Revista de filosofía

Neofascismo

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Trad. Maria Konta

 

A Ignacio N. Lobato,

mi vecino.

 

¿Qué es el “neofascismo” y deberíamos utilizar este nombre?[1]

 

Los “neo-“, como los “post-” o los “para-“, a menudo son signos de una insuficiencia. Uno fabrica estas palabras para evitar un trabajo de reflexión. “Neo”, pero ¿en qué sentido? ¿En el sentido de que las condiciones son diferentes? Eso es posible, pero ¿realmente nos lleva en el fondo de la cuestión? Si es realmente diferente, ¿en qué sentido, entonces, es “neo”? Y si no es realmente tan diferente, ¿en qué sentido, de nuevo, es “neo”?

Si uno asocia estrechamente la idea del fascismo con su referencia histórica la más impresionante, el nazismo, es evidente que en nuestros días no existe un equivalente a la ideología o al mito de la raza aria. Si, por el contrario, uno se refiere al origen del término en el movimiento “fasci italiani di combattimento” de 1919, faltan el contexto específico de Italia durante ese período y, en particular, sus componentes socialistas y futuristas. Entre estas dos referencias, ya hay muchas diferenciaciones que hacer.

Se vuelve aún más flagrante si uno quiere examinar todo lo que podría caracterizarse como “neofascismo” desde 1945. Los análisis diferenciales sin duda son necesarios y no pueden comprometer nada en cuanto a la sutileza o el discernimiento. Del mismo modo que Boulanger no fue Mussolini, ni Mussolini Hitler, ni Franco, ni Salazar, ni Pétain, ni Doriot, ni Mosley, etcétera. Del mismo modo, Poujade no fue Le Pen, que no era su hija, etcétera …, por no hablar de tantos otros. Pero no es menos necesario abstenerse de señalar como idéntico todo lo que uno describe como “fascismo”: ya sea porque uno está equivocado o porque hay una verdadera identidad no de la esencia sino de la naturaleza, si uno puede arriesgar a hacer tal distinción.

La naturaleza del fascismo puede caracterizarse como el reverso de la democracia. En ambos lados, es una cuestión del poder del pueblo. Pero mientras ahí donde – en la democracia— el pueblo se postula, en cambio en el fascismo se encarna. Entiendo la frase “se postula” aquí en un sentido kantiano: una realidad del pueblo debe ser pensada, o representada, para servir como regla en la concepción de la política. Y entiendo la frase “se encarna” de una manera fantasmática, ya que ni un individuo ni ninguna otra supuesta entidad (raza o nación, por ejemplo) podrían incorporar a un pueblo.

En este sentido, el fascismo se basa en un rechazo del postulado democrático: rechaza la voluntad de la democracia de regularse de acuerdo con una idea del pueblo que responde al carácter visionario o ideal de esta idea y, en su lugar, sustituye la decisión de afirmar la realidad tangible del pueblo.

Es claro que el postulado democrático implica una fragilidad constitutiva: en un sentido, la democracia misma declara que lo que ella nombra no está, ni debe, estar presente precisamente con el fin de tener un funcionamiento democrático. Al contrario, el fascismo implica una fuerza constitutiva: se afirma como la única expresión real, casi inmediata (ya sea en la inmediatez de una figura o de un símbolo).

La democracia alimenta una necesidad fundamental de instituciones, de leyes y de reglas. Por un lado, la complejidad de las instituciones y de las reglas aumenta la fragilidad de la democracia. Entonces, cuando la situación material y espiritual concreta de un país parece exponer esa fragilidad como una debilidad grave o incluso patológica (independientemente de las causas reales), uno comprende cómo surge la reacción fascista.

Pero eso no significa que ella surja, siempre y en todas partes, bajo la figura completa de un héroe armado o incluso de un lema vibrante. De hecho, hay algo pasado de moda en lo que evocan tales imágenes hoy en día. Las sensibilidades contemporáneas se centran más en un cinema verité o una representación de los reality en televisión de la “gente común” o la “clase media”. Hay muchas razones para esto, que no analizaré aquí, pero todas ellas tienen que ver con una especie de des-simbolización general que va de la mano con la conectividad tecnológica y cultural general de la sociedad.

Pero el motivo fascista sigue siendo el mismo, incluso si ya no es necesario mostrar los errores del lictor, cuya memoria, en cualquier caso, se ha perdido. De hecho, el significado sigue siendo el mismo: el lictor acompaña al magistrado de alto rango cuyas órdenes está listo para ejecutar. Un poder de ejecución sin demora combinado con el prestigio de una autoridad inmediatamente perceptible, esta conjunción de fuerzas materiales y apasionadas parece garantizar una compensación total, activa, reconocible y participativa, por lo que la democracia ya no parece poder garantizar.

Uno solo debe agregar lo siguiente: en ambos lados, esos de la democracia y del fascismo, los poderes de la dominación tecnoeconómica están muy cómodos. En la democracia, pueden depender de la debilidad y complejidad de las instituciones y de las reglas. En lo que respecta al fascismo, ellas no tienen dificultades para vincular sus propios objetivos con él. Pero cuando la situación material se oscurece, la primera se convierte en presa del segundo, porque el pueblo rechaza su postulación para exigir la satisfacción inmediata de sus necesidades y de sus fantasmas.

A la larga, el pueblo también termina sufriendo de lo que el fascismo le impone. Pero eso lleva tiempo … y también depende de si el pueblo es capaz de entrar en el ejercicio de la postulación, tal como lo he caracterizado aquí. Este ejercicio es difícil y requiere un cierto tipo de virtud: esa de resistir el atractivo de los ídolos. Esta virtud es la que uno debe tratar de cultivar en la democracia.

 

Nota de la traductora

[1] Agradezco a Jean-Luc Nancy por haberme enviado el original en francés (“néofascisme”). La traducción en inglés por Sarah Clift fue publicada en LA Review of Books el 17 de febrero 2019. Véanse: https://lareviewofbooks.org/article/populism-democracy-and-neofascism-two-essays/