Revista de filosofía

La sangre que ilumina. Bataille y Artaud

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ESCENA DE SACRIFICIO DE EXTRACCIÓN DE CORAZÓN DE LA CULTURA MEXICA, CÓDICE MAGLIABECHIANO (MEDIADOS DEL SIGLO XVI)

 

Healing, like fire from a gun,
Kneeling, my god is the Sun.

Joshua Homme

 

Resumen

El artículo trata las vías de conexión en las obras de Georges Bataille y Antonin Artaud, autores cuya fascinación por la desmesura y un espíritu transgresor les condujo a concebir el arte como una expresión sacrificial. Sus obras, atraídas por una violencia y un contagio que cual llama ardiente consume y se despliega sobre todo lo que toca, fueron concebidas bajo el poder de la exaltación más desbordante. Sobre ellos ejercieron un poderoso atractivo las culturas sacrificiales como la de los antiguos mexicanos, que se entregaban a rituales en cuyo culto mostraban su admiración por la figura solar: arquetipo fundamental de la entrega de sí y de la fuerza desbordante que, como una víctima sacrificial, rebosa su propio ser para entregar y prodigar vida. La luz solar tendrá como espejo terrestre la sangre que mana de la herida, cuyo flujo expuesto prodiga también la luz que solo la experiencia angustiada de la extinción de sí puede difundir.

Palabras clave: sacrificio, Bataille, Artaud, éxtasis, arte, sol.

 

Abstract 

The article addresses the communicating vessels in the work of Georges Bataille and Antonin Artaud, authors whose fascination with excessiveness and a transgressive spirit led them to conceive art as a sacrificial expression. Their respective works, attracted by a violence and a contagion which as a burning flame consumes and unfolds over everything it touches, were conceived under the power of the most overflowing exaltation. The sacrificial cultures exercised a powerful attraction on them, as the ancient Mexicans, who were delivered to rituals whose cult showed their admiration for the solar figure: fundamental archetype of self-giving and overflowing strength that, as a sacrificial victim, brims its own being to deliver and lavish life. Sunlight will have as a terrestrial mirror the blood that spouts from the wound whose exposed flow also produces the light that only the anguished experience of self-extinction can diffuse.

Keywords: sacrifice, Bataille, Artaud, ecstasy, art, sun.

 

Complicidades 

Nada en realidad logra proveernos de una esencia. Mudables como la corriente del río donde Heráclito imaginó su rostro reflejado, los humanos somos y no somos. Pero si acaso existe alguna naturaleza que nos subyace, nos prefigura y nos delinea, hemos perdido, mediante un hábito continuo, la facultad de percibirla. Como la armonía que Pitágoras atribuía a las estrellas y que, según él, no podemos escuchar por la fuerza de la costumbre, quizá los elementos que nos componen se encuentren ahí, desconocidos e imperceptibles para nosotros mismos, en un fondo insondable y turbio.

Síntoma de ello consiste en que las afinidades cuya existencia intuimos entre determinadas personas resultan aún más profundas cuando mantienen resquicios ocultos, cuando son sus obsesiones las que comunican su intimidad.

Hablaré aquí de ciertas afinidades entre dos escritores (por lo demás contemporáneos y próximos): algunas de ellas explícitas y otras latentes. Particularmente, haré referencia a la fascinación que ejerció el Sol en la obra y en la vida de Georges Bataille y de Antonin Artaud.

Bataille y Artaud se conocieron en el círculo surrealista, del que serían después excluidos y con el que mantendrían relaciones hostiles. No fueron amigos ni planearon juntos ningún proyecto, pero probablemente llegaron a sentir las afinidades que esbozaré. En Le surréalisme au jour le jour, Bataille narra un encuentro fortuito a mediados de los treinta con Artaud, quien, habiéndole tomado de la mano con fuerza, le dijo: “Supe que emprendió usted proyectos interesantes. Créame: ¡tenemos que hacer un fascismo mexicano!”, retirándose sin insistir.

Hoy día la alusión al fascismo puede devenir fatigosa. Bataille acabaría por publicar La structure psychologique du fascisme donde, lejos de simpatizar con la causa, admitía admirar, sin embargo, su carácter apasionado y febril, que le parecía a él un delirio contagioso opuesto a la mediocre prudencia y racionalidad de la democracia liberal.

Por entonces Bataille también ideaba la creación del grupo Acéphale, una sociedad cuya intención fundamental residía en dar nueva vida al ritual y a la liberación del tumulto de las pasiones con el fin de revertir y de hacer la guerra contra la pobreza vital de la civilización europea, misma que condena al aislamiento de los seres por su marcado individualismo y por los constreñimientos de su civilidad. Así, puede leerse en La conjuration
sacrée:

El mundo al que hemos pertenecido no ofrece nada para amar además de cada insuficiencia individual: su existencia se limita a la comodidad. Un mundo que no puede ser amado hasta morir […] si se compara con los mundos desaparecidos, resulta odioso y se muestra como el más fallido de todos. En los mundos desaparecidos fue posible perderse en el éxtasis, lo cual es imposible en el mundo de la vulgaridad instruida.[1]

La alusión al éxtasis en las civilizaciones antiguas fue un tema que atravesó de principio a fin la obra de Bataille. De ello da cuenta su curiosidad por aquellas expresiones que muestran la obscenidad del falo, de la vulva y de los senos en el arte parietal y en las venus del auriñaciense. También su obsesión por los rituales sangrientos del México precolombino, por el despilfarro manifiesto en la institución del potlatch de los indios de Norteamérica, o por el culto a Dionisos que Friedrich Nietzsche profesaba. Todo ello subraya la baja intensidad y la cobardía que subyacen al mundo occidental, incluyendo su arte. La civilización ha errado al atenuar el ritmo de la vida animal, al traicionar a un cuerpo que fundamentalmente es anhelo de amor y de crueldad.

Criticando la metafísica que permea el teatro occidental y que le subordina a la idea y al texto, también Artaud dio numerosas muestras de reacción contra la civilidad europea. Aunque su obra orbita alrededor de una expresión más focalizada que la de Bataille (para quien toda expresión de la cultura y de la sociedad era digna de tomarse en cuenta), los alcances de su crítica al teatro europeo son afines a los que Bataille hace de la economía, la religión y el arte, sobre todo en lo concerniente a su lánguida vitalidad generada por la intermediación de la moral y del intelecto.

Por ello Artaud pretendía insuflarle al teatro la exaltación violenta, el sacudimiento profundo de las emociones de sus participantes, de manera que éstos fueran conducidos hasta la pérdida de su identidad, hasta la purificación que la proliferación de los ánimos encendidos produce:

Toda auténtica manifestación cultural se sustenta en los elementos originales que constituyen el totemismo. Hacia esa vitalidad incontaminada yo expreso mi admiración. Lo que hace que ignoremos el sentido de la cultura es el concepto que los occidentales tenemos del arte y del beneficio que de ello se obtiene…

La auténtica cultura se expresa en el arrebato de su pasión y en el vigor, mientras el ideal europeo exige que el espíritu se escinda de ese vigor pero que contemple el arrebato. Estéril y negligente idea que genera la muerte a corto plazo.[2]

Buscando entonces formas de expresión teatral correspondientes a otras culturas, Artaud logró encontrar este frenesí. Particularmente, se sintió conmovido por el teatro balinés, cuyo empleo de la danza, la música y la máscara, absorbía la totalidad de los sentidos. También consignó su admiración por las culturas indígenas mexicanas, admiración que compartió con Bataille y que lo llevó a emprender su conocido viaje por tierras tarahumaras.

 

Violencia, erotismo y contagio

La furia contenida bajo la superficie de los sentimientos humanos exige a toda costa la puesta en marcha de su liberación. La civilización tiende a enmascarar el trasfondo violento sobre el que se yerguen nuestros actos. Lejos de ser un ejercicio de liberación, en numerosas ocasiones el arte encubre ese fondo terrible que se mantiene latente en nuestras inclinaciones. Lo sublime no es la depuración de nuestros instintos, sino esa frontera imprecisa entre lo terrible y la belleza que les concede una misma naturaleza y que sólo les distingue en grado.

Bataille habría hecho de su interpretación del sacrificio el medio para encumbrar nuestra vocación por la muerte, que es la manifestación privilegiada de la violencia. Siguiendo a Alexandre Kojève, encontró en la muerte, o mejor, en la representación que los hombres nos hacemos de ella, el paroxismo de la conciencia, la más exaltada forma de la facultad humana para representarse lo posible, lo que le pone ante los ojos la presencia de una ausencia; ello hace de la muerte el signo primigenio de la conciencia humana.

Adicionalmente, la muerte refleja el infortunio de encontrarse a sí mismo separado del resto de cosas, de ser discontinuo al mundo, de percibir la futilidad de un destino. El temor que ella nos infunde revela la precariedad inherente a nuestro aislamiento en tanto que seres individuales.

Si le tememos a la violencia es porque nos recuerda la fragilidad a que nos apegamos. Al llegar el fin de nuestros días y de nuestras horas, nuestro cuerpo queda nuevamente disuelto en la totalidad amorfa de la que hemos surgido y a la que somos renuentes. Por ello, mientras nos apegamos a nosotros mismos, estamos separados del resto. La verdadera comunicación sólo acontece entonces en la vibración íntima con el entorno al que estamos expuestos. Nos vinculamos y nos contagiamos de ello en la medida en que se ejerce violencia sobre las fronteras que contienen nuestra supuesta identidad e incidimos recíprocamente unos en otros.

La muerte, y más aún, el sacrificio, por lo común tienden un puente que les identifica con la expresión más fehaciente de la vitalidad: el erotismo. Lejos de pretender una separación entre Eros y Tánatos, lejos de reducirlos a pulsiones antagónicas, como lo habría procurado el psicoanálisis, Bataille enfatiza la necesidad de su unión profunda. El impulso erótico no es sino el deseo de fundirse con el otro, de borrar hasta el exceso los contornos de los amantes cuyo abrazo diluye el comienzo y el fin de sus fronteras.

El altar sacrificial o la alcoba son los escenarios en que se lleva a cabo la fusión de los seres. Matar siguiendo rituales propicios, según la costumbre que sostuvieron durante siglos numerosos pueblos, es para Bataille la conmoción más encumbrada a que puede llegar un ser humano que se ve a sí mismo morir en el otro. Pues, como Gilgamesh ante el cuerpo inerte de Enkidu, sólo podemos asistir a la muerte del otro y sólo ella tiene la facultad de revelarnos nuestra propia extinción que en sí misma nos estará por siempre velada puesto que, cuando morimos, ya no somos.

GEORGE BATAILLE

La proximidad de la muerte arrastra hacia un temblor vertiginoso a todo aquel que la experimenta. El contagio de la violencia es, como el de la risa o el de la excitación sexual, signo de la comunicación inherente a los seres que se aproximan. Más que la palabra, es el pulso frenético lo que vincula verdaderamente a los humanos. Semejante a la llama que arrasa y que contagia todo lo que toca, la violencia y el erotismo suponen el exceso exuberante que pasa de un ser a otro forzando la quimérica conservación de sus individualidades. De cierta forma, esta comunicación reside en la base de todo signo. Sacrificar significa desplazar la inconmovible presencia de nuestra muerte por la de otro cuya extinción presenciamos. Bataille insistió siempre en la comunidad de la víctima y del sacrificante, la cual los llevaba a una identificación plena, y en esa identificación puede encontrarse el origen de la dramatización, de la intimidad que, más allá de la empatía, funde las emociones de los seres y les hace partícipes del temblor vertiginoso que los expulsa de sí mismos.

 

Dramatización

Si bien el deliberado tono con que Bataille y Artaud expresan su voluntad de violencia y de frenesí extático muestra sus coincidencias, éstas encuentran vasos comunicantes aún más íntimos, sobre todo en lo que concierne a la dramatización y al contagio a que inducen.

En El teatro y la peste, Artaud procura descifrar los motivos espirituales de la peste, una enfermedad atravesada por el paroxismo y por el desencadenamiento de las pasiones más virulentas, epidemia que trastoca el orden social y que empuja a los involucrados a la pérdida de sus límites: hombres que profanan cadáveres infestados, asesinatos, paseos extraviados por los cementerios, liberación de los instintos sexuales, en síntesis, una enfermedad que prescribe la violencia y la locura como una suerte de purificación devastadora, similar al fuego que reduce a cenizas los cuerpos de los apestados.

Toda esa frenética descripción tiene en Artaud el propósito de ilustrar el movimiento al que obedece (o al que debería obedecer) el teatro en la vida. Al igual que la violencia y que la muerte del otro en los gestos sacrificiales en Bataille, también el teatro nace de la inclinación humana a derribar la cordura y el límite de los seres: “[…] carece de sentido precisar las razones de un delirio con tal capacidad de contagio […] Importa, sobre todo, determinar que, de la misma manera que la plaga, el teatro es un mero delirio, delirio que se contagia con extrema facilidad”.[3] Y más adelante: “[…] la peste captura y utiliza imágenes en reposo, un caos en latencia, y las dinamiza bruscamente metamorfoseándolas en gestos mucho más extremos, y el teatro […] atrapa gestos llevándolos al paroxismo. Al igual que la peste, rearticula la ligazón entre lo que es y lo que no es”.[4]

Esta nueva articulación de lo que es y no es, este delirio que difumina las paredes que mantienen la identidad de los seres, juega el papel de la comunicación de la violencia en Bataille. Pudiera parecernos que Artaud, teniendo como objeto de sus especulaciones el teatro, aborda un problema más específico de la violencia, pero lo cierto es que el núcleo de sus especulaciones no sólo es afín a las de Bataille, sino que tocan el elemento esencial de su teoría de sacrificio: la dramatización y el simulacro le son fundamentales a la conciencia humana. Principalmente en aquello que concierne a la disolución de los límites que la cultura impone por intermediación del mal y de la violencia o, en palabras de Artaud, de la crueldad: “[…] el teatro, en esencia, se emparenta con la peste, no ya por el hecho de ser contagioso, sino porque, como ella, sería la revelación y manifestación latentes de un contenido de crueldad latente. Por medio de él se perciben, sea en un individuo o en un pueblo, las cuantiosas posibilidades de perversión del espíritu”.[5]

Sea el sacrificio o el teatro el punto de ebullición de los desórdenes que contravienen el mundo apacible de la moral, ambos revelan una ontología de la violencia. Son, por otra parte, intercambiables: el teatro constituye la dramatización del sacrificio, así como el sacrificio constituye una puesta en escena: ambos invocan la muerte y sus efectos devastadores. Si la escritura y el pensamiento alcanzan el grado de parodia, en el que no hay una identidad de los seres, el objeto de sus especulaciones es reversible. No pretenden fijar un sistema, sino apuntar a su imposibilidad al carácter absoluto de la apariencia que no fija identidades perdurables. En este sentido, cualquier objeto puede servir para comprender, o mejor, para revelar el aspecto atroz de la realidad. En el fondo, lo que ambos indican es la necesaria pérdida de los límites que nos contienen y que se diluyen en el movimiento del mundo o, remitiéndolo aquí a la precariedad de la condición humana en la recurrente búsqueda por contagiar la violencia donde los seres se funden unos en otros.

 

La metáfora solar

Las coincidencias entre Bataille y Artaud no únicamente resultan de su predilección por los efectos catastróficos del contagio, sino que ciertas imágenes comunes figuran en sus escrituras en consonancia con el arquetipo que parece derivar de ellas. Me referiré a una: la figura del Sol, cuya incandescencia prodiga la vida y también ejerce el contagio del calor que hace arder la piel.

MANUSCRITO Y AUTORETRATO DE ARTAUD (ENTRE 1943 Y 1948)

Podemos afirmar que una obsesión solar acampa en el espíritu de ambos por un motivo común: el Sol es fuente de prodigalidad y su derroche de energía lo vincula con el sacrificio y con el delirio. Una prueba de ello consistiría en que para ambos la imagen solar está asociada al ritual y más específicamente, a un motivo cultural que los sedujo: a los ritos indígenas mexicanos. México se les ofrece como el país solar por excelencia. Uno, encontrando en los testimonios de los antiguos cronistas la descripción de cultos que imitarían el exceso de energía que el Sol representa, y el otro, deseando experimentar en carne propia esos cultos.

Quizá, a diferencia de Bataille, que al fundar la sociedad Acéphalo había pretendido reintroducir el mundo del rito en el corazón de Francia, Artaud busca en México un extravío que le ayude, no a entrar en un mundo nuevo, sino a salir del mundo falso.[6] En todo caso, uno y otro le hacen la guerra al mundo de los estados normales que procura la apacible vida occidental y ven en la cultura indígena mexicana elementos para su encomienda feroz.

Así, en una carta fechada el 10 de julio de 1936 y dirigida a Jean Louis Barrault, Artaud habría escrito que el propósito de su viaje a México era “encontrar y resucitar los vestigios de la antigua cultura Solar”. Sin demorarme aquí en las vicisitudes de ese viaje, lo cierto es que éste tocó profundamente las fibras más sensibles de Artaud, lo que quizá prepararía su locura. Más de diez años después, Artaud escribe un poema inspirado en un ritual tarahumara que habría tenido la oportunidad de presenciar en septiembre de 1936, dos días antes de presenciar también el rito del peyote. El poema es acaso el último que escribió sobre el México indígena y gira alrededor del ritual del Tutuguri (que, literalmente, significa “canto del búho”), dirigido al Sol: “Dedicado a la gloria externa del Sol, Tutuguri es un rito negro./El rito de la noche negra y de la muerte eterna del Sol./No, el Sol no regresará”.[7]

Todo el poema pretende ilustrar la pulsión de muerte a que está entregado el Sol con su fuente inagotable de luz y de calor, la entrega de sí mismo que ilustra quizá la propia vocación de autodestrucción en Artaud. El Sol contiene la paradoja de una luminosidad que, al extender sus rayos, ofrece un don de sí, muriendo perennemente, en un agotamiento inacabable que ilustra la contradicción innata a la vida: su simbiosis con la muerte.

Menos expresivo que Artaud, pero con mayor facultad de análisis, Bataille había escrito en 1930 su penúltima colaboración para la revista Critique, titulada “La mutilation sacrificielle et l’oreille coupée de Vincent Van Gogh”,[8] donde presenta dos casos clínicos de pacientes psiquiátricos que habrían practicado la mutilación de sus extremidades. Uno de ellos, el de un joven pintor que en 1924, ante el cementerio de Père Lachaise, había escuchado una imperativa voz, proveniente del Sol, que le ordenaba arrancarse la mano. El otro, el de una mujer recluida en el psiquiátrico que se había arrancado el ojo izquierdo obedeciendo a la voz de un hombre de fuego (en el que Bataille ve el Sol).

En ambos casos la mutilación obedecía al ejemplo, expresado mediante voces, de la luz solar. A partir de ellos, Bataille asocia la mutilación de la oreja de Van Gogh con el Sol, que aparece prolijamente en su pintura, llena de girasoles (soles terrestres), del azul del cielo diurno y de la luz solar. La gloria se expresa como el don de sí, cuyo punto culminante ocurre con el derramamiento de la propia sangre en el acto de la mutilación. Semejante a los rayos solares que fluyen sobre la superficie de la tierra, la herida que mana hace un ofrecimiento en el que se consuma la sobreabundancia de la vida. El sacrificio es así la imagen terrena del acto de esparcir la vida (y con ella esparce también la muerte inagotable) en todo aquello que toca:

Las relaciones entre esta pintura […] y un ideal en el que el Sol es la forma más fulgurante, parecen así análogas a aquellas que los hombres mantuvieron con los dioses, al menos cuando éstos les provocaban aún estupor. La mutilación intervendría normalmente en estas relaciones como un sacrificio: ella representa la intención de asemejarse perfectamente a un término ideal caracterizado generalmente, en la mitología, como el dios solar, por el desgarramiento y el arrancamiento de sus propias partes.[9]

No es casual entonces la admiración que ambos profesaron hacia la figura y hacia la obra de Van Gogh.[10] Atraídos por el delirio sacrificial del pintor holandés, vieron en él un ejemplo de lo que sus respectivas obras procuraban. Pero lo que demuestra plenamente que Artaud coincidiría con Bataille en su fascinación por el Sol, y en lo que éste podría significar, no sólo estriba en la recurrencia con que al referirse a los ritos tarahumaras alude al Sol como protagonista, sino en la manera en que describe el momento exacto en que sintió penetrar e iniciarse en el rito del peyote, donde simultáneamente nos habla de una herida y de su luminiscencia:

Fue un domingo por la mañana que el viejo jefe indio me abrió la conciencia de una cuchillada entre el bazo y el corazón: “Tenga confianza —me dijo—, no tenga miedo, no le haré mal alguno”, y retrocedió rápidamente tres o cuatro pasos, y después de trazar un círculo con la espada en el aire, a la altura de mi muslo y por detrás, se precipitó contra mí con toda su fuerza, como si quisiera aniquilarme. Pero la punta de la espada apenas me rasgó la piel e hizo brotar una pequeña gota de sangre. No sentí dolor alguno, aunque tuve la impresión de despertarme a algo, a lo que hasta ese momento yo era un mal nacido, y hacia lo que había sido orientado por el lado equívoco, y me sentí inundado por una luz que jamás había poseído.[11]

ARTE RUPESTRE TARAHUMARA, REPRESENTACIÓN DEL RITUAL DEL PEYOTE EN LA “CUEVA DE LAS MONAS”, CHIHUAHUA-MÉXICO (S. XVIII)

Para Bataille y para Artaud, el Sol ama a la noche al hundirse en su ocaso. La irradiación de la vida es el agotamiento, en cuyo declive y en cuyo movimiento es también muerte: la plétora lumínica en que se extingue al arder. Bataille no alcanzó el grado de locura suficiente como para verse extinguir en el abrasamiento que anhelaba. Artaud, sin embargo, fue el testimonio mismo de su obra, pues “así como el Sol Negro del Tutuguri tarahumara solicita la noche para brillar, así Artaud buscará <santamente>, cada vez más lúcido, la noche de la razón para iluminarse”.[12]

 

Bibliografía

  1. Artaud, Antonin, Viaje al país de los taraumaras, FCE, México, 1984.
  2. ______, El teatro y su doble, Tomo, México, 2009.
  3. Bataille, Georges, Œuvres complètes, t. I, Gallimard, Paris, 1970.

 

Notas

[1] Bataille, George, La conjuration sacrée, O.C, t. I, ed. cit., p. 443.
[2] Artaud, El teatro y su doble, Tomo, México, 2009, p. 10.
[3]Ibid., p. 26.
[4]Ibid., p. 27.
[5]Ibid., p. 29.
[6]Artaud, Viaje al país de los Tarahumaras, ed. cit., p. 343.
[7]Ibid., p. 354.
[8]Cfr. Bataille, Óp. cit., pp. 258-270.
[9]Ibid., pp. 262-263.
[10] Bataille escribió en 1930 el ensayo citado. Artaud escribió en 1947 Van Gogh, le suicidé de la société, en el que deja ver no sólo su admiración, sino su identificación con el pintor, cuya locura concibe como una expresión de lucidez.
[11]Artaud, Óp. cit., p. 305.
[12] Schneider, Luis Mario, “Artaud y México”, en Artaud, Óp. cit., p. 93.