Revista de filosofía

Melancolia de género. Una tristeza que dura demasiado en el cuerpo

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FOTOGRAMA DE LA ENTREVISTA REALIZADA POR ÁNGELA MCROBBIE 23/10/2015

FOTOGRAMA DE LA ENTREVISTA REALIZADA POR ÁNGELA MCROBBIE 23/10/2015

 

Existe la alegría, pero duele; tendrás que conseguirla.

Y cuando la consigas, tendrás miedo.

Andrés Neuman

 

Fue tan largo el duelo, que al final,

casi lo confundo con mi hogar.

Vetusta Morla

 

Resumen

El presente artículo tiene como objetivo desarrollar la noción de melancolía de género que plantea Judith Butler y que sirve para explicar los modos en los que el género y la identidad se elaboran a partir de determinados procedimientos psíquicos del poder. Así mismo, se expone de qué manera la producción de la identidad está supeditada a la prohibición y exclusión de vínculos que no pueden ser llorados y que, como consecuencia de ello, se vuelven objeto fundamental de la tristeza constitutiva de los sujetos. Por lo tanto, el género es concebido como una consecución de actos que producen sometiendo y someten produciendo. Es a partir de ello que el sujeto crea una identificación melancólica con las formas delimitadas de su placer.

Palabras claves: melancolía, Judith Butler, género, identidad, deseo, subjetividad.

 

 

Abstract

The present article develops the notion of gender melancholy that Judith Butler raises, and that serves to explain the ways in which gender and identity are elaborated from certain procedures psychics of power. Likewise, it is exposed how the production of identity is subject to the prohibition and exclusion of links that cannot be mourned, and that consequently they become a fundamental object of the constitutive sadness of the subjects. The gender, then, is conceived as a result of acts that produce at the same time that submit and that submit at the same time that produce, and it is from this that the subject creates a melancholic identification with the delimited forms of their pleasure.

Keywords: melancholy, Judith Butler, gender, identity, desire, subjectivity.

 

Las viscisitudes de la melancolía 

En principio, una afirmación: la melancolía es un proceso indiscernible de la constitución de la identidad y la impugnación de un género. Luego, una posible respuesta: el ímpetu y el sabotaje como formas de recomposición permanente del deseo. Para entender estos dos momentos de una misma conversación, (a saber, la identidad), es necesario revisitar y despejar la bilis negra que Freud derramó al asunto. Para él, la melancolía es el proceso en el que la libido sigue enlazada con el objeto perdido, a diferencia del duelo, en donde el vínculo se logra romper para establecer uno nuevo. Siguiendo este razonamiento, el melancólico permanece aferrado al objeto que ya solo puede hacer presencia mediante una imagen que se conserva de manera inconsciente, porque, si algo lo caracteriza, es no saber muy bien qué es lo que ha perdido. De esa forma, se incorpora la perdida, deseándola.

A partir de estos presupuestos, Judith Butler propone pensar la producción del género desde la articulación de varios dispositivos psíquicos del poder que determinan la inteligibilidad del sexo y las formas posibles de su placer. Uno de estos procedimientos es la dupla freudiana prohibición-exclusión, de la que resulta la consciencia (el sujeto se vuelve objeto e imagen para sí mismo) y por la cual, el deseo es reconducido y delimitado. Esto quiere decir que la heterosexualidad surge de una repetición de actos que acaban por romper lo que la autora llama el vínculo homosexual o la posibilidad del goce infinito. Es entonces que el sujeto surge de una melancolía constitutiva, una pérdida anticipada que le lleva, no a anular la pérdida, sino a conservarla desde su prohibición. En Mecanismos psíquicos del poder, Butler sostiene que:

Si la asunción de la feminidad y la asunción de la masculinidad se producen mediante la consecución de una heterosexualidad siempre precaria, podríamos pensar que la fuerza de ese logro exige el abandono de los vínculos homosexuales o. de manera quizás aún más tajante, una prevención de la posibilidad del vínculo homosexual, un repudio de la posibilidad, el cual convierte a la homosexualidad en pasión no vivible y pérdida no llorable.[1]

De este modo, la identificación melancólica se presenta entonces, como un requisito previo para desligarse del objeto. En ese sentido, lo femenino y lo masculino no son realidades biológicas, sino logros muy puntuales que emergen de la consecución de la heterosexualidad melancólica, la cual, se produce en una primera instancia, a través del concepto de parentesco, que es entendido por Butler en su ensayo Is kniship always already heterosexual? Como “un conjunto de prácticas que instituyen relaciones de distintos tipos, las cuales negocian la producción de la vida y las exigencias de la muerte”.[2] Quizá por esta razón, la demanda de establecer nuevas formas de parentesco por fuera del marco de la heterosexualidad melancólica, presenta siempre resistencias a su formalización.

JAN MATEJKO, “STAŃCZYK” (1862)

JAN MATEJKO, “STAŃCZYK” (1862)

En ese orden de ideas, el género surge de algo que ha comenzado a faltar desde muy temprano. ¿A quién culpar entonces? La respuesta parcial siempre reside en la ideología que junta, mueve y dispone las formas de funcionamiento de la familia, y que, analizada por Marx, puede ser entendida como “ellos no saben lo que hacen, pero aun así lo hacen” o la más honesta consideración de Žižek de que “ellos sí saben lo que hacen, y aun así lo hacen”. Sea como fuere, el asunto se resume a la larga en una frase de Margarite Duras: “demasiado temprano en mi vida, fue demasiado tarde”.

Ahora bien, si Butler saca en limpio de la lectura de Freud que la pulsión no predefine el objeto de su deseo, será Adam Philips, en una carta de respuesta a su teoría de la melancolía (contenida desde su reedición de 2001, en Mecanismos psíquicos del poder), quien establezca un puente entre ambos posicionamientos: “[…] del mismo modo que toda interpretación [performance] está subvencionada por una inhibición en otro lugar, toda identidad, por muy convincente que sea su interpretación, conlleva un sufrimiento”.[3] Dicho sufrimiento se debe, tal vez, a que su experiencia de género es una experiencia rigurosamente limitada que se retrae a sí misma para no fragmentar la idea tranquilizadora del “yo soy eso, yo hago esto, a mí me corresponde […]”. El terror de ser otro se atenúa con la planificación del ser, con la correspondencia entre biología y conducta, entre anatomía y estética, pero todo esto no es sino la consecuencia visible de un estrago, de una imposibilidad de duelo que deviene en violencia. Butler dirá de forma ilustrativa:

Consideremos que, al menos en parte. el género se adquiere mediante el repudio de los vínculos homosexuales; la niña se convierte en niña al someterse a la prohibición que excluye a la madre como objeto de deseo e instala al objeto excluido como parte del yo. más concretamente. como identificación melancólica. Por consiguiente. la identificación lleva dentro de sí tanto la prohibición como el deseo. de tal manera que encama la pérdida no llorada de la carga homosexual.[4]

Es decir, el hombre desea a la mujer que nunca querría ser. Esta afirmación es parcialmente cierta, pero sujeta a revisar la presuposición heterosexual que lleva dentro de sí la identificación melancólica, porque sostiene que la diferencia sexual se puede explicar desde el deseo antagónico y la complicidad que nos enlaza eróticamente a lo Otro.

 

Dont make me sad

EGON SCHIELE, “SELF PORTRAIT WITH ARM TWISTING ABOVE HEAD” (1910)

EGON SCHIELE, “SELF PORTRAIT WITH ARM TWISTING ABOVE HEAD” (1910)

En la elaboración de la teoría de la melancolía de género, Butler sostiene que el sujeto es producido, puesto en movimiento y condicionada su experiencia corporal dentro del marco de “lo normal” a partir de algo fundamental, a saber, el vínculo, que es precisamente lo que se rompe en la melancolía constitutiva de la subjetividad, ese someterse produciendo y ese producir sometiendo. La noción de vínculo en Butler es la reinterpretación que hace la autora de Wendy Brow en su libro El pueblo sin atributos, y por la que sostiene que el vínculo es una estructura que liga una cosa con otra, y en donde siempre hay una resistencia entre los sujetos para poder identificarse y des-identificarse en ese contrato tácito.

Efectivamente, uno puede encolerizarse contra sus propios vínculos con algunos otros (lo cual supone simplemente modificar las condiciones del vínculo), pero ninguna cólera podrá cortar el vínculo con la otredad, salvo quizás la cólera suicida, aunque por lo general ésta todavía deja una nota, una invocación final, confirmando así el vínculo alocutorio […]. La supervivencia exige reconocer la huella de la pérdida que inaugura la propia emergencia.[5]

Entonces, uno puede pensar por qué el vínculo desde la psicología social es una condición de supervivencia, y más exactamente, en términos de Butler, por qué se genera un vínculo apasionado a la sujeción. O dicho de otro modo, por qué amamos los mecanismos de nuestra propia represión. Pese a ello, el sujeto entrega su cuerpo a la ideología, pero descubre que su cuerpo excede y sobrevive a ella. Este descubrimiento no siempre ocurre de forma feliz ni en el momento correcto. De hecho, lleva años aprender a reconocer el estrago, a identificar el espacio donde algo estaba y ya no, a delimitar la tristeza en una secuencia de palabras muy concretas. Exceder y sobrevivir a la ideología genera de forma inevitable, una disolución de determinados vínculos, y ahí es cuando comienza el desamparo. Tiqqun describirá este fenómeno de la siguiente manera.

Aquellos que por suerte o por desgracia se sustraen al sueño prescrito, nacen a este mundo como niños perdidos. ¿Dónde están las palabras, dónde la casa, dónde mis antepasados, dónde están mis amores, dónde mis amigos? No existen, mi niño. Todo está por construir. Debes construir la lengua que habitarás y debes encontrar los antepasados que te hagan más libre. Debes construir la casa donde ya no vivirás solo. Y debes construir la nueva educación sentimental mediante la que amarás de nuevo. Y todo esto lo edificarás sobre la hostilidad general, porque los que se han despertado son la pesadilla de aquellos que todavía duermen.[6]

En ese orden de ideas, para poder salir de esa melancolía de género, el sujeto tiene que frustrar su propio deseo, lo que implica crear las estrategias adecuadas para el sabotaje. ¿qué significa esto? Que no solo hay que buscar los materiales adecuados para desmontar la manera como nos vinculamos con los otros, sino que hay que crear espacios en donde sea posible llorar la falta, reconocerla, restituirla. Si el género es de antemano desposeerse (formas de ser para el otro), entonces, habrá que llenar de ímpetu la tristeza y ser capaz de elaborar nuevos y mejores vínculos, para vivir lo invivible, para estriar el espacio hegemónico y poseer-se, para tener vínculos que romper, y vínculos que ampliar, para producir traicionando, para traicionar-se produciendo. Es lo que el Comité invisible denominará en su texto Llamamientos y otros fogonazos: la retirada ofensiva.

 

Bibliografía

  1. Brown, W., States of the injury, Princeton, Princeton University Press, 1995.
  2. Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, Cátedra, Madrid, 2001.
  3. ________ ¿Is kniship always already heterosexual? Undoing gender, Nueva York, Routledge, 2004.
  4. Freud, S., Duelo y Melancolía, Obras Completas, Volumen XIV, Amorrortu, Buenos Aires, 2008.
  5. Kristeva, J., Sol negro, depresión y melancolía, Monte Ávila, Madrid, 1991.
  6. Tiqqun, Llamamiento y otros fogonazos, Acuarela, Madrid,

 

Notas

[1] Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, ed. cit., p. 150.
[2] Butler, J., ¿Is kniship always already heterosexual? Undoing gender, ed. cit., p. 3.
[3] Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, ed. cit., p. 171.
[4] Ibídem, p. 151
[5] Ibídem, p. 209.
[6] Tiqqun, Llamamiento y otros fogonazos, ed. cit., p. 3.