Revista de filosofía

La metaforología como modo de acceso al mundo

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Resumen

En Blumenberg encontramos que la verdad no existe. En su lugar tenemos metáforas de la verdad, la metaforología; metáforas cambiantes dependientes del paradigma que se observe y predomine en un tiempo determinado. Así, el entendimiento se limita por el ser y sus circunstancias. La filosofía, más que verdades, mantiene una presencia interrogante de la realidad. Mientras que la labor del ser es desnudar a la realidad misma para llegar a su entendimiento, el lenguaje busca expresar las descripciones de la realidad, mas nunca la verdad. De modo que las metáforas serán un intento del hombre para comprenderse a sí mismo y a la realidad que le rodea. De esta forma, la metaforología sería una nueva forma de interpretar la realidad y el mundo.

Palabras clave: Blumenberg, metaforología, conocimiento, lenguaje, verdad, metáforas.

 

Abstract 

In Blumenberg we find that the truth does not exist. Instead, we have metaphors of the truth, metaphorology; changing paradigm-dependent metaphors that are observed and predominate in a given time. Thus, the understanding is limited by the being and its circumstances. Philosophy, more than truths, maintains a questioning presence of reality. While it is the task of the being to undress reality itself in order to reach its understanding, language seeks to express the descriptions of reality, but never the true. Therefore, metaphors will be an attempt from man to understand himself and the reality that surrounds him. Hence, metaphorology would be a new way of interpreting reality and the world.

Keywords: Blumenberg, metaphorology, knowledge, language, truth, metaphors.

 

El presente escrito tiene como objetivo exponer la propuesta de Hans Blumenberg de paradigmas para una metaforología, mostrando las implicaciones que tiene en la filosofía, principalmente en aquella enfocada en el lenguaje. De manera similar, se abordará el tema de la “metáfora de la verdad desnuda”, ya que en ella se pone de relieve la crítica que realiza este autor alemán a la tradición metafísica y moderna.

Blumenberg es un pensador cuya obra filosófica desgraciadamente ha sido menospreciada en el mundo hispano, ya que se cuentan con pocas obras traducidas del autor, cuyo pensamiento se alza sobre el de sus contemporáneos al abordar una serie de temas que poseen una relevancia capital en la tradición filosófica de occidente. En Blumenberg encontramos algo muy particular: no existe algo como la Verdad. Lo que existen son metáforas que en un momento determinado cumplen con el papel de esta.

El problema que Hans Blumenberg localiza en la tradición filosófica occidental, sobre todo en la moderna, es el planteamiento de la posesión de la verdad: la verdad se puede poseer y de hecho es necesario poseerla debido a todas las implicaciones que ello conlleva. Al ser poseída, se debe mostrar a todos, es decir, se tiene que desnudar a los hombres para mostrase tal cual es, sin ropajes ni situaciones que la velen u oculten; es algo que debe obtenerse a como dé lugar, ir por ella es lo que busca y en lo que debe centrarse toda filosofía. Por otra parte, la verdad, como fin último de toda metafísica o epistemología, no es más que algo inexsitente, ya que no existe tal cosa como “La Verdad”, sólo metáforas de ella, tal y como habíamos sostenido anteriormente.

HANS BLUMENBERG

Lo anterior tiene ciertas implicaciones que ahora mostraremos. En primera instancia, la postura de Blumenberg con respecto a la concepción de una sola y única verdad, sería de negación. El filósofo alemán es claro en su pensamiento: la verdad universal o absoluta no es inaccesible por el simple hecho de que no existe una cosa tal. Si no puede haber una verdad absoluta, entonces, ¿qué queda? La respuesta es sencilla: una metaforología, de tal manera que a esta le corresponden paradigmas.

Lo esencial de este planteamiento es que se postula “una” metaforología a la que le corresponden paradigmas, esto es, no existe algo tal como una metáfora absoluta, sino que existen múltiples de ellas, las cuales van cambiando por diversos factores, ya sean históricos o culturales. Asimismo no se puede hablar de un único paradigma, ya que ello implicaría una forma de definir las metáforas conforme a un estándar determinado, el cual serviría como canon único. Jorge Peréz de Tuleda Velasco lo expresa con mayor claridad al referirse a la propuesta de Hans Blumenberg: “Una metaforología, pues, no la metaforología; y, para ella, paradigmas, no el único e impensable paradigma; aplicación al subsuelo metafórico, imaginal de un logos del que tampoco cabe esperar ya más resultados que los que la propia metaforología se avenga a asignar a semejante instrumento inficionado de retórica”.[1]

Ahora bien, sólo es posible hablar sobre las metáforas absolutas teniendo en cuenta el hecho de que no sólo lo son en un momento determinado; son absolutas por cierto tiempo, ya que ellas traslucen, para aquel ojo adiestrado históricamente, “las certezas, las conjeturas, las valoraciones fundamentales y sustentadoras que regulan actitudes, expectativas y omisiones, aspiraciones e ilusiones, intereses e indiferencias de una época”.[2] Las metáforas son absolutas por un tiempo determinado, porque posteriormente se verán socavadas. El problema es que muchas veces, la época no es plenamente consciente de que está ante una metáfora que dejará de tener vigencia.

Así, Blumenberg no hace otra cosa más que mostrar y sugerir una superación a la creencia de que se debe alcanzar la verdad a como dé lugar, ya que “La verdad como aspiración suprema, como sumo bien que en nuestra tradición se identifica en última instancia con la divinidad está ya, como argumento, muerta”.[3] El aspecto histórico no puede ser vedado de ninguna metáfora de la verdad que se eleve como tal, ya que toda verdad no es más que una metáfora en sí, que surge en un tiempo determinado.

En Heidegger podríamos localizar, a mi parecer, una situación análoga en lo respectivo al tiempo histórico de la verdad. El maestro de la selva negra ya había postulado en Ser y Tiempo que el Dasein, aquel ente que en cada caso somos nosotros, se encuentra arrojado y en estado de yecto; un ente que puede preguntar porque comprende. La comprensión está ligada a la facticidad, el preguntar a la ontología. Ahora bien, el Dasein no sólo comprende, sino también interpreta. Esta interpretación que lleva acabo se da en un horizonte de posibilidades, el cual es limitado por la temporalidad. En este sentido, la comprensión del mundo que tiene el hombre, se ve limitada por la temporalidad a la que está sujeto y de la que no puede escapar. Todo acto, comprensión o manifestación del hombre se ve limitada por la temporalidad, lo que implica que cada momento de la temporalidad posee una dignidad propia, la cual se transforma merced a la corriente temporal a la que se halla sujeto. Así, la comprensión que el hombre tiene del mundo se modifica gracias a la temporalidad, por lo que todo intento que pretenda establecer una forma única de mirar el mundo, de comprenderlo, de adjudicarle una verdad totalizadora es simplemente vacío e inútil, puesto que no es posible hablar de una comprensión o verdad que sea válida para todas las épocas.

MARTIN HEIDEGGER

Ante lo anterior, algunos argüirían que entonces qué sucede con la verdad divina, la cual es inmutable. La respuesta posible sería que si en verdad es inmutable, entonces también en inalcanzable, al menos para el hombre. Una verdad absoluta, a su vez, iría en contra de toda aquella filosofía que se precie de serlo, ya que la filosofía, más que respuestas verdaderas, busca y anhela preguntas. Es el preguntar inacabado, que a cada momento se construye, lo que es de sumo interés para la filosofía. Así mismo, este preguntar es esencial para el hombre, pues el hombre es “[…] un ser inquieto, dubitativo, emprendedor y hambriento, curioso y angustiado, el único animal que desconfía y anda haciendo planes para alcanzar una felicidad que se le hurta”.[4] El hombre no requiere de algo que le permita saber qué es a cada momento y qué lo orille a la inactividad; tampoco necesita saber el futuro, porque el futuro es por definición lo indeterminado, lo que puede llegar a ser de un modo o de otro.

Ahora bien, uno de los textos de Blumenberg que trata sobre la posesión y el desvelamiento forzoso de la verdad se titula La metafórica de la verdad desnuda. En este texto, el profesor alemán nos muestra claramente como muchas veces la tradición filosófica ha pretendido “desnudar a la verdad” para el bien de la humanidad en general o para el servicio de unos cuantos iniciados. La verdad se debe de desnudar, porque ella misma no se muestra tal como es, sino que es tarea del hombre despojarla de todos sus atributos o vestimentas para de este modo poder presentarla y conocerla plenamente.

El desnudamiento de la verdad por parte del sujeto de conocimiento es una clara muestra de la pretensión moderna antropocentrista que ubica al hombre como aquella entidad que es capaz de poseer el conocimiento y develar su esencia última. A mi parecer, esta es la posición más clara de un subjetivismo que estuvo tan de boga en la ilustración y la modernidad. Así, “En la era moderna, el discurso de la verdad desnuda, fue primariamente una forma burguesa de discurso contra el mundo de guardarropía de la nobleza y del clero”.[5] La filosofía de la modernidad incluso desconfía del lenguaje mismo, ya que se le toma, en palabras de Blumenberg, como un vestido de la verdad y es por ello que en la modernidad se “[…] renuncia a toda reserva con respecto a la verdad”.[6]

Lo que Blumenberg abogaría es que esta idea de desnudar a la verdad (o dejarla en todo su esplendor o poder, como lo expone en La metáfora de la poderosa verdad) es simplemente una metáfora que “[…] pertenece a la auto-conciencia de la razón ilustrada y a su pretensión de dominio”.[7] La verdad no requiere de ser despejada, desnudada o dejada en su esplendor, porque ello no le corresponde. La verdad no se oculta o desoculta, simplemente la metáfora correspondiente le da ese valor. De este modo, la postulación de una filosofía del lenguaje (o cualquier filosofía) que tenga como fin encontrar un lenguaje último y preciso, que permita acceder a la verdad de las cosas, es algo irrisorio y está lejos de ser realizable. No hay un lenguaje propio que dicte la verdad. La tarea del filósofo no sería entonces otra más que la de proponer una metaforología específica, la cual no debe aspirar a ser tomada como la única e imperecedera. Incluso ni el Wittgenstein del Tractatus Logico-philosophicus propone un lenguaje que sirva para acceder a la verdad, ya que para él, el lenguaje tiene la tarea de describir “estados de cosas”, no la verdad de estos “estados de cosas”. Se describe el mundo, no su verdad, la cual pasa a ser una falsa pretensión metafísica.

LUDWIG WITTGENSTEIN

Es posible que en contra de Blumenberg alguien arguya cierto relativismo, al negar éste la inexistencia de una verdad universal y absoluta que sea válida sin importar el transcurso propio del tiempo. Ante réplicas de este tipo podemos argumentar que nada puede resultar más ajeno. Lo que Blumenberg diría es que simplemente no se trata de encontrar la verdad absoluta, sino simplemente postular, desde un contexto histórico determinado, ciertos tipos de metáforas que permitan al hombre comprenderse a sí y al mundo en el que se encuentra habitando. La verdad absoluta es algo totalmente inalcanzable por la sencilla razón de que no existe, sólo a través de la metáfora. Blumenberg lo explica con una sagacidad envidiable: “[…] que la verdad, pensada como hipotéticamente alcanzable, pueda en efecto constituir o no la felicidad del hombre, o completarla, ésta vuelve a ser una cuestión teóricamente indecible, inútilmente planteada, que está obligada a no encontrar respuesta sino por los caminos de la metáfora”.[8] No se trata de encontrar una verdad como la que desea la tradición, lo que no quiere decir que caiga en el relativismo de los sofistas o de los escépticos, ya que la verdad vista desde el punto de vista temporal no es algo del todo negativo o que vede al mundo de alguna verdad determinada que sirva para sustentar lo que acaece en cierto momento.

Blumenberg aboga por una nueva forma de filosofar y pensar, en la que las barreras impuestas por toda una tradición metafísica sean al menos superadas. Superar no significa erradicar, sino abolir todo aquello que sirva como fundamento a nociones abstractas y sistemas de dominación. Lejos se está de las nociones metafísicas propias del pensamiento filosófico tradicional, que requieren una verdad absoluta para dar sentido a sus afirmaciones, ya que ello se ha superado.

La metáfora, y así, la metaforología, sería una nueva forma de interpretar la realidad y el mundo, la cual no pretende ser única e inviolable, alejada del torrente temporal y de los cambios culturales y humanos. La metaforología ofrece así una comprensión más precisa de cada forma de pensamiento la cual se desarrolla en diferentes locaciones y tiempos y que sirve a los hombres para interpretar y actuar en un contexto específico. De este modo, se ofrece un entendimiento de todo aquello que sucede y que afecta nuestro contexto actual. En la obra del profesor Blumenberg “[…] se ha planteado una posibilidad, la de refundar la investigación metafísica”.[9]

 

Bibliografía

  1. Blumenberg, Hans, Paradigmas para una metaforología, Trotta, Madrid, 2003.
  2. Heidegger, Martin, Ser y Tiempo, Trotta, Madrid, 2004.
  3. Wittgenstein, Ludwig, Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza, Madrid, 1978.

 

Notas

[1] Blumenberg, Hans, Paradigmas para una metaforología, ed. cit., p. 26.

[2] Blumemberg, Op. Cit., p. 24.

[3] Ibid., p. 31.

[4] Ibid., p. 33.

[5] Ibid., p. 109.

[6] Ibid., p. 116.

[7] Ibid., p. 117.

[8] Ibid., p. 113.

[9] Ibid., p. 16.