro de ese amor. El planteamiento nietzscheano habla acerca de un habitar, lo que busca el amor es morar y habitar, al mismo tiempo, cohabitar en y con el ser amado. Se exterioriza una fusión entre los amantes, donde ambos deberían lograr una reciprocidad de coexistir en un mismo espacio y tiempo; sin embargo, la última parte enuncia cierto indicio que incita hacia la dominación. Se sigue notando la resonancia que surge desde líneas históricas anteriores; tal vez no deba entenderse del todo como una dominación, pero el amor, en tanto que afecto que se presenta entre dos existencias, genera un escollo, ya sea como dominación, cambio, o un habitar o morar en el ser amado.

La dominación, como parte del amor, es algo inherente, porque se puede decir que la vida se compone a partir de duplas o de opuestos. Si el amor fuera únicamente pura vitalidad que se afirma y se reafirma en los seres amados, se convertiría en algún punto del tiempo algo tedioso y aburrido, incluso podría resultar abrumador; es por eso que el dolor y esta noción de la dominación deben hacerse visibles dentro de este devenir amor, para vivirlo de una manera completa y no de un modo sesgado y limitado. Así mismo, se debe ver en la idea de la dominación una posible efectuación que escapa y determina si el amor puede ser algo vital o simplemente es parte de una ilusión, siempre contemplando que la dominación, como idea o como manera de vivir el amor, no es el eje principal del sentimiento, solo debe verse como un paso dentro de la experiencia completa. Debido a la naturaleza misma del hombre, no es posible experimentar solo las bondades que la vida nos propina, en cierto modo estamos abiertos y quedamos expuestos ante este afecto. Cuando el ser amado comienza a habitarnos intenta instaurarse como fuerza, justamente como fuerza dominante, ante la idea de la perdida, tal vez miedo del desvanecimiento del sentimiento, incluso meras banalidades que se regodean dentro del ser.

En la sociedad actual, estas muestras de dominación se vuelven visibles en las relaciones que se establecen, el amor se vuelve dominante y la libertad de los seres involucrados se ve disminuida, al limitar a la voluntad y doblegar la libertad, se abre la posibilidad de denominar este tipo de muestras “afectuosas” agresiones, no saber distinguir donde termina esto que se denomina posesión amorosa y donde empieza la opresión de la misma individualidad. Bauman dice al respecto que, en la actualidad, se tiene tan poca resistencia al presente que buscamos cambiar constantemente; por lo tanto, caemos en evitar eso que el romanticismo denomino bellamente amor, y surge con todo su esplendor en esta época tan llena de resplandores amorosos y sustanciales para vivirse como amor. Todas estas muestras amorosas han devenido otra cosa, se han vuelto un punto despótico de dominación que resta nuestros modos de expresión y vitalidad a la existencia; como una necesidad al cambio de no poder estar, ante el miedo de permanecer, se ha olvidado construir el tiempo amoroso.

CAMILLE CLAUDEL, “EL VALS” (1905)

El amor es algo inaudito, etéreo y perene, desdichado y con un haz melancólico; si se retoma una visión trágica, menos ideal y, en mis términos, más cercana a la naturaleza humana, resulta más carnal. Para ello se puede tomar a Deleuze, quien hablará del amor, del odio y en general de todos los afectos que el ser humano tiene la maravilla, no solo de vivir, sino de experimentar. El amor como una idea o ideal que se retoma de Platón, pero ya no como aspiración, una idea perfecta de la que solo podemos acceder mediante nuestra imperfección corporal; sino como un efecto del existir temporal y de nuestra insistencia en el espacio. Aquel que algunas veces puede ser bello como un sueño que te suspende de lo que se denomina realidad. Tal vez en otro momento y otro tiempo sea algo áspero, agrio que haga que la carne termine por consumirse en un momento, pero al tiempo vuelve a renacer a partir de lo que queda, de esas cenizas que se llaman vida; esa es una de las genialidades de esto que llamamos amor, es uno de los afectos que más hacen cambiar el estado del ser, nos llevan a extremos y a mundos posibles. Las insistencias que se pueden experimentar gracias al amor son tan diversas, tan infinitas, y al mismo tiempo tan endebles y efímeras, que sin duda alguna valen la pena vivir, permitir que este acontecimiento atraviese toda la percepción que denomina el cuerpo, tanto en idea como en materialidad. Es gracias a ello que puede ser enunciado, una serie de afectos que atraviesan a los seres abriendo caminos hacia nuevos modos de ser, en diversos planos de existencia y de consistencia dentro de nuestra realidad.

Siempre que se habla de amor se tienen diversas y múltiples interpretaciones de este; cada ser en su individualidad la afirma, la describe y la narra desde su plano de existencia, desde su plano de consistencia que configura toda su percepción presente. Cuando se habla de amor (plus) hombre siempre se piensa en dos; no importa que, pero suele asociarse a una duplicidad, una vecindad que se hace entre dos puntos en el universo, que se consumen y de una u otra manera se complementan. Esas complementariedades hacen nacer y re-nacer a diversos seres y diversas manifestaciones de ellos mismos, de un modo rizomático, se comienza a expandir, el germen que surgió inicialmente entre dos; tal como lo hace la naturaleza, cuando una raíz se diversifica dentro de la tierra y se vuelve una con la tierra Eso mismo pasa con aquel que ama, que a su vez (tal vez ese fenómeno en el presente sea algo extraordinario), es amado. Cuando la efectuación de aquello que llamamos amor se da en dos seres, en dos corporalidades, se aspira por un momento al todo: al caos y al cosmos, que surge en micro y en macro, existencia terrenal y espiritual.

Pero, ¿acaso no es una grosería querer encerrar al amor dentro del lenguaje y aún a cualquier sensación? Ciertamente no, el lenguaje es una manera exótica y extraordinaria de hacer sentido y de derrumbarlo de igual manera. El amor en muchos tiempos y en muchas épocas ha encontrado su sinrazón y su fulgor dentro de las letras, en poesía, se puede citar a Rubén Darío que escribe: “Amar, amar, amar, amar siempre, con todo el ser y con la tierra y con el cielo, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo[…]”. Cada poeta crea su propio mundo, su propia playa para intentar captar el amor o al mismo Eros, para saber cual es su naturaleza, y si no se puede entender por lo menos, se deja plasmado aquello que sentimos y vivimos por él y en él. Marcel Proust, literato, también se vio turbado por este espasmo sentimental que llega tarde o temprano a la vida del hombre, dice: “En otros tiempos se soñaba con poseer el corazón de la mujer amada y más tarde solo nos conformamos con sentir que poseemos para enamorarnos”. Hay acaso ahí un engaño, algo que salió mal, que se vio perturbado; en qué momento es donde el amor ya no sueña poseer y querer el corazón del ser amado, sino que solo busca sentir que se posee, ¿acaso el hombre se ha vuelto perezoso? Ya no buscamos amar, solamente sentir que amamos; caer en el engaño de la creencia de amor sin de verdad tenerlo o experimentarlo con todo nuestro ser, eso debería sumir al hombre en un estado de tristeza.

Esa sí es una verdadera grosería, mentir al amor; hacer como si amaramos, hacer como si sintiéramos, engañarnos de alguna manera para evitar la otra cara del amor. Esa que recurrentemente daña la integridad de nuestra existencia y nos lleva hacia un abismo en donde lo que falta es el ser amado. Este dolor que se experimenta ante la ausencia, que constriñe el corazón y lo deja vacío como si no existiera un tiempo; el instante se adueña de la presencia ontológica individual y entonces la ausencia, la falta de poder decir y de estar con el otro, deja sin aliento y no permite sentir nada más que dolor, ¿acaso ante el dolor surge esta necesidad de solo sentir que se posee el amor sin realmente poseerlo? Y, ¿vale la pena aniquilar la posibilidad del amor ante el miedo o la necesidad de no sentir de nuevo dolor?

A partir de lo que enuncia Proust se entiende que el amor no es solo una cuestión de los enamorados, es una noción vital del ser humano. Porque negar el amor, no solo amor al otro que se determina o se afecta por el deseo, sino el amor en general, implica negar la vida y la existencia misma de nuestro ser.Porque, al negar al amor se renuncia de inmediato a un sinfín de otros afectos que suelen ser igual de maravillosos; entonces, sintamos dejemos que el cuerpo se vea atravesado por todos lo afectos que existen y gocemos la vida, afirmémonos como duplicidad Apolínea y Dionisiaca, tal como propone Nietzsche.

De algún modo (mal modo) intentar negar los sentimientos funciona como bálsamo para las heridas que puede propinar amar; se debería buscar recuperar todo el fulgor del amor. Eso si me parece un descaro, encarcelarlo en una creencia social o personal que no deja experimentarlo y vivirlo en cada una de las fibras de nuestro cuerpo, en cada una de las conexiones en nuestra mente. El lenguaje no lo limita, no lo encarcela; en literatura, el amor florece entre las letras, como también puede hacerlo en la pintura, porque se expresa y puede aspirar a ser él mismo. El problema actual acaece en el hombre, en la insuficiencia metafísica y morfológica de su ser; el hombre se encuentra tan codificado que ha perdido en algunos casos la capacidad y el arte de ejercer el amor en sí mismo y en otro ser, se ha desvirtuado la belleza del amor y también de toda la penuria el mismo propina.

YVES PIRES, “PASIÓN” (2012)

A partir de esa insuficiencia, según se puede enunciar, ha adquirido un poco más de fuerza eso que llamamos deseo para dejar de lado aquello que se denomina amor; porque cuando uno desea no debe involucrar su ser, la esencia ontológica que compone lo que somos, el conjunto de sensaciones que nos configuran dentro de esto que se llama cuerpo. El deseo, por su parte, se limita a una cuestión de mera posesión física de aquello que se desea; solo en términos corporales, sin intentar poseer el pensamiento o lo intangible en el otro ser, satisfacer el momento, de esa manera llenarnos del néctar que se anhela. El deseo de manera indirecta no podría ser una lucha de poder entre opuestos donde el deseo cosifica al ser y deviene únicamente objeto de satisfacción, porque no hay necesidad de una lucha, solo de saciar; el deseo adquiere un matiz diferente frente a la perspectiva de un afecto. Por un lado se puede entender que se puede amar sin desear, yo puedo amar y sentirme afectado por una existencia ajena a mí; sin embargo, eso no quiere decir que de ello se siga que exista un deseo. El deseo es algo que se quiere meramente de manera física, corporal; el amor, por su parte, es una especie de experiencia metafísica que logra formular un devenir AMOR, hacer la duplicidad entre dos seres. Ergo, el amor no siempre involucra deseo, aunque también se puede amar con deseo; en el mejor de los casos esa es la experiencia que se completa tanto en la idea como en lo material, surge ante la duplicidad completa entre la satisfacción de un deseo, de una apetito que envuelve una existencia en otra y, a su vez, se manifiesta en la idea del ser amado.

Existe otro extremo, ¿se puede o no se puede desear sin amar? En efecto, se puede desear sin amar, es ahí donde la experiencia se torna meramente y enteramente carnal. El deseo como manera de expresar un apetito surge gracias a la idea de la satisfacción, la satisfacción que deja a la condición humana saciada en un espasmo de disfrute que busca de algún modo prolongarse; tal como lo asumían los epicúreos, la satisfacción de los placeres que nos llevan a la felicidad. Por lo tanto, el ser humano en la búsqueda de su felicidad decide satisfacer sus pretensiones, en ello ¿estaría justificado llamarlo amor? Cuando, tal vez realmente solo hay una querencia subjetiva de saciar un apetito, de llenar un gozo momentáneo. Según parece, ese sería un problema del siglo XXI, porque las personas en la actualidad, en esa necesidad de satisfacerse, hacen uso de diversos factores y medios para llegar a eso que se puede denominar, en términos subjetivos, felicidad; puesto que en el deseo no se contempla o no se experimenta la experiencia amorosa real.

El deseo como tal, no envuelve sentimiento; esta distinción resulta importante, porque el deseo puede darse sin ningún sentimiento involucrado, simplemente como una satisfacción, ¿por qué es entonces un problema? Porque, al hablar de deseo, se puede entrar en un aspecto de fantasía que podría parecer que envuelve, en apariencia, un sentimiento, cierto cariño hacia la persona deseada. Pero, lo que existe realmente únicamente es un querer; tal como decir: yo quiero un dulce; más, no puedo decir: amo un dulce. El deseo surge ante la querencia de algo, y eso se obtiene cuando el deseo es satisfecho por las personas que se ven involucradas en el mismo, esa burbuja etérea que por un momento parece ser el éxtasis y el culmen del propio amor, pero realmente solo es una manifestación alterna de una suposición amorosa.

Resulta importante repensar las relaciones que nacen en torno al amor, al placer y al deseo, para intentar experimentar ambos de una manera plena, para que una no se confunda con la otra, dado que ambas poseen una naturaleza completa y bellamente diferente. Por un lado se tiene al amor que siguiendo la definición de Spinoza sobre los afectos los clasifica dentro de tres categorías aquellos que son alegres, tristes y la tercer categoría serán los deseos; el amor, por su naturaleza, es una afecto alegre; los deseos, por lo tanto, estarán dentro de la otra naturaleza. El amor es una idea que se expresa en los seres de maneras diversas, en diferentes modos.

El deseo, como dice Spinoza, es la esencia misma del hombre, en cuanto es concebida como determinada a obrar. Lo que esto quiere decir es que el deseo es entendido como un conjunto de apetitos que hacemos u obramos para la conservación misma de la existencia; es aquello que nos lleva inmediatamente a hacer, a realizar una acción que nos resulta agradable sin considerar en demasía el resultado de aquel acto. Los deseos son inclinaciones o disposiciones que nos mueven a obrar, sin tomar en cuenta el contexto emocional, espacial o social; o la consecuencia que, de aquel deseo, se pueda derivar.

El deseo envuelve no solo esta disposición de obrar, el deseo entendido como una variante de los afectos envuelve en sí mismo un problema interesante: un deseo se inserta en nuestro sistema de pulsiones y a partir de ahí surge la denominación de aquel que desea, este suele ser denominado recurrentemente como algo perverso. Se debe entender la diferencia entre perverso y pervertido: el pervertido queda directamente remitido a la cuestión física o corpórea; pero, la idea del perverso esconde una posibilidad dentro de la misma idea del deseo que puede rescatarlo del mero arrebato corporal. La figura del perverso introduce un deseo en un sistema total y abre la posibilidad de un nuevo límite que ya no se queda únicamente en la mirada, en la inclinación de la satisfacción, sino que se hace posible la salida hacia una creación. Porque cuando el perverso se hace presente, se hace posible un nacimiento de una inquietud que, movida por la noción de satisfacer, puede dar luz a algo más bello que solo la satisfacción (eso en el mejor de los casos). El deseo se puede entender como una potencia de creación a partir de la figura del perverso; sin embargo, la finalidad de este escrito es mostrar qué relación existe entre el deseo y el amor, no únicamente al deseo por sí solo.

JEAN-LÉON GÉRÔME, “PIGMALIÓN Y GALATEA” (1890)

El deseo y el amor, son de naturaleza diferente y, por eso mismo, cada uno debe ser tratado con la delicadeza que amerita su ontología; ambos son ideas que se experimentan en los seres de diversas maneras. Del primero se ha hablado bastante en estas líneas y durante todo el acontecer temporal: se han escrito innumerables cosas, se han dicho y se han vivido otras más. El amor como tal, aparece y se da en diversos cuerpos y en todos los tiempos ha sido diferente. En la época actual, a mi parecer, el problema surge en cuanto no se disgrega la delgada y fina línea entre lo que se entiende o se vive como amor, y lo que se limita al mero deseo. Ahí se suscita el verdadero problema, porque el deseo, como ya lo anote líneas anteriores, es algo que se remite en su mayoría al cuerpo y a la satisfacción; y los medios para satisfacerlo pueden, en algunos casos, desgastar el concepto y la manera que se tiene de expresar el amor mismo, porque el deseo termina por apropiarse del amor para lograr su cometido.

Con las líneas anteriores no espero haber aclarado la naturaleza de ambos, para ello haría falta tiempo y más letras, porque para ambas sensaciones, sentimientos o afectos es preciso vivirlos, experimentarlos y a partir de ese vivir volverlos parte de nosotros. No obstante, la finalidad radica en mostrar algunas de las intermitencias entre amor y deseo; así mismo, hacer rescatar no solo la importancia del amor, también la del deseo, que, como lo mencioné, puede contener una figura importante para la creación, al igual que el amor. Entender que ambas son insistencias que resuenan, nos llenan, nos hacen vivir y nos hacen padecer; todo con la finalidad de recordar la viveza que posee nuestro ser y no olvidarla. Finalmente, lograr entender y llegar a saber que sentimos cuando amamos; citando a Ortega y Gasset, el ser humano comúnmente dice sentir amor, sentir deseo, pero realmente comprendemos lo que implica sentir amor, y sentir deseo ¿qué es y qué significa sentir? No solo amor, sino el conjunto de afectos en general y el mundo en su conjunto, pasa frente a nosotros como cosas que damos por supuesto. Suponemos tantas cosas que dejamos de lado la esencia de lo que nos rodea, para solo permear a los seres con la creencia de amor. Pero realmente el amor implica un estudio en su ontología, sumergirnos en la verdadera esencia para entender lo que significa “sentir”.

 

Bibliografía 

  1. Darío, Rubén, Azul, Ateneo, México, 1987.
  2. Deleuze, Gilles, Lógica del sentido, trad. Miguel Morey, Paidós, Buenos Aires, 2016.
  3. Hegel, G. W. F, Fenomenología del espíritu, Wenceslao Roces, FCE, México, 2012.
  4. Nietzsche, Friedrich, Gaya ciencia, Edivisión, España, 2001.
  5. Platón, Banquete, Marcos Martínez, Gredos, Madrid, 2010.
  6. Proust Marcel, Un amor de Swann, trad. Amparo Azcona, España, 2001.
  7. Spinoza Baruch, Ética demostrada según el orden geométrico, Luciano Espinosa, Gredos, Madrid, 2011.

 

Notas

[1] Platón, Banquete, ed. cit., p. 739.
[2] Ibidem, p. 739.
[3] Idem.
[4] Hegel G. W. F, Fenomenología del espíritu, ed. cit., p. 117.
[5] Nietzsche Friedrich., Gaya ciencia, ed. cit., p. 28.