Revista de filosofía

Paganini y los hombres locos

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Mientras Julia, mi nieta escribe un cuento
el día se desliza suavemente
Paganini toca el violín y los pájaros cantan,
es sábado y la felicidad se avecina…

Esta mañana el Fagot me emociona,
es Paganini con su dueto para violín y bajo,
el siglo XVIII ha venido a visitarme.

Sería maravilloso que los locos del hospital psiquiátrico
se despertaran así y empezaran a bailar con sus
ideas exóticas irrumpiendo en el mundo gris,
que los trata de contener.
Los hospitales psiquiátricos no son blancos porque
están contaminados con el germen de la cordura.

Así con Paganini en la cabeza entré como robot a la sala de hombres,
Muchos de ellos querían hablar conmigo y me
sentí abrumada por el torrente de palabras que iban hacia

ADAM MARTINAKIS

ADAM MARTINAKIS

Me llamó la atención especialmente un hombre llamado Angel que me dijo:

–Usted es de México, ¿verdad? Yo estudié allá siete años en el Politécnico.

Tendrá unos cuarenta y ocho años, usa lentes, parecía un intelectual preocupado por el mundo. Me dice que quiere que su esposa esté al tanto de que lo han llevado a ese lugar para protegerlo: es la tercera vez que viene. La primera vez cuando su padre lo hizo internar él estaba furioso y lo persiguió con un cuchillo, pero ahora dado el peligro que corre su familia estuvo de acuerdo. El ingeniero descubrió que Lujambio, en complicidad con la esposa del presidente, quiere matarlo. Primero dice no saber por qué, pero luego me aclara que es muy largo de contar, quedamos de hablar después en privado, fuera de la sala donde constantemente nos interrumpen.

ADAM MARTINAKIS

ADAM MARTINAKIS

Un hombre me habla insistentemente, se llama Emilio quiere que le diga a la trabajadora social que quiere salir, que está bien y eso su familia lo debe saber.

Un hombre viejo de unos setenta años se alegra de conocerme y nos damos la mano, pareciera un campesino que lleva en sus arrugas el peso de la vida.

Carmen, se llama. Es mi tocayo y eso nos hermana; me dio la impresión de que cuando lo supo ya no se sintió tan solo, me miró con dulzura y me apretó la mano, desconozco su historia y él la mía, pero nuestra presencia ahí en ese momento fue suficiente para sabernos vivos.

ADAM MARTINAKIS

ADAM MARTINAKIS

Tenía la intención de platicar con Emiliano que volvió afectado de nuevo por su dolor de estómago, pero hablaba con la psicóloga de la sala. La última vez que conversamos fue hace unos meses (antes del episodio de la marihuana[1]). Emiliano prefirió mantener el síntoma a saber sobre su deseo, pero ahora él mismo me ha pedido hablar. En fin, me aparté y me senté en la mesa con reticencia porque un joven llamado Marcelino insistía en hablar conmigo.

Marcelino tendrá unos veinte años, es campesino y está desesperado.

–Me trajeron porque me eché a andar en el monte, pero me eché a andar porque soy pobre y no tengo mujer, entonces me dio por la bebida. Estaba yo con un amigo y unas caguamas cuando le dije que me gustaba su hermana y él se fue ofendido pero yo seguí tomando con otros y luego me eché a andar. También me gusta otra, que tampoco me hace caso y ahí es donde siento que con la pobreza no se puede nada. ¿Usted qué cree? ¿Qué puedo hacer?

Me sentí abrumada. Los acordes de la música de Paganini ya no me acompañaban, no podía permanecer más en esa sala que concentraba la locura en una forma aterradora, Alberto me saludó como una oveja dócil y eso me sacó de quicio, el maestro de gimnasia nuevamente internado me miraba y Abel pareció comprender mi angustia porque consiguió la llave para abrirme la reja inmediatamente.

Hoy en el hospital sentí que me despedía, que era probable que no volviera más, así que antes de irme, fui a la sala de crónicos y repartí los sobres de café que me quedaban, entré porque curiosamente la puerta estaba abierta y le presté mis lentes a Nacho que últimamente me mira con dulzura; ¡ah! y no vi a Jorge, pero no lo busqué, fue como si voluntariamente lo hubiese olvidado, como la música me olvidó a mi.

 

30 de julio de 2011

 

[1] Emiliano, días después de salir, lleva marihuana de la buena a su amigo Abel Mario. Como Abel la compartió emocionado con otros dos compañeros, eso se supo y fueron castigados.