Revista de filosofía

Reseña de El fin de la ciudad y otros estudios sobre nuestros atolondrados tiempos de Juan Carlos Moreno Romo

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JUAN CARLOS MORENO ROMO, EL FIN DE LA CIUDAD Y OTROS ESTUDIOS SOBRE NUESTROS ATOLONDRADOS TIEMPOS

La obra El fin de la ciudad y otros estudios sobre nuestros atolondrados tiempos es un conjunto de ensayos que reflexionan sobre nuestra modernidad escritos por el filósofo mexicano Juan Carlos Moreno Romo.

¿Ante qué tipo de filósofo nos encontramos en Moreno Romo? Cuando uno lee a Moreno Romo siente que está frente un filósofo —y ante un auténtico cristiano— de la apertura al otro. Es un filósofo del “arrabal”. Un filósofo que asoma la mirada hacía otros horizontes olvidados por las modas intelectuales de nuestros “gurús filosóficos” y que desafía a todo “filósofo”, que se esmera en guiar a todos hacía la “auténtica filosofía” sin poder preguntar sobre su legitimidad misma, dando por sentado todo lo que dice. Moreno Romo es un filósofo de la resistencia, de una muy crítica y mordaz contra nuestros “clercs” intelectuales que se han erigido a sí mismos como poseedores de la última palabra.

Ahora bien, nos encontramos ante una obra cuyo fin es realizar una crítica a la modernidad. ¿Qué debemos entender por modernidad en la obra de Moreno Romo? Modernidad, me parece, debe entenderse como la idea de que el hombre puede tomar por sí mismo la rienda de su destino, sin necesidad de alguna realidad fuera de sí mismo que le ayude a dirigir su vida. La religión, nos dicen nuestros líderes, es algo que se debe eliminar de todo espacio público. La Razón pretenderá erigirse como última realidad que podrá guiar a los hombres a crear su propio cielo en la tierra. Sin embargo, para Moreno Romo la religión, ésa que pretenden tener muy “guardada” en los asuntos privados, nunca se fue, sino que la modernidad la ha regresado, pero ahora con los mitos disfrazados de “identidades nacionales”. Moreno Romo hará hincapié en este libro en que la religiosidad nunca se fue de nuestras muy modernas civilizaciones, sino que la modernidad ha procurado el retorno de los mitos para poder instaurar una nación y volver a fortalecer la identidad de los “pueblos”.

“Y con qué sentimiento de religiosa reparación, escribe Moreno Romo, nos hablan en efecto, buena parte de nuestros antropólogos y en general nuestros clercs o intelectuales y artistas u hombres de cultura, de los ídolos que los indígenas habrían escondido en los altares de las iglesias novohispanas, ellos que por su parte se esmeran en conservar, en ellos mismos, todo lo que el repudio ‘antiguo régimen’ había de clero y de ‘religión política’”.[1]

Juan Carlos Moreno Romo señalará el muy preocupante regreso de los ídolos que el Estado reforzará para poder conseguir sus fines. La modernidad, ese proyecto que prometía al hombre un futuro prometeico, ha terminado por apoderarse del hombre mismo. Los ídolos que el hombre creó se han apoderado de su creador. Y es ese mundo que adora a su Estado, prepotente y autoritario, que se autoafirma con cualquier cantidad de mitos “nacionales”. Es ese Estado quien dicta a voluntad lo que tenemos que vivir y pensar.

“El Estado moderno, se pretende, con sus derechos humanos, constituya el espacio de esa pacificación lograda a fuerza de la ‘privatización’, digamos de lo religioso. Pero aquí también hay confusión, si recordamos que, en el espacio público, la evidencia más tremenda en nuestros días es el del inmenso poder que tienen, justamente, los dineros privados”.[2]

El Estado moderno, este proyecto emancipador de la humanidad, no se cansa de moralizar, de educar a la población y de enseñarles qué es lo que está “bien y mal”. Y regresa aquí el maniqueísmo, esa herejía, que como menciona Moreno Romo, ya había sido refutada por el cristianismo, y que se encuentra muy presente en nuestra muy “laica” política moderna.

“Nótese por lo pronto que el maniqueísmo, precisamente una religión antigua de esas que el cristianismo venció en su momento, en la época del imperio romano, puede hacerse presente sin embargo en la política contemporánea, y no necesariamente en la de esos ‘fanáticos’ a los que apuntan los medios de comunicación, y todos los expertos y analistas occidentales”.[3]

¿Y por qué “fin de la ciudad”? ¿Qué significa este “fin de la ciudad”? ¿Por qué escribir una obra acerca de una reflexión sobre nuestras tan modernas y “progresistas” ciudades? Y… ¿qué tiene que ver la ciudad con estas reflexiones sobre la modernidad? Para empezar, señala Juan Carlos Moreno Romo, la ciudad es mucho más que un conjunto de casas y de calles o de callejuelas; es mucho más que un conjunto de parques y de edificios intimidantes que pretenden tocar el cielo cual torre de Babel, y de muchos bancos. La ciudad, señalará Moreno Romo, es el conjunto de individuos que trazan en común un sentido y así pueden crear un lugar de encuentro ameno con los otros que interpelan. La auténtica ciudad no es más que el verdadero espacio público donde los individuos dialogan y se reinventan. Es el ágora, ese sitio que Sócrates defendía; la ciudad es el lugar donde todos podemos dialogar y tener un auténtico encuentro con el otro.

“La ciudad es el lugar en el que los ciudadanos nos ocupamos, juntos, de los asuntos que a todos nos conciernen, el primero de los cuales, como diría Nancy, es nada menos que el del sentido ese que lo conformamos entre todos, al punto de que, privados de sentido, nosotros mismos somos el sentido, enteramente sin reserva, infinitamente, sin otro sentido que nosotros”.[4]

¿Y no es acaso este espacio público, que nuestro sacrosanto Estado ha pretendido defender, lo que hemos perdido a una velocidad demasiado rápida? ¿En qué han fracasado nuestras ciudades modernas? Nuestras ciudades se han convertido en lugares de vigilancia y de control sobre toda ciudadanía y ya no son más un lugar donde se puede caminar para un encuentro con los otros. Las ciudades modernas no tienen la belleza de sus antepasadas, todo lo contrario, se caracterizan por ser feas, inhóspitas, peligrosas y deshumanizadas. Y lo más preocupante de todo es que nuestras ciudades no tienen una razón de ser. Han perdido su sentido.

Y no solo han perdido su sentido, sino que se han convertido en cárceles de magnitudes exorbitantes. Esta pérdida del sentido de las ciudades, señala Moreno Romo, no es más que el resultado de la destrucción del espacio público, nuestro ágora, que nuestros muy “demócratas” líderes y gobernantes han conseguido erradicar, para instalar a voluntad sus valores entre la población que habita las urbes.

Juan Carlos Moreno Romo nos vuelve a invitar a redescubrir el auténtico “ágora” que algunas elites han enterrado para transformar nuestras ciudades en enormes prisiones altamente sofisticadas y reducir a los ciudadanos a una masa amorfa, sin darles una verdadera participación dentro de la misma ciudad. Proteger ese “ágora”, ese espacio público, que poco a poco nos han ido arrebatando es lo que Moreno Romo ha buscado concientizar. Me parece muy pertinente la idea en estos tiempos donde la vigilancia y el manejo de la vida privada de los ciudadanos por parte de un Estado prepotente y autoritario es cada vez más asfixiante.

Este libro es una incitación a la resistencia contra un Estado prepotente que ha pretendido imponer sus ídolos en el espacio público. Una resistencia contra un Estado que se erige con sus mitos e ídolos y controla a voluntad las conciencias de los hombres. Y esta resistencia a la que Moreno Romo nos invita, debe de ser desde una deconstrucción, pero no cualquiera, sino la que ofrece el cristianismo.

Moreno Romo entiende que la lucha de la modernidad contra el cristianismo se erige entre una lucha de la inmanencia contra la trascendencia y desde la cerrazón a la posibilidad de ver más allá de nuestras narices. Moreno Romo entiende que esta muy enferma “identidad nacional” urge sus raíces en las ideas neopaganas de “tierra”, “sangre”, etc., y el cristianismo, como su hermana, la filosofía, van más allá de este horizonte inmanente en que los mitos atrapan las conciencias. Mientras que el Estado excluye para “incluir”, el cristianismo —esa religión que tanto odian los intelectuales— enseña que todo ser humano debe ser escuchado. La clave para poner resistencia al Estado moderno es desenmascarar sus planes y mostrar que no es realmente tan laico como él misma se nombra, sino que llega a excluir y a manipular al antojo la vida privada de sus habitantes.

Y no por nada son el cristianismo —y, en su momento, el judaísmo— los chivos expiatorios preferidos de nuestros adoradores de ídolos. Esto debido a que el cristianismo, al igual que su pariente que es el judaísmo, nos afirma Moreno Romo, es un destructor de mitos.

“La filosofía, esto es visible ya en Heráclito, y en Jenófanes de Colofón, y en Sócrates desde luego, la filosofía nace como una crítica a la religión, y de los mitos tradicionales, pero como una crítica que afecta a unos cuantos. La verdadera ruptura con la religión la opera el cristianismo, que los antiguos veían como una especie de ateísmo y que en nuestros propios días Marciel Gauchet lo define como la ‘La religión de la salida de las religiones’, mientras que Jean-Luc Nancy sostiene que es algo —el cristianismo— que viene y deconstruye todo lo anterior”.[5]

Y Moreno Romo prosigue:

“En su Historia de la Shoa, George Bensoussan observa cómo ‘la industrialización y la modernización rápida de la Europa Occidental en el siglo XIX desestructuran las sociedades tradicionales, lo cual empuja a esos pueblos al antisemitismo, acaso porque en el desarraigo del judío (y del cristiano) ven el cumplimiento del desarraigo que ellos mismos están padeciendo, y para el que se sienten mucho menos preparados que ese pueblo que es capaz de vivir incluso sin garras, o sin mitos’”.[6]

La obra del Dr. Juan Carlos Moreno Romo es una auténtica búsqueda de apertura y de escucha a los horizontes que nuestras ideologías actuales nos han impedido escuchar. En pocas palabras, Moreno Romo nos invita a filosofar… ¡pero filosofar de verdad!

 

Bibliografía

  1. Moreno Romo, Juan Carlos, El fin de la ciudad y otros ensayos sobre nuestros atolondrados tiempos, Anthropos, Barcelona, 2017.

  

Notas

[1] Moreno Romo, El fin de la ciudad y otros ensayos sobre nuestros atolondrados tiempos, ed. cit., p. 42.
[2] Ibid., p. 47.
[3] Ibid., p. 57.
[4] Ibid., p. 24.
[5] Ibid., p. 62.
[6] Ibid., p. 45.