Revista de filosofía

Encuadres queer: por una lectura reparadora de “The way we live now”, de Susan Sontag

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Resumen 

La teoría de los encuadres/marcos de Judith Butler ha sido muy discutida, pero pocas son las referencias que establecen un vínculo entre sus estudios previos sobre la teoría queer y la teoría ahora mencionada. Considerando cuán indisociablemente interligados son los dos conceptos —teoría y estructuras queer—, este artículo tiene el objetivo de ofrecer una lectura de “The way we live now”, de Susan Sontag, bajo una mirada que busca enmarcar cómo la vida de los individuos LGBTQ+ —más específicamente los VIH positivo— fue entendida a través de marcos que las describen como vidas peligrosas, inmundas e indignas de duelo. Al exponer cómo funcionan y operan los marcos, también es nuestro objetivo mostrar que el cuento de Sontag practica lo que Eve Sedgwick (2003) llama lectura reparadora, abriendo camino para las investigaciones queer adicionales y continuas. 

Palabras clave: encuadres queer, lectura reparadora, Judith Butler, Susan Sontag, VIH/SIDA, LGBTQ+.

 

Abstract 

Much has been discussed regarding Judith Butler’s theory of frames, yet few are the references which establish a link between her previous studies on queer theory and the aforementioned theory. Considering how inextricably intertwined the two concepts are —queer theory and frames— this article aims to offer a reading of Susan Sontag’s “The way we live now” with an eye to highlighting how lives of LGBTQ+ subjects —HIV-positive ones, more specifically— are understood through frames which depict them as dangerous, filthy and ungrievable lives. By exposing how frames work and operate, it is also our objective to pinpoint that Sontag’s story practises what Eve Sedgwick (2003) calls a reparative reading, thus paving the way for further and continuous queer enquiries.

Keywords: queer frames, reparative reading, Judith Butler, Susan Sontag, VIH/SIDA, LGBTQ+.

 

Hay algo incómodo en los párrafos largos y fragmentados de “The way we live now”, el cuento publicado por Susan Sontag en 1986 en la revista The New Yorker. Siendo una de las intelectuales de referencia en las discusiones literarias y teóricas sobre arte y fotografía, Sontag narra en el referido cuento las relaciones de diferentes sujetos desde que supieron que un amigo común, que no es nombrado, recibe el diagnostico de VIH positivo. ¿Sería posible (re)pensar el VIH y el SIDA[1] fuera de los encuadres, en el sentido propuesto por Butler (2015), que nos informan constantemente que las vidas de las personas que viven con SIDA son menos importantes o incluso vidas que no deberían ser válidas? Concebida como una de las referencias de la literatura sobre la epidemia de SIDA, “The way we live now” ilustra la discusión que aquí es propuesta cuando enfatiza que los encuadres sontagianos dialogan con la propuesta de las lecturas reparadoras de Eve Kosofsky Segdwick (2009) y también tematizan la preocupación política de Judith Butler (2015).

En el inicio de Marcos de guerra Judith Butler afirma que sus escritos ahí enfocan los “[…] modos culturales de regular las disposiciones afectivas y éticas por medio de un encuadre selectivo y diferenciado de la violencia”.[2] Para la teórica estadounidense, conocida por sus contribuciones sobre género, performance y performatividad, es vital que se vuelvan a pensar las condiciones en las cuales algunas vidas son entendidas y calificadas como vidas, mientras otras no podrían ser concebidas como tal “[…] de acuerdo con ciertos encuadres epistemológicos”.[3] Para su argumentación, Butler utiliza la palabra “encuadre”,[4] término que “[…] busca contener, transmitir y determinar lo que es visto (y algunas veces, durante un período, consigue hacer exactamente eso)” y que “[…] depende de las condiciones de reproducibilidad para tener éxito”.[5]

Butler afirma que, pese a que las vidas sean reconocidas como vidas o no a partir de los encuadres a que tenemos acceso, estos no son capaces de contener completamente lo que transmiten y acaban por romperse siempre que buscan totalizar su contenido.[6] En otras palabras, comprender que existe vidas mediadas por encuadres significa ir más allá de los marcos que limitan tal vida en un significado interpretativo. Así, los sujetos, constituidos a través de inteligibilidades normativas, son reconocidos a partir de estas mismas normas que pueden afirmar si su vida es conocible en los marcos que la contienen.

La noción de que algunas vidas son dignas de duelo (grievable, en el original) no es necesariamente una intervención inédita, visto que en diferentes áreas de las ciencias humanas ya se discute, hace décadas, sobre las formas en las que las vidas son comprendidas en sus contextos. Sin embargo, la indignación de Butler —y podríamos afirmar que también el malestar que ella quiere enfatizar— está en que algunas vidas pueden ser perdidas en favor del avance que privilegiará un bien mayor. Rasgos de este discurso son encontrados cotidianamente en diferentes países y se tornan parte de procesos de naturalización de la violencia.

Mientras Butler (2015) discute la violencia contra prisioneros de Guantánamo en parte de su obra, la violencia tratada en este trabajo no es necesariamente la física, pero la íntimamente ligada a las opresiones morales y psicológicas enfrentadas por grupos minoritarios que se identifican, como lesbianas, gays, bisexuales, trans, queer —aquellos incluidos en el acrónimo LGBTQ+. La violencia contra estas minorías es un ejemplo de la urgente necesidad de que se discutan alteridades en ambientes educacionales y que se busque ofrecer oportunidades de visibilidad a los encuadrados por discursos hegemónicos, donde suelen ser descritos como “fuentes de contaminación”, como Sontag sugiere en su clásico estudio El SIDA y sus Metáforas: las raíces de los discursos que construyen dicotomías cómo nosotros/ellos se basan en el concepto de error, “[…] siempre identificado con el no-nosotros, el raro. La persona contaminante que está siempre equivocada […]. El contrario también es verdadero: la persona considerada equivocada es vista, al menos potencialmente, como fuente de contaminación”.[7]

Bourdieu (1998) discute sobre la violencia que comprendemos no sólo como física y abierta, sino también la de orden simbólico que es encontrada “[…] en el ajuste entre las estructuras que componen el habitus del dominado y la estructura de dominación a la cual este se asocia”.[8] Para el sociólogo francés, es en este “ajuste” que aquellos que son dominados interpretan a los dominantes, a través de las categorías ofrecidas por el segundo grupo, reproduciendo, así, los intereses de los dominantes en la producción de sentido. De este modo, entender la violencia simbólica en su íntima relación con la negociación de sentidos es fundamental para que se pueda pensar los encuadres referidos por Butler (2015) como elementos urgentes en las discusiones contemporáneas de la teoría queer: ¿qué entendemos sobre la vida de sujetos LGBTQ+? ¿Sería lo que sabemos sobre estas minorías —y sujetos viviendo con SIDA— efectos de encuadres discursivos que nos ofrecen solamente el lado “contaminador”, como Sontag (2007) afirma?[9]

Es interesante que se piense aquí la relación entre violencia simbólica y encuadres para promover la reflexión que busca renegociar lo que se sabe (y lo que no se sabe) de la construcción de las representaciones de los sujetos que viven con SIDA. Como Sontag apunta, otros discursos fabrican y perpetúan lo que sabemos (o no) sobre estos sujetos, especialmente cuando oímos charlas impulsadas por prejuicios y odio tales como: es “castigo de Dios”, “decadencia moral”, o “venganza de la naturaleza”, las cuales son incluso ratificadas por representantes de segmentos médicos y religiosos, por ejemplo.[10] La violencia surge, por lo tanto, como una forma autorizada de encuadrar a los sujetos que no viven de acuerdo con las expectativas hegemónicas, siendo un juego político expreso sobre cuáles identidades —y, por consiguiente, cuáles vidas— deben o no ser reconocidas como válidas. “Las ideologías políticas autoritarias”, nos informa Sontag, “[…] tienen interés en promover el miedo, como la idea de que alienígenas están listos para asumir el control —y para estas, las enfermedades devienen un banquete”.[11]

En Brasil, la violencia perpetrada contra sujetos LGTBQ+ parece estar subiendo como muestran los datos del Grupo Gay da Bahia —cada 20 horas un sujeto LGBTQ+ muere de forma violenta— pero no hay datos sobre de qué manera la violencia simbólica sigue instalada en la sociedad. Así, si la violencia física surge como un dato inquietante acerca de la realidad social, es urgente subrayar la necesidad de discutir cómo la violencia simbólica se materializa en prácticas de sumisión asociadas a creencias socialmente construidas y tratadas como “expectativas colectivas”[12] —elementos de la crítica a la heternormatividad en la teoría queer. Proponemos en este trabajo la posibilidad de discutir cómo encuadres queer —sobre sujetos LGBTQ+— sirven para afirmar, reiterar y construir representaciones de estas minorías, demostrando la necesidad política de cuestionar las formas en las que estas representaciones son regidas por discursos totalizantes.

Cuando un encuadre queer es propuesto en la lectura de “The way we live now”, la intención no es instalar una negociación de sentidos que deben ser localizados obligatoriamente en textos tratados como queer. Por el contrario, la búsqueda se lleva a cabo para pensar cómo la lectura ofrece un emocionante modo de repensar el texto; y además, interroga cómo los encuadres —del paciente VIH positivo, de los amigos, de las situaciones— permiten que los significantes transborden en sus inversiones y desplazamientos derridianos. En otras palabras, el cuento surge como una forma de cuestionar los encuadres propuestos por discursos hegemónicos, mientras que también parece reivindicar una nueva modalidad de lectura, que Eve Kosofsky Sedgwick (2003) llama “lectura reparadora”.[13] Orientémonos ahora al referido cuento a ser investigado.

Cuando ofrece distintos puntos de vista dentro del cuento, Sontag pone en jaque la premisa de que existe solamente una verdad a ser encontrada dentro del texto. A través de los fragmentos polifónicos, el cuento informa menos sobre el pasado del amigo en común y mucho más acerca de los personajes que repiensan sus relaciones no sólo con el paciente anónimo, sino con todos a su alrededor. Max, Ellen, Greg, Tanya, Orson, Stephen, Jan, Quentin, Paolo, Aileen, Donny, Ursula, Ira, Kate, Nora, Wesley, Xavier, Betsy, Victor, Lewis, Yvonne —todos destacan cómo la condición del amigo en común se vuelve clave para crear tensiones con relación a lo que cada uno piensa sobre el SIDA.

Es importante enmarcar que el círculo de amigos próximos al paciente anónimo no puede ser interpretado simplemente como una red infalible de afectos, justamente porque algunos de estos amigos no consiguen encontrar modos de manejar “la enfermedad” —como algunos personajes definen el SIDA. Entretanto, pensar que estos amigos no sólo llenan el hospital de flores y regalos, sino que se movilizan para cuidar continuamente del amigo en común, es encontrar una lectura que no pretende ser definitiva sobre el SIDA: la búsqueda por apoyar una vida que es entendida en la sociedad como pecaminosa, inútil e innecesaria. La epidemia de SIDA construye su blanco con los sujetos homosexuales, en particular los hombres gays. Así, el SIDA se torna una amenaza para los inocentes que no deben ser punidos por el libertinaje moral de los sujetos que burlan de las reglas.[14]

En La enfermedad y sus metáforas/El SIDA y sus metáforas (2007), Sontag discute sobre cómo el SIDA asumió la posición discursiva previamente atribuida a la sífilis y al cáncer. Aunque las dos enfermedades todavía tengan una enorme fuerza imaginaria, el SIDA se tornó elemento-clave en los discursos conservadores que buscan encuadrar a los sujetos que viven con el SIDA como problemas que deben ser resueltos en la sociedad: “Tal es el poder, la eficacia extraordinaria de la metáfora de la peste: ella permite que una enfermedad sea vista al mismo tiempo como castigo merecido por un grupo de ‘otros’ vulnerables y como enfermedad que potencialmente amenaza a todos”.[15]

SUJETOS CON VIH ENCUADRADOS COMO PROBLEMAS DE LA SOCIEDAD

El discurso que promueve la división entre un “nosotros” y un “ellos” es sostenido por encuadres en los cuales los sujetos que viven con SIDA son vistos como peligrosos y deben ser eliminados. Es a través de los apuntes de Butler (2015) que podemos cuestionar sobre cómo discursos médicos, que deberían impulsar conocimientos acerca de los mitos asociados al SIDA, acaban por perpetuar todavía más los estigmas cuando vislumbran sus propios proyectos orientados: “No podemos reconocer fácilmente la vida fuera de los marcos en los cuales ella es presentada, y estos marcos no solo estructuran la manera por la que pasamos a conocer y a identificar la vida, pero constituyen condiciones que dan soporte a esta misma vida”.[16]

Las palabras de Butler (2015) resaltan cómo nuestras formas de conocer el mundo y sus relaciones con los sistemas de verdad y ignorancia[17] son construidos a través de marcos [encuadres] que no siempre son reconocidos como tales. Es también de esta forma que Butler (2015) propone que el acto de conocer una vida sea puesto en discusión: “No todos los actos de conocer son actos de reconocimiento, aunque no se pueda afirmar lo contrario: una vida debe ser inteligible como una vida, debe ajustarse a ciertas concepciones de lo que es la vida, a fin de tornarse reconocible”.[18]

El acto de reconocimiento implica que se perciba la relación entre la inteligibilidad y la producción de normas, pues es por medio de esta que algunas vidas pueden ser reconocidas como vidas. La producción normativa opera “[…] para tornar a ciertos sujetos personas ‘reconocibles’ y hacer otros más difíciles de reconocer”.[19] En este sentido, según Felipe Demetri, denunciar a los encuadres [marcos] “[…] es denunciar la operación del esquema normativo de la producción de inteligibilidades”.[20] Se debe, por lo tanto, indagar sobre qué formas la cuestión sobre reconocer vidas se torna esencial pensar cómo el encuadre en su esencia es un juego discursivo político —en el caso aquí propuesto, para pensar el SIDA y su representación.

En “The way we live now” la construcción discursiva sobre la condición del SIDA es constantemente cuestionada, de suerte que fomenta la posibilidad de repensar el papel no sólo de los discursos, sino, principalmente, de la interacción insidiosa entre estos y los encuadres. El cambio de palabras entre Kate, Aileen e Hilda demuestra cómo el paciente estaba siendo tratado de manera distinta a los que habían sido internados anteriormente: “[…] people weren’t afraid to visit, it wasn’t like the old days, as Kate pointed out to Aileen, they’re not even segregated in the hospital anymore, as Hilda observed, there’s nothing on the door of his room warning visitors of the posibility of contagion, as there was a few years ago […]”.[21]

Es de esta forma que la lectura del cuento de Sontag deja de seguir una interpretación paranoica donde la búsqueda por sentidos fijos queer sobre identidades, sexualidades y géneros, se hace menor que la comprensión sobre cómo se da la descripción de la situación en el hospital. Señalando que el tratamiento del SIDA había cambiado en el ambiente hospitalario, los personajes ofrecen señales de que el marco que transformo al SIDA un monstruo que amenaza la seguridad ajena, no pudo mantenerse, especialmente al realzar el prejuicio como forma de juzgar la situación.

Ante la posibilidad de finitud, el círculo de amigos busca instaurar formas de asegurarse que continuarían existiendo: “Well, everybody is worried about everybody now, said Betsy, that seems to be the way we live, the way we live now”.[22] Es curioso que el léxico utilizado sobre el SIDA sea justamente el opuesto al esperado. No se habla sobre la muerte, desesperanzas o sufrimiento. Por el contrario, la propia idea de “That seems to be the way we live now” —“La forma como viviremos ahora”— indica una resistencia, una manera de garantizar que la situación retratada no es el fin.

Es en el hueco de la escritura de un cuento sobre la epidemia de SIDA y en la burla con las expectativas de traumas y sufrimiento, que Sontag, ya en 1986, abría la posibilidad de una lectura reparadora, que no buscaba ser final o definitiva, sino centrada en la multiplicidad de posiciones críticas. Eso coincide con la afirmación de Eve Sedgwick de que la esperanza, aunque sea una “cosa traumática” y “fracturada para experimentar”, es una de las energías por las que los lectores reparadores intentan organizar los fragmentos que encuentran.[23] En otras palabras, en una lectura reparadora es necesario abandonar la paranoia, no como un diagnóstico, sino como una forma de conocer el mundo: saber lo que puede acontecer y prepararse para tal; localizar donde están los temas dentro de obras y buscar cómo estos sentidos serán localizados; estar siempre atento para los elementos textuales que buscan borrar algo. La lectura paranoica no es menos importante que la reparadora, sin embargo la segunda busca revelar rasgos afectivos que la primera parece haber dejado de tematizar, en su afán político contemporáneo, dentro de los estudios queer.

La parodia pos-moderna surge como forma de element reparative. Sontag hace parodia de la propia concepción de enfermedad como corrupción de sí,[24] cuando evita la deshumanización como lugar común del SIDA: “I know for me his getting it has quite demystified the disease, said Jan, I don’t feel afraid, spooked, as I did before he became ill, when it was only news about remote acquaintances, whom I never saw again after they became ill”.[25] Lo que se subraya en este pasaje es cómo dentro del propio círculo de amigos, ellos elegían ver otras vidas como distantes y cuya precariedad no les era de interés. Surge, por lo tanto, una indagación entre los amigos sobre cómo ellos mismos interpretaban el SIDA antes y después de aquel momento. Es a partir de la posibilidad de que el amigo anónimo fallezca que ellos pueden repensar sus posiciones y colocar en pauta sus convicciones sobre lo que significa vivir y morir, sobre quién podría o no estar ahí en aquel mismo lugar ocupado por el paciente anónimo.

Aunque la lectura reparadora parece asumir posiciones inocentes con relación al tema, ella surge como una forma de manejo de lo que puede ser considerado el lado feo de la humanidad, e intentar hacer de estos espacios algo no solo político, sino también locales de potencias afectivas —sean ellas buenas o malas. La aproximación de lecturas reparadoras y encuadres en “The way we live now” es una forma de negociar sentidos para experiencias traumáticas en diferentes niveles —social, personal, de identidad, nacional— e intentar poner en discusión el papel de la literatura como formas de textos de fruición tal cual discute Barthes (2006) en El Placer del Texto:

Texto de placer: aquél que contenta, llena, de euforia; aquél que viene de la cultura, no rompe con ella, está pegado a una práctica confortable de lectura. Texto de fruición: aquel que pone en estado de perdida, aquel que incomoda (quizá hasta un cierto enfado), hace titubear las bases históricas, culturales, psicológicas del lector, la consistencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, hace entrar en crisis su relación con el lenguaje.[26]

Al encuadrar a los encuadres,[27] Sontag argumenta que una vida aún está, literalmente, pulsando. Al negarse a tratar de la epidemia del SIDA en los términos preferidos por los medios y la metáfora de la peste,[28] la escritora arma una trampa a los encuadres que invisibilizarían una vida cuya existencia sería (¿es?) negada, acaso no tuviera la presencia de sus amigos para inscribirle en sus historias. Se puede argumentar que la escritura de Sontag en “The way we live now” expone los marcos que buscan contener la vida. “El marco nunca determinó realmente de forma precisa lo que vemos, pensamos, reconocemos y aprendemos” justamente porque “[…] algo rebasa el encuadre que obstaculiza nuestro sentido de realidad; en otras palabras, algo acontece que no se ajusta a nuestra comprensión establecida de las cosas”.[29]

Con la revelación de estos marcos, que nos cuentan que la vida del paciente anónimo no debería ser reconocida, es que entramos al espacio donde Barthes (2006) llama “estado de perdida”, ya que todo lo que sabemos sobre el SIDA es controlado por tales marcos discursivos que operan con nuestras ignorancias en el sentido que Sedgwick (1990) trata en Epistemology of the Closet.

Quizá el elemento-clave para la lectura reparadora de “The way we live now” sea su final, donde no busca encerrar la historia del paciente anónimo en su mejor diálogo con la fragmentación pos-moderna. “I was thinking, Úrsula said to Quentin, that the difference between a story and a painting or photograph is that in a story you can write, He’s still alive. But in a painting or a photo you can’t show ‘still.’ You can just show him being alive. He’s still alive, Stephen said”.[30]

El diálogo entre Úrsula y Stephen asume tonos filosóficos al considerar los modos por los cuales el arte posee un papel en la interpretación de los sujetos. Una pintura, en la opinión de Úrsula, no podría informar a sus apreciadores sobre el objeto pintado como “aún vivo”, ya que, tal como en la fotografía, marca un momento indeleble para la posteridad, independientemente de vida o muerte. Por otra parte, una historia o un cuento pueden suspender la continuidad, y la suspensión de la incredulidad proporcionaría elementos articulables en el lenguaje para afirmar que él aún está vivo —“He’s still alive”. La idea de aún estar vivo surgiría como recuerdo de lo feo que se asocia al cuerpo del sujeto que ahí sufre, pero, en una lectura reparadora la muerte no se torna elemento aterrador. Este aún estar vivo es una potencia del encuadre, el cual nos informa, como lectores y críticos, que el discurso creado para mantener el SIDA como castigo o condenación[31] debe ser disputado.

Proponiendo una breve lectura del cuento de Sontag a partir de los apuntes de Butler (2015) sobre los encuadres, quisiéramos presentar nuevas posibilidades de diálogo de la teoría queer con otros campos que siguen estimulados (sin que ello sea un problema) por las lecturas paranoicas que desean prepararse siempre para lo peor en el escenario. Sedgwick (2003) no busca afirmar que tales lecturas sean irrelevantes o que deban ser descartadas —todavía hay mucho espacio para el desarrollo de la teoría queer y sus búsquedas por temas previamente ignorados—, sin embargo, el temor de Sedgwick sugiere que la estabilización de un significado para la propia teoría, que se cree subversiva, puede agotar sus intenciones al crear modos estáticos de análisis. De esta forma, al sugerir lecturas reparadoras, que aquí se acercan al estado barthesiano de perdida en el texto de fruición, se espera que la teoría queer pueda nutrirse de la idea de los encuadres como forma de repensar la propia práctica interpretativa. Leer la representación del SIDA en “The way we live now” no es simplemente una búsqueda por la experiencia esencial de los sujetos que viven con él, sino una forma de localizar los poderes que manipulan los encuadres y sus términos de reconocimiento de vidas.

“Una figura viva fuera de las normas de vida no se torna solamente el problema con el que la normatividad tiene que manejar” afirma Butler,[32] “[…] sino que parece ser lo que la normatividad está destinada a reproducir: está vivo, pero no es una vida”. Lo que “The way we live now” enmarca es que hay vida pulsando aún y es este encuadre queer y reparador que la teoría queer debe de buscar cada vez más en sus nuevas negociaciones en tiempos de “pos-queer”.

 

Bibliografía

  1. Barthes, Roland, O prazer do texto, Perspectiva, São Paulo, 2006.
  2. Bourdieu, Pierre, Practical reason: On the theory of action, Stanford University Press, Stanford, 1998.
  3. Butler, Judith, Quadros de guerra: Quando a vida é passível de luto?, Civilização Brasileira, Rio de Janeiro, 2015.
  4. Demetri, Felipe, Judith Butler: Filósofa da vulnerabilidade, Editora Devires, Salvador, 2018.
  5. Grupo Gay da Bahia (Org.), “População LGBT morte no Brasil: Relatório GGB 2018”, disponible en <https://homofobiamata.files.wordpress.com/2019/01/relatorio-2018-1.pdf>, consultado el 28 de septiembre de
  6. Sedgwick, Eve Kosofsky, Epistemology of the closet, University of California Press, Berkeley & Los Angeles, 1990.
  7. Sedgwick, Eve Kosofsky, Touching feeling: Affect, pedagogy, performativity, Duke University Press, Durham and London, 2003.
  8. Sontag, Susan, Doença como metáfora/AIDS e suas metáforas, Companhia das Letras, São Paulo, 2007.
  9. Sontag, Susan, “The way we live now”, disponible en: <https://www.newyorker.com/magazine/1986/11/24/the-way-we-live-now>, consultado el 28 de septiembre de 20

 

Notas

[1] Utilizo SIDA en mayúsculas en consonancia con las discusiones propuestas por el Guía de Terminología de la UNAIDS, organizado por el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre VIH/SIDA (UNAIDS) y publicado en 2017. Disponible en https://unaids.org.br/wp-content/uploads/2015/06/WEB_2018_01_18_GuiaTerminologia_UNAIDS.pdf. Consultado el 25 de septiembre de 2019.
[2] Butler, Quadros de guerra: Quando a vida é passível de luto?, ed. cit., p. 13.
[3] Idem.
[4] El término Fames utilizado en inglés por Butler en su libro Frames of war es traducido al español por Marco (Marcos de guerra) y al portugués por Cuadro (Cuadros de guerra), cuyo sentido es bastante cercano a lo que la palabra marco se refiere en español. Sin embargo, cuando se trata del movimiento de poner en un marco, enmarcar o encuadrar, en esta traducción optamos por mantener el término encuadre, por su relación directa con las referencias de Butler a la fotografia y por contemplar de modo más fiel la opción del escritor de este artículo. (nota de la traductora).
[5] Ibidem, pp. 25-26.
[6] Ibidem, p. 26.
[7] Sontag, Doença como metáfora / AIDS e suas metáforas, ed. cit., p. 115.
[8] Bourdieu, Practical Reason: On the theory of action, ed. cit., p. 9.
[9] Sontag, Doença como metáfora…, ed. cit., p. 115.
[10] Ibidem, p. 125.
[11] Idem.
[12] Cfr. Bourdieu, Practical reason, ed. cit.
[13] Cfr. Sedgwick, Touching feeling: Affect, pedagogy, performativity, ed. cit.
[14] Sontag, Doença como metáfora…, ed. cit., p. 127.
[15] Idem.
[16] Butler, Óp. Cit., p. 44.
[17] Cfr. Sedgwick, Epistemology of the closet, ed. cit.
[18] Butler, Óp. Cit., p. 21.
[19] Ibidem, p. 20.
[20] Demetri, Judith Butler: Filósofa da vulnerabilidade, ed. cit., p. 143.
[21] Sontag, The way we live now, ed. cit.
[22] Idem.
[23] Sedgwick, Touching feeling, ed. cit., p. 146.
[24] Cfr. Sontag, Doença como metáfora…, ed. cit.
[25] Sontag, The way we live now, ed. cit.
[26] Barthes, O prazer do texto, ed. cit., pp. 20-21.
[27] Butler, Óp. Cit., p. 23.
[28] En Doença como metáfora, Sontag describe la metáfora de la peste como una forma encontrada por la sociedad para tratar de enfermedades y epidemias y que, de manera peculiar, fue esencial para que los años 1980 definieran el SIDA : “La peste […] es desde mucho tiempo utilizada como metáfora de qué puede haber de peor en términos de calamidades y males colectivos […]” (Sontag, Doença como metáfora…, ed. cit., p. 112).
[29] Butler, Óp. Cit., p. 24.
[30] Sontag, The way we live now, ed. cit.
[31] Cfr. Sontag, Doença como metáfora…, ed. cit.
[32] Butler, Óp. Cit., p. 22.