Revista de filosofía

El hombre en la Torre

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Pablo Lazo Briones, El hombre de la Torre, ed., Grijalbo, Penguin Random House, México, 2018.

 

La clave está en el nombre de la novela. El título mismo es el hilo conductor, no es una cuestión banal, es algo sumamente pensado, lo sé, lo aseguro. El título es como el nombre de cada quien, y ya lo sabemos: el nombre es destino, según Platón. Uno lee la novela con un sobresalto constante, con un asco profundo, con sorpresa infinita, y se olvida del nombre de la novela, pero al final, la novela trae consigo el secreto, revela lo que ha estado presente pero a la vez oculto. Eso es lo que descubre uno al final de la novela. No sé si con desconsuelo o con un asombro inaudito, con tristeza o con gozo por descubrir lo que siempre estuvo ahí, palpitante, y que se revela la clave que abre toda la comprensión, el sentido, el orden, la regla, la trama, el hilo conductor. ¿Es un hombre delirante, un hombre que construye la novela a partir de un delirio paranoico, una construcción de un recuerdo, de un conjunto de recuerdos que se construyen como se construyen todos los recuerdos o es la narración misma que se inventa a un hombre contando secretos de unas vidas que se traman como novela? ¿Es verdaderamente un hombre en la Torre o es el genio maligno cartesiano contándonos el lado B de toda novela?

Pablo Lazo Briones

No sé la respuesta, tengo la mía pero descreo de ella, porque si bien ahora sé que el secreto está en el nombre, esta novela desde el primer instante lo que me hizo fue robarme la atención. Hay algo en ella que nos somete a la fascinación de lo inconmensurable, creo que es la trama misma la que nos va sorprendiendo a cada página y nos atrapa, no podemos, no queremos dejar de leer porque algo se nos va, algo se pierde, estamos fascinados por el horror, por el lenguaje, por las acciones brutales de sexo desnudo. El clima del libro nos hace quedarnos horrorizados por pasajes que no nos hemos atrevido siquiera a pensar pero que están ahí, como agazapados, en las sombras, en nuestro lado oscuro, me atrevo a decir que nos pertenecen pero que no nos lo decimos. Quizá de eso se trata esta novela, de nuestro doble, de nuestro esperpento, como decía del Valle Inclán, del espejo borgiano, de nuestros más íntimos secretos, esos que, como decía Dostoievski, ni a nosotros mismos nos queremos contar. Esta es una novela que nos aterra por momentos por la ingrávida lucidez con que está escrita, nos coge en todo momento por vernos a nosotros mismos reflejados en cualquier escena, es como el espejo de nuestra propia psique, una novela que nos apresa en medio de acciones que nos producen un asco insoportable, que por muchos momentos nos socava, por lo infinitamente cruel que nos parece por acontecimientos que se desencadenan a la menor provocación y que, como una astilla en la piel, nos detiene para sumirnos en una introspección, en un dolor íntimo, casi inconfesable.

La novela de Pablo Lazo, El hombre de la torre, me asombra. Maravillosamente bien escrita, con pasajes excepcionales, inolvidables, de una observación finísima de la actuación y de la condición humana es, al mismo tiempo, terrible y brutal, y no creo que la adjetivación que hago esté desproporcionada. Conforme fui pasando penosamente sus páginas menos podía dejar de leerla. Y digo penosamente porque desde el primer capítulo la novela nos conduce a espacios sombríos, velados, en donde uno se siente incómodo, donde nos perturba, nos mueve, nos saca de lugar, nos pone en tesituras extrañas pero siempre posibles, ambientes casi irrespirables que nos hablan de nosotros mismos. Es, sin duda, una extraordinaria novela, de una densidad literaria enorme que nos conduce a desear cerrarla a cada dos páginas pero por lo mismo, seguimos, hechizados por el terror, el misterio, el dolor, el asco, lo bajo, lo ruin, lo innominable que se construye por los habitantes de Casa. Cada uno de ellos aporta un pedazo de sí mismo para hacer de la novela un relato abominable, cruel, feroz, brutal.

Estoy persuadido de que esta es una gran novela, de una lectura aciaga, pero fascinante. Como sólo puede ser la gran novelística. Una novela que nos recuerda por momentos al siempre socorrido Poe, al imposible Lovecraft, al excepcional Kafka, al inolvidable Robert Walser y al clásico Stephen King. De ella me gustan y abominan muchas cosas, quizá la principal es que sea un hombre, en una torre hierática, lo que dirige, arma, construye todo el entramado psíquico de la novela. Aunque presente sólo por momentos, la Torre, es inevitable, está siempre ahí, presente, y es lo que desencadena todo el misterio que se traza durante todo el tránsito de la novela misma. Una torre que parece habitada por gatos, por el chillido de gatos, que sólo se escuchan cuando la confabulación novelística hace un giro, descubre un poco el tobillo, hace un guiño a lo que verdaderamente guía el discurso. Una Torre que está ahí, con su prohibición, con la tentación reprimida de conocer, de hollar su secreto, como en el Paraíso, pero ya sabemos que todo Paraíso lo es porque es perdido.

Resulta por demás interesante su semejanza con El Castillo de Kafka, que, como en esa novela, la Torre es inaccesible, misteriosa, oscura, y gobierna de alguna manera los destinos de los tres personajes que se traman en la narración: “Ella”, la madre, “Ángela y Lázaro”, los hijos. Tres personajes que nos tocan, cercanos por tantas pasiones sin filtros, por tantos deseos sin cortapisas, por esos hilos que tejen sus vidas como las tejen a las nuestras y que nos dan rostro pero que acallamos con la moral social que nos permite la existencia misma. La novela es sin concesiones, sin tapujos, descarnada, soez, terrible. Pero estos personajes son los protagonistas de un mundo en donde no existe ninguna indulgencia, donde no hay tamices, donde no existen cribas ni complacencias que los hagan tolerables, los tres personajes están creados por infinitas redes de sobresalto, de repugnancia, de podredumbre, de asco, de horror, de espanto, de excesos, de una anomia moral para los de Fuera y lo que “Ella” constituye Dentro: la Ley, la Norma, el Deber ser. Lázaro no tiene piedad de nada, no sabe del dolor ajeno, ni le importa. Sus deseos son primitivos, o diré sadianos, sin circunflexiones, sin vueltas. Los otros sólo son los de Fuera, los sin nombre y sin rostro. Ángela es la indiferencia que por momentos siente el deseo de estar Fuera pero siempre siente la necesidad de volver, de estar Dentro. Nada la toca salvo el terror por Ella y el amor sádico y masoquista por Lázaro. Por ello el mundo de esta novela está dividido y separado por un “Dentro” y un “Fuera”. La expresión de la exclusión.

Los tres son personajes redondos, a pesar de las incontables aristas que los cruzan, que los juegan, que nos los revelan cercanos y lejanos, nos los otorga casi en susurros a veces, otras a gritos, pero en su mayoría desgarradoramente, enormemente bien construidos, todo en ellos es coherente, nunca se solemnizan, siempre está el conflicto en vivo. Una de las cuestiones que me gustaron fue que, como en la historia de El castillo de Kafka, la novela de Pablo Lazo Briones está contada por un narrador equisciente pues aparece sólo por momentos, pequeños intervalos, casi abruptamente pero con una lógica impecable, de hecho el narrador es selectivo pues sus apariciones son constituyentes de sí mismo.

El orden narrativo de la novela de Pablo Lazo aparentemente es lineal pero su linealidad es alterada con la introducción de la analepsis y la prolepsis, sobre todo hacia el final de la novela, de tal manera que da un tono distinto, un ritmo casi de ragtime con sus polirritmos, otras de blues por el aire melancólico, y por momentos, es un jazz en cuya instrumentalización admite infinitas improvisaciones con su uso de la sincopación. El ritmo de la narración está profundamente pensado, no es casual que podamos pasar de ambientes lóbregos, oscuros, como en la novela negra, a la novela psicológica donde parece que estamos en un delirio psicótico lleno de terror sobre todo con la historia que cuenta Ella de su hermana que hasta el final sabemos que se llama “Claridad” y antes sólo es la hermana.

Pero igual tenemos pasajes que hacen un homenaje a la novela de misterio como esos seres de Fuera que persiguen a Lázaro constantemente, o de otros personajes igualmente de Fuera que tejen el Dentro como en una confabulación infinita donde el todo de la novela se está constantemente decidiendo en el “entre” los dos espacios que definen y determinan primero a los niños narrados y luego el amor incestuoso de los dos hermanos que sólo pueden sentir ese amor con todos sus prismas desde dentro, porque precisamente son de “Dentro”, se saben unidos por el “Dentro”, porque han sido determinados por “Dentro”, en “Casa”, como ese insaciable “Ello” freudiano que nos devora sin saber cómo ni cuando, como nos devoran las pulsiones y los deseos, expresiones primitivas del aparato psíquico, en esa matriz, en el seno de la interioridad que hace a Lázaro y a Ángela semejantes, iguales, idénticos, donde se reconocen mutuamente, donde ella es él y él es ella, en ese amor enloquecidamente frenético y salvaje, de una pasión que siempre acaba en el arrobo de la repugnancia. Esa búsqueda de la identidad que se alcanza expulsando a los de “Fuera”. Una expulsión que Ángela alcanza como paroxismo al enterrar bajo una montaña de libros al Viejo Librero.

El “Dentro”, “Ella” lo ha ido creando, lo ha dibujado desde el principio en esa narrativa que sirve de contrapunto para perfilar el mismo ambiente de supresión de los otros, donde se construye la Ley, la norma, el escándalo de la exención. Un “Dentro” que se construye por ellos, los ya desde siempre “Dentro”. Ella les narra todas las tarde, desde niños, el “Dentro” y entre los tres van poniendo una pieza más cada día para aislarse de los de Fuera. “Ella” es esa otra narración que arma al lado de la relación de los hermanos con Casa, con los otros, con Fuera y Dentro. La otra narración, Ella, es el oráculo que todo lo ve y todo lo sabe, es el discurso constituyente del verbo hecho acción, de la palabra hecha ley, hecha norma. Ella es la ley, la autoridad omnímoda, omnisciente, el ser de las cosas; es la palabra que marca, que ordena el mundo interno y serena porque Casa es sólo la manifestación de su voz. Hay un claro simbolismo que nos abre la novela en su sentido total, cuando Claridad lleva el libro en blanco en donde está todo lo que se tiene que saber, y ella quiere decir algo que no puede decir y que el narrador nos relata: “Quizá quería decir que ahí estaban todas las posibilidades de lo escrito y lo no escrito, de lo hablado y de lo silenciado. Todas las posibilidades , que se perderían al anotar una sola palabra; un solo rasgo de tinta , una sola letra escrita al azar, y se tendría un punto de partida para perder el Absoluto, una sola línea y todo se habría perdido para siempre, dando paso a esa pequeñez de ‘algo’ que se dice”. (p. 297)

Lo único que se anuncia es la destrucción de Casa, de los de Casa, los de Dentro cuando Ella se va de Casa derrotada por la miseria de la endogamia vivida, de la narración fenecida. Paradójicamente son los sin casa, la Calva y el Quinto Hombre de Fuego en la escatología de los símbolos de “Claridad”, los que avizoran e iluminan el derrumbe de Casa, donde Ella no será más que la narración que se reconoce como narración, como dictum, como esa voz que habla en todo momento, como el delirio mismo de “Claridad” en el Paraíso, en el Gólgota, en la Cruz, en el simbolismo de los signos torcidos. No nos queda nada, ni siquiera la ternura como un pequeño paliativo a este discurso sin concesiones, Ya lo dice la misma novela: “Ella nunca les enseñó a decir ‘te quiero’ ni a mirarse con ternura” (p.313)

Diré que la lectura me dejó agotado. Porque en su infinita escritura la crítica social que se hace de manera lateral, de la comodidad en la que viven los de Fuera, del odio por el otro, en la extrema violencia en la que se transita, en la intolerancia por el distinto y el deseo de linchamiento resulta agotante, nuevamente estamos en el espejo esperpéntico, en el lado oscuro que no queremos ver. El hombre de la Torre, sin duda, es una gran novela que necesita ser leída, comentada, narrada, vuelta a narrar, porque como Pablo Lazo nos tiene acostumbrados, los personajes son intersticiales, es decir, a pesar del Dentro y el Fuera, están en el “entre” de nosotros mismos.