Revista de filosofía

Potencia del encuentro: acontecimiento, comunidad y micropolítica(s) de la amistad

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Adam Martinakis

Adam Martinakis

Resumen

Se enuncia comunidad al repensar político. Comunidad como la experiencia de lo común y del acontecimiento pensado como potencia de afectividad en tanto que potencia de desastre. Entre ausencia de comunicación, rechazo y sublevación al orden del trabajo y a la lógica de producción; se configura la comunidad como un conjunto inconfesable de solitarios que permanece en el mundo, sin habitarlo. Se piensa la solidaridad, dulzura y amistad a través del acontecimiento que se presenta como terremoto que cimbra toda existencia de lo común y genera certeza de la sensación. Comunidad a partir de una revolución molecular que transforma la potencia del encuentro desde su ámbito cotidiano y singular, desde una micropolítica de los afectos, de los deseos y del encuentro con el otro.

Palabras clave: Acontecimiento, amistad, comunidad, lo político, sublevación, territorios existenciales

 

Abstract

Community is enunciated when rethinking politics. Community as the experience of the common and of the event thought as a power of affectivity -as a disaster power-. Between absence of communication, rejection and uprising to the order of work and the logic of production; the community is configured as an unspeakable group of loners who remain in the world, without inhabiting it. Solidarity, sweetness and friendship are thought through the event that is presented as an earthquake that shakes all existence of the common and generates certainty of the sensation. Community from a molecular revolution that transforms the power of the encounter from its daily and singular scope, from a micropolitics of the affections, of the desires and of the encounter with the other. 

Key words: Event, friendship, community, the political, solidarity, uprising, existential territories

 

La política, simulacro de lo político

No retroceder ante lo que toda amistad conlleva de político.

Comité Invisible

Pensar de otra forma lo político supone pensarlo como imposible, heterotópico, cuya potencia disruptiva libera la imaginación y nos devuelve a una forma epidérmica, vibrátil de sentir el mundo; campo de fuerzas que crea su propia lógica, sus formas de articulación, múltiples, heterogéneas, mutantes, nómadas. Lo político es eso que irrumpe y escapa a la política, el afuera que paradójicamente la sostiene; en este sentido, la política es el simulacro de lo político, un espejismo del acontecimiento de la comunidad. Por su parte, lo político es la experiencia de la potencia de lo común, su puesta en escena como campo de fuerzas, heterogénesis que más que responder a ideologías, creencias o voluntades, libera la fuerza vinculante de los afectos, el deseo y las pasiones, una forma de poder en el cuerpo, que ya no tiene que ver con la lógica de la dominación, ni con el aparato de Estado, los centros o las jerarquías, sino —más bien— con flujos, máquinas de guerra y líneas de fuga, el poder como potencia-creación, como posibilidad de ser y hacer juntos, lógica intensiva, molecular, afectiva, que surge de un brote, una emergencia, un encuentro.

La comunidad no es la suma de individuos, un conjunto abstracto sedentario o fijo con un fin común, sino la multiplicidad n-1, la sustracción de la individualidad, la destrucción o diseminación del yo, la experiencia singular de devenir-otro. Para Maurice Blanchot la comunidad es ausencia de comunidad, de ahí su carácter azaroso, intempestivo, inconfesable, secreto. La comunidad no es la puesta en común de algo, idea, meta o voluntad, sino una forma de comunicación profunda, un efecto de resonancia que transita de uno a otro, fuerza contagiosa que arrastra y lo envuelve todo y a todos. La comunicación es pues la exposición de la intimidad, principio de insuficiencia que impugna la precariedad de la existencia cotidiana gobernada por la utilidad y el interés: la función, el trabajo y la lógica de producción-consumo; es una forma de reconocimiento que libera esa dimensión de la existencia que se afirma en el excedente: la potencia de lo común, la soberanía, como experiencia de la continuidad entre los individuos y el mundo. Blanchot —en tanto piensa en Bataille— apunta: “La muerte, muerte del otro, igual que la amistad o el amor, despejan el espacio de la intimidad o de la interioridad que no es nunca (en Georges Bataille) el de un sujeto, sino el deslizamiento fuera de los límites”.[1]

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Ese deslizamiento fuera de los límites es el éxtasis, que para Bataille es el movimiento de la transgresión, es decir, el paso de la discontinuidad de la existencia separada del sujeto cerrado sobre sí mismo, atomizado, a la continuidad del ser: la comunicación es el sentimiento de potencia, la soberanía que abre, vincula y reúne todo. La comunidad es la forma extática de la unidad de las llamas:

“[…] un sentimiento de la unidad en comunión. Es el sentimiento que experimenta un grupo humano cuando se representa a sí mismo como una fuerza intacta y completa; surge y se exalta en las fiestas y en las asambleas: un profundo deseo de cohesión lo eleva entonces sobre las oposiciones, los aislamientos, las rivalidades de la vida clara y profana”.[2]

Para Bataille la pérdida de la comunidad está relacionada con la pérdida de intensidad de la experiencia, la creciente atomización de los individuos y la expulsión de los elementos heterogéneos del orden del trabajo, las formas heterogéneas: juego, fiesta, erotismo, sacrificio, etcétera, son formas de acontecimiento de lo sagrado en el mundo contemporáneo, parte maldita expulsada del orden del trabajo, expulsión que reduce la existencia plena a la función en un proceso de precarización de la vida. Por su parte, para Blanchot, la comunidad es negativa ya que la experiencia de la comunidad es el rastro, la resonancia de su ausencia que paradójicamente es la virtualidad de lo que adviene como siempre ya ahí: el acontecimiento. En este sentido, apuntará que el Mayo del 68 generó un efecto de comunicación explosiva, acontecimiento que desactivando las diferencias de clase, edad, sexo, liberó la operación de una máquina de guerra, cuyas líneas de fuga atravesaron el mundo homogéneo; liberación de la imaginación que hizo ver y sentir que otro mundo era posible fuera de la lógica de la producción, el interés, el consumo y la dominación. Campo de fuerzas del que emergió la amistad con el desconocido, en el desinterés, la solidaridad y la alegría del encuentro, una política de la amistad.

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En el mismo sentido, el acontecimiento es para Gilles Deleuze una ruptura con la temporalidad, la causalidad de la historia y la lógica del progreso. Se trata de la irrupción de lo intempestivo que implica algo insuperable, una apertura a lo posible tanto a nivel de los individuos como de lo social, planos entre los cuales genera articulaciones, tejidos, flujos, un devenir puro. Sobre el mayo francés, Deleuze apuntará:

“Lo que cuenta es que fue un fenómeno de videncia, como si una sociedad viese de repente lo que tenía de intolerable y viese al mismo tiempo la posibilidad de algo distinto. […] lo posible no pre-existe al acontecimiento sino que es creado por él. Es cuestión de vida. El acontecimiento crea una nueva existencia, produce una nueva subjetividad (nuevas relaciones con el cuerpo, con el tiempo, con la sexualidad, con el medio, con la cultura, con el trabajo).[3]

El Mayo del 68 es una videncia de lo imposible, de ahí su carácter generador, creativo, lúdico y nómada, acontecimiento que reveló que el futuro histórico de la revolución no es lo mismo que el devenir revolucionario de la sublevación, así como que el tiempo de la historia no es el tiempo de la vida. Irrupción de esa comunidad de los que no tienen comunidad o, en términos de Pascal Quignard, de esa comunidad de solitarios que unidos por la fuerza del rechazo se sublevan. De acuerdo a Blanchot:

“En cierto modo, frente a los acontecimientos públicos, sabemos que debemos rechazar. El rechazo es absoluto, categórico. No discute ni hace oír sus razones. Es en lo que es silencioso y solitario. Incluso cuando se afirma, como le es preciso, a pleno día. Los hombres que rechazan y que están unidos por la fuerza del rechazo saben que no están juntos. El tiempo de la afirmación común les ha sido arrebatado precisamente. Lo que les queda es el irreductible rechazo, la amistad de ese No cierto, inquebrantable, riguroso, que les mantiene unidos y solitarios”. [4]

La sublevación es el movimiento del rechazo ante lo intolerable, lo insoportable, es la fuerza imperceptible, anónima que une a la comunidad de solitarios secretamente, se actualiza en un encuentro, tiempo del ahora que virtualmente siempre esta “ya ahí” en el rechazo. El rechazo es la espera de lo imposible: la alegría del encuentro. En este sentido, para Tiqqun:

“La comunidad, entonces, significa: realizar el potencial de insurrección y de invención de mundos subyacentes a todo vínculo verdadero entre seres humanos, instaurar modos de ser tales que la afección y la cooperación se fundan sin confundirse nunca. La comunidad no es lo que vamos, en el futuro, a construir. Es lo que se encuentra siempre ya aquí, en todas nuestras relaciones, pero de manera alienada.”[5]

Lo común es un punto de indiferencia, la comunidad es la posibilidad de desastre en nosotros, puesta en juego, comunión como experiencia de lo que podemos ser-juntos, esa otra sensibilidad que se expresa en la potencia del afecto. La comunidad es una máquina de guerra, como apuntan Deleuze y Guattari, cuyo régimen es el de los afectos, de ahí que las formas paradigmáticas en que podemos sentirla sean la amistad o el amor. Para Blanchot ambas son formas en que acontece la comunidad electiva, mismas que impugnan a la comunidad tradicional. Así, la comunidad de los amantes, lleva en sí una potencia de desastre, misma que encarna el germen de destrucción de la sociedad, la suspensión de todas las prohibiciones, las convenciones, las normas, encuentro que da lugar a lo imposible. En este sentido, Blanchot apunta: “Ahí donde se forma una comunidad episódica entre dos seres que están hechos, o que no lo están, el uno para el otro, se constituye una máquina de guerra, mejor dicho, una posibilidad de desastre que lleva en sí, aunque sea en una dosis infinitesimal la amenaza de la aniquilación universal”.[6]

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Si para Blanchot la comunidad es inconfesable, secreta, es porque su acontecimiento supone desaprender a hablar con el lenguaje de las palabras, abrirse a una comunicación originaria, primordial, del gesto, las miradas, la risa y las lágrimas, campo armónico que abre un espacio de silencio del mundo, tiempo suspendido, memoria inmemorial que nos recuerda que somos cuerpos vibrátiles. El acontecimiento es lo imposible, en cuyo rastro palpita la exigencia de creación e invención de otros mundos, sensibilidades, afectos, territorios existenciales. De esta forma, para Bataille:

“El hombre no vale según el trabajo útil que provee, sino según la fuerza contagiosa de la que dispone para arrastrar a los demás a un gasto libre de su energía, de su alegría y de su vida; un ser humano no es sólo un estomago que hay que llenar, sino un rebosadero de energía que hay que prodigar”.[7]

Adam Martinakis

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El encuentro erótico, ya sea en la amistad o en el amor, es movimiento, gesto, expresión del devenir-juntos, no sólo promesa sino una constatación irrefutable, sensible de la potencia de lo común, que en su acontecer no únicamente impugna, también —a la vez— subleva todo el orden existente, al hacer perceptible lo imperceptible: la videncia extática de lo imposible.

“La vida tiene siempre lugar en un tumulto sin cohesión aparente, pero no encuentra su grandeza y su realidad más que en el éxtasis y en el amor extático. Quien se obstina en ignorar o en desconocer el éxtasis es un ser incompleto cuyo pensamiento se reduce al análisis. La existencia no es sólo un vacío agitado, es una danza que obliga a bailar con fanatismo. El pensamiento que no tiene por objeto un fragmento muerto existe interiormente de la misma manera que las llamas”.[8]

 

La solidaridad, concepto para pensar lo político 

Hemos desaprendido el goce, al igual que hemos desaprendido el sufrimiento,

nos hemos vuelto analfabetas en el plano de las emociones y

sólo percibimos ecos difractados. Nada interesa a nuestros ojos ciegos,

tampoco la desdicha. Quizás el desastre radique finalmente

en no hallar en parte alguna el sostén de la duda o

la certeza.

Tiqqun

Tiqqun resume el diagnóstico de la subjetividad contemporánea en el concepto de Bloom, el cual no sólo hace referencia a la atomización y homogeneización de los individuos de los que habla Bataille, sino también a la atrofia de la sensibilidad —la precarización de la experiencia y la vida— la cual, a su vez, es la pérdida de la comunidad. Comunidad terrible, compuesta o, mejor dicho, des-compuesta por individuos anestesiados, situados en un mundo in-habitable. El Bloom no es una forma de ethos, no es un habitar sino un permanecer. Así, la comunidad terrible es el efecto de la sociedad de control, la reproducción virulenta del modo de vida capitalista que se vuelve hegemónico no por imposición sino por un deseo alienado, efecto de la sociedad de control. En la sociedad de control la operación de los dispositivos de poder es microfísica, epidérmica, ya que opera a nivel de la producción de la subjetividad que coloniza el deseo y la imaginación, y genera impotencia y normalización. El efecto es la forma de subjetividad egoísta, agotada, abúlica, anestesiada, precariedad de la existencia reducida a función dentro del capitalismo mundial integrado. Así, para Tiqqun:

“El fin de la comunidad terrible coincide con la apertura al acontecimiento: en torno al acontecimiento es como las singularidades se agregan, aprenden a cooperar y a tocarse. La comunidad terrible, en tanto entidad animada por un inagotable deseo de autoconservación, pasa los posibles por cribas de la compatibilidad con su existencia en lugar de organizarse en torno a su surgimiento”.[9]

La comunidad terrible opera en una lógica de la homogeneización, segmentarización y estratificación que busca despojar de la potencia de insurrección a cualquier acontecimiento o encuentro, proceso de normalización que busca asimilar la diferencia y bloquea lo imposible y su efecto de resonancia, su proliferación y las líneas de fuga que abre; sin embargo, no hay que olvidar que como señala el Comité Invisible: “Un reencuentro, un descubrimiento, un vasto momento de huelga, un terremoto; cualquier acontecimiento produce verdad, alterando nuestra manera de estar en el mundo”.[10]

La verdad que produce el acontecimiento es una certeza de la sensación, videncia o claridad que nos obliga a plantear otras formas de habitar el mundo. El problema es, entonces, cómo hacer para conservar y cultivar ese impulso, esa potencia que nos hace devenir-otros, devenir-revolucionarios, devenir-juntos. En este sentido, podemos pensar como acontecimiento el 19S. El terremoto no sólo disloca la experiencia espacio-temporal que irrumpe en la cotidianidad, al mismo tiempo pone en cuestión todo el ámbito de la subjetividades desarticulándolas, rompiéndolas y arrojándolas a un estado de fragilidad, vuelta a la inmanencia de la pura sensación del que surge la solidaridad. La solidaridad como concepto para pensar lo político del encuentro, y como operación de una máquina de guerra, cuyo régimen es el de los afectos que articula la fragilidad con la experiencia de la soberanía: del poder en el cuerpo; de esa articulación surge una forma de dulzura: otra sensibilidad. Así, de la dulzura surge un campo de fuerzas, afectar y ser afectado en un movimiento de conjunto o agenciamiento colectivo, una forma de comunidad inconfesable, cuerpos vibrátiles que al recuperar la sensibilidad voltean a ver al otro, efecto de resonancia y reconocimiento del anónimo como alguien amado/amable: la amistad.

Adam Martinakis

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Por último, la solidaridad al romper con el orden de la utilidad, el egoísmo y el interés, se abre al excedente, al don infinito, imposible, sin condición. El 19 de septiembre del año pasado mostró una vez más la eficacia de la potencia colectiva anónima que genera su propia consistencia y sus propias formas de inteligencia y articulación, una forma de sabotaje frente al aparato de Estado que deja al descubierto su ineficacia y, sobre todo, su obstrucción de la vida, su violencia asesina y lo absurdo de estar sometido a lo insoportable.

En este sentido, pensamos con Tiqqun:

“Una constelación de acciones relámpago dibuja así, para quien sabe adivinar aquello de lo que son el rastro, el éxodo general fuera del mundo de la mercancía autoritaria. Este éxodo es el último espacio habitable, como también la condición primera de toda amistad, de toda cooperación. En él se descubre la lengua extranjera, la lengua sensible en la que estamos escritos: Pues tenemos que perdernos por completo para finalmente reencontrarnos. Por lo demás, el sabotaje que viene es silencioso, pues no es sino otro nombre de la vida”.[11]

El 19 de septiembre de 2017 mostró que podemos vivir de otra forma, hacer enunciable la certeza de la sensación que produjo el encuentro, no sólo dar sentido al acontecimiento sino también una forma de resistencia frente al discurso hegemónico, normalizante, terrible. Crear una enunciación política que sirva como herramienta para la reconstrucción de la singularidad y el tejido social, para pensar de otra forma lo político. En este sentido, Guattari piensa que: “Corresponde a los protagonistas de la liberación social volver a forjar referencias teóricas que iluminen una posible vía de salida a la historia, más llena de pesadillas que nunca, que atravesamos actualmente. Pues no sólo desaparecen las especies, sino también las palabras, las frases, los gestos de solidaridad humana”.[12]

La filosofía como máquina de guerra capaz de crear dicha enunciación de lo político, los conceptos como otro lenguaje de lo común que conserven la potencia afectiva del encuentro, misma que es la potencia erótica de la fraternidad, en la cual se experimenta ese otro lenguaje común y que brota de la solidaridad: gesto de dulzura, risa, lágrimas, abrazo. Enunciación política que nos recuerde que: “Reunirse responde a la alegría de experimentar la potencia común”.[13] Y que el territorio existencial abierto por el acontecimiento es ahora irrenunciable.

Después del desastre, la reconstrucción tendrá que operar en un movimiento transversal que atraviese las singularidades, el tejido social, la relación con la naturaleza y las formas de lo político que queremos vivir de aquí en adelante. La reconstrucción de la singularidad es a la vez ética, estética y política, otra sensibilidad, otra forma del deseo y la liberación de la imaginación para crear nuevos territorios existenciales. Esto es a lo que Guatarri denominó revolución molecular: “La revolución social que está por venir también será molecular o no será. Será permanente, se producirá al nivel de lo cotidiano, exigirá un constante análisis de las formaciones de deseo cuya función es someternos a formaciones de poder cómplices del sistema actual. Si no, el poder del Estado y la burocracia la absorberán”.[14]

Cultivar las relaciones de solidaridad, de fraternidad, de erotismo, como efectos de resonancias del acontecimiento. El encuentro es un umbral de intensidad, deja una marca indeleble, una herida, en su palpitar quizá se encuentra la única vía para regenerar —a la vez que reconfigurar— el tejido social y hacer de nuevo habitable el mundo, efecto de sublevación frente a la indolencia, la anestesia y la indiferencia, frente a la disuasión sistemática de lo imposible por el aparato de Estado, los dispositivos. El cuerpo resiste en su memoria afectiva, la certeza de la sensación del calor de un abrazo, el fulgor de una mirada, la dulzura de una sonrisa, la reverberación de estar juntos. “Todo movimiento, todo encuentro verdadero, toda ocupación es una brecha abierta en la falsa evidencia de esta vida, y prueba que una vida en común es posible, deseable, potencialmente rica y alegre”. [15]

Adam Martinakis

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La potencia del encuentro, el acontecimiento de lo posible

Abrirse al mundo es abrirse a su presencia aquí y ahora.

Cada fragmento es portador de una posibilidad de

perfección propia. Si ‘el mundo’ debe

ser salvado, será en cada uno de sus

fragmentos. La totalidad sólo puede gestionarse.

Comité Invisible

El espacio que se abre en el encuentro, ya sea de una mirada, una sonrisa, un abrazo, una caricia o cualquier gesto de afecto o solidaridad, es irrenunciable. La singularidad e irreversibilidad del acontecimiento descubre la potencia del encuentro como reverberación, liberación de la imaginación y la sensibilidad que es una sublevación frente a la sedentarización, la atomización, el aislamiento, la anestesia y la indolencia del mundo en que vivimos.

“Contra esto, hay que salir de nuestra casa, ir al encuentro echarse al camino, trabajar en la ligazón conflictiva, prudente o feliz, entre pedazos de mundo. Hay que organizarse. Organizarse verdaderamente nunca ha querido ser otra cosa que amarse”. [16]

Adam Martinakis

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En este sentido, la sublevación aparece como un gesto de rechazo, quizá de manera imperceptible en los gestos cotidianos. Se encuentra en levantarse y salir a la calle, levantar la vista, ver alrededor y sonreír al encontrarse con la mirada del anónimo aún desconocido, he ahí el origen de la amistad; también está en el encuentro con la obra de arte que resiste al dar lugar a otras formas de orden estético: cosmética con emisión de partículas de posibles que virtualmente son el germen de un pueblo por venir; la sublevación es el impulso que nos obliga a salir al encuentro con otros en el desastre: la solidaridad, y esa fuerza imperceptible que nos vincula silenciosamente o de manera estruendosa ante lo insoportable, lo indignante y lo injusto: el rechazo. La comunidad afectiva es ese efecto de resonancia que en el encuentro deviene campo armónico, experiencia de lo común y la continuidad en la alegría del encuentro. De este modo, para Guattari:

“La alegría de vivir, la solidaridad, la compasión hacia los demás, deben considerarse sentimientos en peligro de extinción, que conviene proteger, vivificar y reimpulsar embocando nuevos caminos. Los valores éticos y estéticos no remiten a imperativos y códigos trascendentes. Exigen una participación existencial a partir de una inmanencia que hay que reconquistar sin descanso”.[17]

Adam Martinakis

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Esto es la operación de la micropolítica, como el análisis molecular de lo que pensamos, sentimos y deseamos. Puesta en operación de una revolución molecular, paso de las formaciones de poder macropolíticas a una micropolítica del deseo y los afectos; potencia molecular que des-estructure y des-estratifique lo social. En este sentido, la operación micropolítica es procesual e inventiva, crea modos de expresión heterogéneos que configuran singularidades y territorios existenciales, articulación-conectiva ética-estética-política. “Nos corresponde a todos considerar en qué medida —por pequeña que sea— cada uno de nosotros puede trabajar en el levantamiento de máquinas revolucionarias políticas, teóricas, libidinales y estéticas que puedan acelerar la cristalización de un medio de organización social menos absurdo que el que soportamos hoy en día”.[18]

Adam Martinakis

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La micropolítica como impulso molecular que traza líneas de fuga y abre nuevos territorios existenciales. Liberación de una cuádruple potencia: potencia estética que genera nuevas formas de sentir, una potencia filosófica que crea nuevas maneras de pensar, una potencia científica que da lugar a nuevas maneras de conocer y una potencia ética-política que reinventa la relación con los otros: la comunidad. Así, la revolución molecular es una actitud ética-política-estética, creación de formas de resistencia, proceso de automodulación y creación, delicadeza del cuidado de sí, de los otros y de lo otro, devenir-revolucionario como devenir-juntos. Repensar lo político supone repensar la comunidad, lo común como potencia del encuentro. En este sentido, para Tiqqun: “El comunismo no es otra manera de distribuir las riquezas, de organizar la producción o de administrar la sociedad. El comunismo es una disposición ética; una disposición a dejarse afectar, en contacto con otros seres, por lo que nos es común. Una disposición a compartir lo común”. [19]

Adam Martinakis

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La filosofía al crear otras formas de pensar libera una máquina de guerra que pone en operación una forma de sublevación, máquina de escritura que libera partículas de posible y da lugar a agenciamientos de enunciación política inauditos, líneas de fuga que liberen la potencia del lenguaje: dar sentido al mundo. Creación de otro lenguaje, no como medio de información o representación sino de expresión, invocación y reunión. La sublevación es el gesto de la crítica cuya fuerza está en la articulación-tensión entre lo poético y lo político, tensión que guarda en sí la promesa del encuentro.

“La reanimación de la historia no depende más que de nosotros, de la fuerza de nuestros cuerpos vivos, de la intensidad de nuestros deseos. Si hemos desaprendido el amor, el lenguaje físico y agridulce de la pasión, el único que cuenta lo que las palabras nos saben decir, ninguna invención milagrosa de la química nos lo devolverá”. [20]

Para alumbrar el espacio común hay que arder. La potencia del encuentro es, también, dar lugar a una espera que no espera nada: el acontecimiento de lo imposible…

 

Bibliografía

  1. Bataille, Georges et al., Acéphale, Caja Negra, Buenos Aires, 2006.
  2. Blanchot, Maurice, La amistad, Trotta, Madrid, 2007.
  3. _______________, La comunidad inconfesable, Arena, Madrid, 2002.
  4. Comité Invisible, A nuestros amigos, Pepitas de Calabaza, Logroño (La Rioja, España), 2015.
  5. Comité Invisible, Ahora, Pepitas de Calabaza, Logroño (La Rioja , España), 2017.
  6. ______________, La insurrección que viene, Melusina, Madrid, 2009, p. 69.
  7. Deleuze, Gilles, Conversaciones, Pre-textos, Valencia, 2006.
  8. Guattari, Felix, Cartografías del Deseo, La Marca, Buenos Aires. 1995, p. 55.
  9. ____________, La revolución molecular, Errata Natura, Madrid, 2017.
  10. ____________, Plan sobre el planeta, Traficantes de Sueños, Madrid, 2004.
  11. ____________, Las tres ecologías, Pre-textos, Valencia, 1996.
  12. Tiqqun, Primeros materiales para una teoría de la jovencita, Hekht, Madrid, 2012.
  13. Tiqqun, Teoría del Bloom, Melusina, Madrid, 2005.
  14. ____________, Tesis sobre la comunidad terrible, (https://tiqqunim.blogspot.com/2014/01/tesis-sobre-la-comunidad-terrible.html)

 

Notas

[1]Blanchot, Maurice, La comunidad inconfesable, ed., cit., p. 37.
[2]Bataille, Georges et al., Acéphale, ed., cit., p. 30.
[3]Deleuze, Gilles, Conversaciones, ed., cit., p. 213-214.
[4]Blanchot, Maurice, La amistad, “El rechazo”, ed., cit., p. 107.
[5]Tiqqun, Primeros materiales para una teoría de la jovencita, ed., cit., p. 196.
[6]Blanchot, La comunidad inconfesable, ed., cit., p. 83.
[7]Bataille citado por Tiqqun, Tesis sobre la comunidad terrible, ed., cit., p. 61.
[8]Bataille, Georges, Acéphale, ed., cit., p. 22.
[9]Tiqqun, Tesis sobre la comunidad terrible, ed., cit., p. 60.
[10] Comité Invisible, La insurrección que viene, ed., cit., p. 69.
[11]Tiqqun, Primeros materiales, ed., cit., p. 195.
[12]Guattari, Las tres ecologías, ed., cit., p. 35.
[13] Comité Invisible, La insurrección que viene, ed., cit., p. 89.
[14]Guattari, Felix, La revolución molecular, ed., cit., p. 375.
[15] Comité Invisible, A nuestros amigos, ed., cit., p. 225.
[16] Comité Invisible, Ahora, ed., cit., p. 53.
[17]Guattari, Felix, Plan sobre el planeta, ed., cit., p. 125.
[18]Guattari, Felix, Cartografías del Deseo, ed., cit., p. 55.
[19]Tiqqun, Teoría del Bloom, ed., cit., p. 133.
[20]Tiquun, Primeros materiales para una teoría de la jovencita, ed., cit., p. 197.