Revista de filosofía

“La fascinación del deporte: cuerpo, práctica, juego y espectáculo”

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Galan Velez, Francisco Vicente (Coord.), La fascinación del deporte: cuerpo, práctica, juego y espectáculo, Navarra, 2019.

 

Recuerdo que cuando era niño, el juego fue fundamental para poder sobrevivir. Lo recordé vivamente cuando leí las páginas de este libro: La Fascinación del deporte, Cuerpo, Práctica, Juego y Espectáculo, coordinado por mi querido amigo Paco Galán.

Déjenme decirles que recordar es un acto de humildad, es reconocer lo que se anidó en el corazón, por eso recordar viene del latín re-cordis que tiene su base en re que significa volver y cordis, corazón. “Recordar es volver al corazón”. ¿No es cierto que recordamos con el corazón?

Cuando volví a mi corazón me vi jugando, es decir, pude imaginar a mi niño interno a la edad de 8 años, jugando en las calles, en el parque de mi casa, con amigos de mi edad, desordenados, sucios de tanta tierra, tierra de arraigo, tierra natal. Volví a mi corazón y sé que una parte de mi quedó transida de esos espacios en los que sé que fui infinitamente feliz. El juego proporcionaba un abundante bienestar y no se trataba de toda esa química de la felicidad compuesta por endorfinas, serotonina, dopamina y exitocina.

Sólo eran unos cuantos minutos en los que el mundo era una invención, magia, alquimia, sueños, pues jugábamos con la imaginación y todo lo que nos rodeaba se coloreaba con los colores de nuestra invención. Una piedra era el castillo de Elsinore o una isla solitaria donde podíamos ir todos los piratas a refugiarnos, como en El Faro del fin del mundo; un sillón volteado era una cueva que nos abría paso al centro de la tierra, o a una aventura en el Nautilius y hacer el recorrido de las veinte mil leguas de viaje submarino. Cuando no teníamos cómplices, venían entonces esos juguetes que, supongo, ya nadie o muy pocos usan: “el trompo”, “el yoyo”, “las canicas”, o juegos que requerían de mayor destreza como “el tacón”, la raya, y otras veces las famosas “escondidillas”, y “el uno, dos, tres, por todos mis compañeros” y tantos otros. Jugar era crear un estruendo, es el alboroto y la tosquedad de los niños y niñas que brincan, se atosigan, corren disparados en todas direcciones y también, por qué no, se pelean.

Heidegger señala que la manera en que somos seres en el mundo es mediante la manipulación del útil, y no le falta razón porque antes de saber de los objetos como objetos, las cosas sólo son para algo para y su utilización es el juego de la vida. No hay otra manera de habitar el mundo más que explorando cosas, pequeñas cosas, susceptibles de llevarse a la boca, de saborearlas, incluso tragárnoslas. Este mundo, si lo viéramos detenidamente, nos haría ver que el juego nos permite habitar la tierra natal, la que nos da arraigo y nombre: mirando, tocando, gustando, escuchando, repitiendo… Todavía recuerdo a mi madre cuando me contaba el cuento del “Gato con los pies de trapo y sus ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?” Y yo, incansable, le decía sí 10, 15, 50, 100 veces, hasta que ella cansada del juego terminaba por hacerme cosquillas para que olvidara al “Gato con los pies de trapo”.

Al mismo tiempo, según la edad, empezamos a jugar al futbol, al beisbol, tochito, y en la escuela, aunque pequeños, estaba el basquet ball, y el hand ball, frontón con la mano y con la raqueta. Me gustaba el basquet ball, pero siempre fui pequeño, así que encestaba, pero desde lejos.

Recuerdo también que me gustaba el ciclismo, pero nunca hice ese deporte. Lo que hice fue montar en una motocicleta, me fui a la Marquesa y empecé una pequeña aventura de Moto Croos a mis 16 años. No sé cómo no me rompí la cara, supongo que es cierto eso que dicen: que uno tiene ángeles guardianes, de otra manera no me lo explico. Igual a los 18 hice excursionismo y más tarde cerca de los 25 practiqué montañismo. Los silencios de montaña, que emoción tan conturbada, el silencio…, era tan grande que parecía hablar en susurros. Los lazos de solidaridad, de compañerismo, de mutua responsabilidad, de hermandad, todo eso aprendí en la montaña, a casi 18 mil pies de altura…

Bueno, pero no les voy a contar mi historia, sería harto aburrida, además me invitaron para que hablara de este libro y aunque empecé con mis recuerdos, fue, como lo dije, incitado por el texto, así que por favor perdónenme si he caído bajo el influjo de sus palabras y en este caso Ustedes, los que escribieron este libro, Paco Galán y la Ibero, tienen la culpa por haber editado este libro que, lo digo sin reparos, es un gran libro, un libro mágico, alquímico, de grandes trazos e infinitas miras, porque él nos habla del deporte, del cuerpo, de la práctica, del juego y del espectáculo. Algo mucho más grande que mis pobres recuerdos.

Entonces les diré, que este libro también me recordó, que unos años más tarde y, desde luego, más grande, aprendí que el juego era una cosa muy seria, quizá la más seria de todas las cosas. Cortázar, que era como un Gulliver, escribió que “Nada más riguroso que un juego; los niños respetan las leyes del barrilete o las esquinitas con un ahínco que no ponen en las de la gramática”. Acaso no sepamos que son los barriletes o las esquinitas, pero el contexto nos lo aclara: son juegos, juegos eternos. Guffanti decía que “[…] es sólo en el juego, en la festividad lúdica que el hombre puede comprender el sentido del movimiento del mundo en donde aparece y desaparece todo eso que es infinito”.[1]

El juego es, como se señala en el libro que presentamos, lo enigmático y por eso es tan espectacularmente difícil de conceptualizarlo. En una sociedad del espectáculo, del cansancio y de la transparencia, en una sociedad de control el juego es la algarabía, el rotundo no a la productividad, a la enajenación, a la homogenización de las conductas y a la normalización de la subjetividad, un no al aplanamiento del mundo, y por ello Bataille escribió “Todo lo que va más allá de la verdad común es un juego. Pero sabemos que es un juego, y al vernos comprometidos en ese juego como en una operación seria sólo podemos proseguirla un poco más seriamente que los demás, a fin de liberarla de la seriedad.”[2]

Paco Galán en la magnífica introducción de este libro, también citando a Caillois, nos hace referencia a los cuatro tipos de juegos: Agón (competencia), Alea (suerte), Mimicry (el juego infantil) y Ilinx (juegos de vértigo). Pareciera entonces que todo está ahí, todas las actividades que se suman al juego del deporte están delineadas en la manera de vivenciar nuestra fascinación por el deporte. Y digo nuestra porque estoy persuadido de que difícilmente hay alguien que no tenga al menos una pequeña pasión, desvencijada si se quiere, por un deporte. Me parece que quien no la tiene es por pose, por resultar interesante en medio de la pedantería, por falsear la realidad, o porque sea perdido algo fundamental en la vida. Aunque siempre hay tiempo para rectificar.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO: “LA FASCINACIÓN DEL DEPORTE”

Igual los ensayos de este libro, de una u otra manera aluden a las seis características que analiza Caillois acerca del juego: 1. Libre: el juego es una actividad voluntaria de la que se entra y se sale cuando lo decide el jugador; 2. Separada: el juego siempre está limitado a un tiempo y un espacio fijado de antemano; 3. Incierto porque el resultado del juego no debe conocerse de antemano pues de otra forma se pierde el sentido del juego mismo; 4. Improductiva: no crea bienes ni riquezas ni nada nuevo. 5. Reglamentada: sometida a leyes que instauran un orden inapelable; 6. Ficticia: acompañada de la conciencia de irrealidad o simulación.[3] “El juego tiene su finalidad en la misma esencia del jugar, es su propia finalidad”.[4]

 

Esta promoción a pensar el juego como deporte visto desde la filosofía, un trabajo que Paco Galán lleva a cabo, me recuerda a Eugen Fink, cuando comentó que “La eminente esencialidad del juego –que el entendimiento común no reconoce, porque el juego sólo significa para él la falta de seriedad, inautenticidad, irrealidad y ocio- sí ha sido reconocida siempre por la gran filosofía. Así, por ejemplo, Hegel dice que el juego, en su indiferencia y su mayor ligereza es la seriedad sublime y la única verdadera”.[5]

Por otra parte, en los textos que conforman este libro, se trasluce esa vieja noción batailliana de que el juego es una de las experiencias que con mayor ahínco vinculan al sujeto con el orden de lo sagrado. El juego, sin duda tiene su raíz en la fiesta, y como ambos, cuando se juega o se está en una fiesta lo que hacemos es consagrar ese momento, es decir, hacemos un tiempo y un espacio que son sagrados, un tiempo y un espacio que sale del habitual, de lo común, un tiempo y un espacio que es cordial y por tanto es sagrado en medio de ese tiempo y espacio profano.Cuando jugamos sacralizamos, creamos un ámbito en el que adviene lo sagrado. Nada parece romper con esas coordenadas que atraviesan y dan sentido a nuestras vidas. El juego es una de las experiencias que con mayor ahínco vinculan al sujeto con el orden de lo sagrado.

Les diré por último, que La fascinación por el deporte, abarca toda la red significativa del mismo. El subtítulo: cuerpo, práctica, juego y espectáculo constituye el marco de comprensión de nuestra posición frente al deporte, es decir, todo lo que de una u otra manera se teje en el juego y de este en el deporte: el cuerpo, la práctica, el juego y también el espectáculo en donde mayormente nos colocamos. Francisco V. Galán, escribe una introducción que no tiene pierde, es, para gusto de todos nosotros, una verdadera introducción pues nos mete de lleno en la materia de que se trata y es capaz de interesarnos desde su enorme generosidad, una generosidad que transcrita por alguien que, supongo, ha sido un apasionado de los deportes, pero esencialmente del juego. Después de algunas consideraciones que motivan el movimiento del texto, Paco Galán dibuja las líneas de fuga con las que describe el contenido de los artículos que están en el libro. Lejos de abreviarnos el camino, nos lo descubre, nos lo revela. Y podemos ver cómo es que la estructura está concebida justo como el subtítulo.

Pero lo que más me ha asombrado de este texto imperdible, es la relación que cada uno de los artículos establece con la filosofía. Me queda claro que todos los ahí presentes son filósofos, si no por profesión, sí por vocación. Hay quien escribe del alpinismo y de la mística, deporte cercanísimo a mí y, claro, es un trabajo que me encantó. Pero las alusiones a Aquiles, a Píndaro, o la batalla de Maratón llegando a Bruce Lee y a Nietzsche o a esos eternos caminantes como Kierkegaard, Kant o Schopenhauer, o Freud me seduce; Y qué decir de las artes marciales, y como dice el autor, sus códigos de valores, que pone en juego nuestro mundo y sus vetustos valores…, También la oscilación sobre el Yoga, entre una práctica milenaria y un fitness en una época de consumo feroz y entonces podríamos preguntarnos por: qué es, qué es lo que ha sido, qué puede ser… Y así nos enteramos de que la gimnasia artística no tiene su asiento en el juego sino en la práctica militar porque en lugar de divertirse hay que defenderse…

Hay ensayos que nos seducen más que otros, pero estoy persuadido que es porque ellos nos tocan algo en nuestra subjetividad, nos recuerdan algo, nos producen algo, los amamos por algo. En mi caso diré que todos los ensayos aquí me han seducido por su aporte filosófico, por esa visión de largo alcance que todos tienen. Nunca pensé en el juego como deporte, y mucho menos en el bailarín o en el acróbata, o en establecer evocaciones filosóficas en los pits de la fórmula 1; Hoy, con este libro, me siento complacido por su alcance, por su visión, por lo arriesgado del pensar, porque con estos trabajos, me persuado de aquello que Nietzsche dijo alguna vez: “El filósofo es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera y sueña… cosas extraordinarias”.

 

Notas

[1] Guiffanti, M. (2004). «Il gioco come ipotesi ontológica» Universita degli studio de Milano, Milan, 2004, p. 4. En http://www.noein.net/esperienze/tesi_guffanti.pdf

[2] Bataille, Georges , El No-Saber, Publicado el 04/09/2012, en http://espaciodevenir.com/referencias/filosofia-referencias/el-no-saber/ visto por última vez el 28 de octubre de 2019.

[3] Cfr. Santiago Díaz, Juego, Arte y Belleza. Deleuze y la “Ludosofía” , en A Parte Rei. Revista de Filosofía, mayo de 2011, http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/diaz75.pdf , visto por última vez el 28 de octubre de 2019.

[4] Caillois, Roger, “Teoría de los juegos”, Seix Barral, Barcelona, 1958, en Cañeque, Hilda, Juego y vida, El Ateneo, Buenos Aires, 1991

[5] Fink, E., El oasis de la felicidad. Pensamientos para una ontología del juego, UNAM, México, 1966, p. 23.