Revista de filosofía

El crítico y el “revistero”: el caso de José Emilio Pacheco y su “Inventario”

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Resumen

En las páginas de periodismo cultural de su columna Inventario, José Emilio Pacheco se afirma como un verdadero crítico literario cuya orientación fundamental es la historia de la literatura y el diálogo fecundo entre autores, obras y épocas. En este artículo se caracteriza, además, la crítica pachequiana como un sutil balance entre la investigación académica y el artículo de difusión o divulgación periodística, en el que la erudición, la sobriedad, la ironía y la búsqueda de vínculos intertextuales marca un sello y una originalidad propias. El talante crítico de Pacheco en Inventario contradice ciertas aseveraciones contemporáneas —entre ellas la suya propia, en la década de 1960— en cuanto a la ausencia de crítica literaria mexicana y latinoamericana.

Palabras clave: periodismo cultural, crítica literaria mexicana, Inventario, José Emilio Pacheco, divulgación periodística, 1960.

 

Abstract

José Emilio Pacheco’s cultural journalism and specifically his cultural chronicle Inventario are the expressions of a truthful literary critic, whose main interest is literary history and the perpetuation of a fertile dialogue relating authors, works and historic periods. This article characterizes Pacheco’s critical profile as a subtle balance among academic research and journalistic and cultural dissemination articles. Erudition, temperance, irony and the quest for intertextual connections are the key marks of the author’s innovation. This critical frame conflicts with some epoch ideas —from the 1960s decade— about the absence of a Mexican and Latin-American literary critic.

Keywords: cultural journalism, Mexican literary criticism, Inventario, José Emilio Pacheco, journalistic disclosure, 1960.

 

Durante décadas, la literatura latinoamericana recibió una dura acusación: la de no producir absolutamente ninguna crítica literaria original, la de no haber desarrollado un sistema crítico propio. En ese sentido iba el reclamo de Octavio Paz cuando afirmaba que en América Latina no tenemos “[…] un pensamiento o un sistema de doctrinas como esa capacidad que tiene la crítica de situar a la obra en su espacio intelectual, es decir, en ese lugar donde las obras se encuentran y dialogan entre sí haciendo posible una literatura”.[1] Esta afirmación de Paz de finales de los sesenta se hace en un momento en que, en varios países latinoamericanos, se desarrollan proyectos de divulgación, estudio y crítica de la literatura con una amplitud continental, como la Casa de las Américas, la Biblioteca Ayacucho de Caracas o incluso la Revista de Crítica Latinoamericana, fundada por Antonio Cornejo Polar en 1975. El mismo Paz es un crítico ejemplar que, como afirma Guillermo Sucre, corrobora el carácter de negación de la misma crítica latinoamericana: “[…] al negar la existencia de esa crítica entre nosotros, la está formulando y constituyendo […] su negación se convierte en principio de afirmación”. A pesar de esto y de amplios espacios de producción crítica, como universidades, revistas académicas especializadas o revistas y suplementos de divulgación, la falta de autonomía y de identidad parece ser un reproche que no se apaga.

En el caso mexicano, una sombra similar recorre la historia de nuestra crítica. Aunque desde los años cincuenta y particularmente en las dos décadas posteriores la crítica literaria proliferó junto al crecimiento y la multiplicación de revistas, suplementos y proyectos editoriales, poco pudo librarse del lastre que sus detractores señalaban. Siempre flanqueada por la sospecha del amiguismo y del enemiguismo, de su parcialidad mafiosa o su oportunismo tribal, siempre ligada a los más burdos intereses personales, a la informalidad o, como afirmaba Anderson Imbert, a la conversación de café.

Según Jorge Ruffinelli el diagnóstico, para 1990, es claro: la crítica vive en México en un estado de “tensión y esquizofrenia”. Como ejemplo de ello Ruffinelli cita las acusaciones de José Joaquín Blanco contra la crítica académica, a la que denigra de manera vehemente: “un falso ‘objetivismo’, escrito en cubicules (español champurrado de profesorcitos en cubículo) vino a dominar las proliferantes tesis, ponencias, ensayos sobre asuntos específicamente literarios […]. En lugar de polémica y crítica, complicidad en la chamba y en la jerarquía burocrática”.[2] A su vez, existe una réplica indirecta a José Joaquín Blanco, un crítico forjado en el periodismo y en las revistas, sin formación universitaria; se trata de Ignacio Trejo Fuentes, quien se queja de la corrupción y la superficialidad del medio periodístico: “En nuestras páginas culturales campea el arribismo, la presencia de pseudocríticos […]: abundan los espontáneos, los oportunistas que sin rubor se erigen en críticos aun careciendo de la mínima noción de lo que eso significa, sin la preparación literaria adecuada y provistos tan sólo de su arrojo irresponsable”.[3] Ambas posturas, genéricas, no discuten sobre la naturaleza de la crítica ideal, sino sobre sus modus operandi y sus deformaciones profesionales, que son tan antiguas como el periodismo y la universidad mismas.

 

El caso de José Emilio Pacheco y su Inventario

Ante este panorama de negación, tensión y esquizofrenia, el caso de José Emilio Pacheco, que realizó un verdadero trabajo crítico sostenido en su columna Inventario (1973-2014), es paradigmático. Para empezar, en 1966 afirmó un principio de negatividad similar al que haría Paz, al constatar “la ausencia de crítica literaria en México” que se debe a las mismas malformaciones del oficio, a los que aceptan con facilidad el halago, pero no toleran “la inconformidad ajena”.[4] Pacheco declara:

Puesto que he subsistido gracias al periodismo literario, con la mejor intención algunas personas suponen que soy o pretendo ser un crítico. No es verdad. Me in- teresa, nada más, hablar de lo que me gusta. Siempre desde el ángulo de un lector vocacional, no un crítico. No es por comodidad: al elogiar lo que admiro cubro mi obligada cuota de enemigos más ampliamente que al atacar a alguien.[5]

Al igual que Paz, Pacheco transforma aquí su negación en un principio de afirmación, incluso de acción, en el sentido de concebir la crítica literaria como un ejercicio de lectura vocacional. Pero además Pacheco nos da una definición interesante: “¿Qué es ser un crítico? Establecer categorías de comprensión, facilitar y compartir puntos de vista de lectura: como el trabajo de un “lector vocacional”. La crítica es un vínculo antes que un rechazo. No se trata, claro, de decir que todo está bien. […] La crítica, en fin, es un género parcial, provisional, hipotético, tan difícil o más que la literatura”.[6]

Sin pretenderlo, el autor rompe aquí con la tradición acusatoria que señalábamos. Su definición es positiva, busca poner en pie de igualdad la labor del crítico y del creador y la veremos aplicada en el caso de Inventario, una columna en la que precisamente crítica y creación no podían estar divorciadas.

 

Del crítico al revistero

Desde entregas muy tempranas, el autor anónimo inicial del Inventario[7] defenderá el trabajo del crítico literario ante ataques conocidos. En la sección “péguenle al crítico”, de un Inventario de junio 1975, Pacheco nos recuerda ese lugar común denigrante:

Nadie más criticado que el crítico sobre todo si es lo que antes se designaba sin intención peyorativa, como un “revistero” (reviewer), el hombre o la mujer que “pasa revista” o que reseña los acontecimientos culturales y, por tanto, debe llenar una ración diaria o semanaria de espacio enjuiciando los trabajos ajenos.

Hay una imagen universal del crítico trazado por su enemigo de clase, el artista. Según este prejuicio, todo crítico es: a) incapaz de crear nada; b) resentido y envidioso; c) maligno e hiriente; d) frívolo y superficial; e) eunuco y parásito.[8]

Evidentemente, esta declaración de Pacheco tiene su dosis de ironía; nadie más que él mismo elevó al grado de arte la reseña de libros y pasó revista a los sucesos literarios y culturales sin cansancio durante cuarenta años. Además, la aparente guerra de clases a la que se refiere no es un simple juego retórico o un guiño marxista: es un rastro de su propia poética como defensa del anonimato, donde el autor ha perdido definitivamente la propiedad privada y exclusiva de una obra que le pertenece ante todo a los lectores y es producto de una benéfica circulación de textos.

JOSÉ EMILIO PACHECO. FOTOGRAFÍA DE: PROCESO

JOSÉ EMILIO PACHECO. FOTOGRAFÍA DE: PROCESO

Sin embargo, el conocimiento realista de su medio lo hace entender que la denostación del “revistero” es inherente al arte. Al referirse a las reseñas, Pacheco nota que “hay textos de este género desdeñado que son más inteligentes, divertidos, legibles e incluso más artísticos que algunas obras presuntuosas y supuestamente perdurables. [Sin embargo], la querella continuará mientras exista gente que pinte, componga, toque, actúe, escriba, traduzca, dirija, opine”.[9] En su defensa del crítico, el poeta-periodista en el que se convierte JEP a lo largo de los años promulga una igualdad de géneros entre la literatura, la crítica, y el periodismo cultural. Todos deben ser sometidos al mismo grado de exigencia ética, al mismo rigor investigativo y tener la misma dignidad ante su trabajo.

Otra muestra de esta defensa del crítico es acaso la traducción poética que hace JEP para finalizar la sección “péguenle al crítico” que mencionábamos. Se trata de “Rezensent”, un poema de Goethe de 1776:

A la hora de comer vino un sujeto

que no me molestó: lo dejé quieto

llenándole la boca de comida,

la de todos los días de mi vida.

El tipo devoró con hambre inmensa:

como postre acabó con mi despensa.

Apenas me dejó sin pan ni vino,

el diablo lo llevó con mi vecino,

quien le oyó murmurar: —qué porquería:

el guisado fue atroz, la sopa fría.

¿Un bribón, un ingrato, un marrullero?

No, señor, nada más un revistero.

La imagen de un ser grotesco, ingrato y maleducado al que alimenta el creador es la prueba clara, según José Emilio Pacheco, del encono contra los críticos, de que “[…] el mismo Goethe, paradigma de serenidad y equilibrio, perdió los estribos [con este poema]”.

En este caso, además del valor claramente lúdico, la traducción poética, vertida en las páginas de un suplemento cultural, tiene una fuerte función pedagógica. No ofrece únicamente la primera versión al español de este poema (que seguramente el columnista anónimo tradujo del inglés) con una versificación precisa; nos enseña, además, que si hay un verdadero enemigo de clase del crítico es el artista romántico, el tipo de artista que encarnaba Goethe, una de las cabezas del romanticismo alemán, que daba al creador el rango de demiurgo, en la cúspide de la contemplación y la asimilación de la Naturaleza.

Para José Emilio Pacheco, esta concepción del arte ha muerto (al igual que para Roland Barthes el “autor” también ha desaparecido): sólo existe el poeta-periodista que trabaja sin cesar, rodeado de libros y periódicos, compartiendo bibliografías y profesando su actitud de “lector vocacional”. Entre todos los ejemplos de esto en poemas y en la recepción crítica de Pacheco que podríamos citar, los versos del poema “La experiencia vivida”[10] sirven de síntesis:

Esas formas que veo a orillas del mar

y engendran de inmediato

asociaciones metafóricas

¿son instrumentos de la inspiración

o de falaces citas literarias?

 

La experiencia creativa, en esta pregunta retórica, no puede derivar más que de un diálogo recíproco con otros textos y otras citas literarias, pues no hay nada nuevo bajo el sol. Un diálogo muy similar al que establecería un crítico, pues su función, ya lo vimos, es crear vínculos, facilitar puntos de vista, de comprensión y de lectura.

JOSÉ EMILIO PACHECO

JOSÉ EMILIO PACHECO

Del periodismo a la academia

Hay que destacar por último que, a pesar de que Pacheco se dedicó como jefe de redacción, editor y columnista a revistas y suplementos culturales, nunca cayó en el autoelogio de su propio medio. Intentó en muchas ocasiones llevar el conocimiento académico al soporte de la revista de difusión cultural. Valoró, por ejemplo, como fuente importante la Revista Iberoamericana del IILI, “publicación que —se lamenta— desgraciadamente circula casi en secreto” pero que sin embargo le permite al autor de Inventario entender la recepción de Neruda y otros latinoamericanos en el mundo anglosajón.[11]

Este interés respetuoso hacia la investigación académica se nota en el transvase de algunas entregas de Inventario que se convirtieron por sí mismas en artículos académicos de referencia. Es el caso de “La otra vanguardia”, que aparece en dos entregas en 1978, cuando la columna ya se ha mudado a la revista Proceso. En ambos artículos Pacheco sostiene una idea innovadora, una hipótesis que marca otro rumbo en la historia de la poesía hispanoamericana, y en particular, en torno a la eclosión de la poesía conversacional o coloquial o, incluso, la antipoesía (aunque ésta se distinga de las dos primeras, pertenecen a una misma revolución estética). La investigación de José Emilio Pacheco asigna la fecha de 1922 como punto de partida, lo cual la vuelve contemporánea de otras vanguardias de América. Esta fecha corresponde a la publicación en México de El soldado desconocido del nicaragüense Salomón De la Selva en el que la distancia irónica y la gran autoconsciencia del sujeto lírico marcan una ruptura originaria que la poesía conversacional buscará conservar: “La guerra antiheroica ha engendrado una poesía antipoética en que lo primero que se desplaza es la representación del poeta mismo como hablante. A la máscara triunfalista del creacionismo o el estridentismo, al “mago”, se opone el poeta como bufón y ser degradado”.[12] Pero, además, De la Selva, poeta bilingüe, puente entre la lengua inglesa y la española, incorpora “el prosaísmo de la ‘New Poetry’ [así como] las antigüedades modernizadas por los poetas del renacimiento norteamericano”. Le debemos entonces al encuentro en México entre Henríquez Ureña, Novo y De la Selva el nacimiento de esta “otra vanguardia”: Novo publica La poesía norteamericana moderna (1924, antología con las primeras versiones de Ezra Pound, Sandburg y Robert Frost en español) y el poemario Espejo (1933, una “cuidadosa lectura” y asimilación lírica de Spoon River Anthology).[13] De modo que: “Lo que Novo —un adolescente entre los 17 y los 18 años— aprende en De la Selva es la posibilidad de expropiar para los fines de la propia lengua, y dentro de su molde, la dirección poética angloamericana, como los modernistas habían ampliado inconmensurablemente el repertorio lírico castellano con recursos aprendidos en Francia”.[14]

La hipótesis de trabajo de Pacheco, publicada después en Revista Iberoamericana[15] y en Casa de las Américas,[16] es parte ya de la historia literaria. No es casual que él mismo se sienta identificado con estos precursores (como De la Selva, José Emilio Pacheco tradujo la Antología griega) y siga su legado. Lo que aquí nos muestra es una dedicada labor crítica de hallazgos y estrechas conexiones entre autores, épocas, textos y tendencias; un verdadero inventario crítico, siempre apegado al contexto histórico, al igual que los innumerables prólogos y antologías que publicó.

JOSÉ EMILIO PACHECO

JOSÉ EMILIO PACHECO

En suma, la defensa crítica de Pacheco implica un gran apego a sus propios valores éticos y estéticos, una declaración de principios mantenida con fidelidad. La poética de Pacheco es sorprendentemente coherente como praxis, un rizoma que rehúsa la verticalidad y enlaza en un mismo horizonte crítica y difusión literaria, lectura, traducción y creación poéticas. En el caso de Inventario todas estas vertientes se entrelazan para lograr un objetivo: servir al público, tender todo tipo de puentes entre las lecturas personales y sembrar esos mismos vínculos en el lector de suplementos y revistas. Conducir, de alguna manera, al lector desde las revistas hacia los libros, y viceversa. Con su Inventario, José Emilio Pacheco parece querer decirnos que la verdadera labor del crítico no es aplastar o ensalzar la vanidad de los artistas, sino democratizar desde la categoría más relacional de lector, sin abandonar jamás la voluntad investigativa, la claridad pedagógica y formativa de cada texto.

 

Bibliografía 

  1. César Fernández Moreno (dir.), América Latina en su literatura, Siglo XXI editores y UNESCO, México, 1972.
  2. Guillermo Sucre, “La nueva crítica”, en César Fernández Moreno (dir.), América Latina en su literatura, Siglo XXI, 1972, pp. 259‑275.
  3. Ignacio Trejo Fuentes, Faros y sirenas, Plaza y Valdés, México, 1988.
  4. Jorge Ruffinelli, “La critica literaria en Mexico: Ausencias, proyectos y querellas“, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 1990, vol. 16, 31/32, pp. 153‑169.
  5. José Emilio Pacheco, “Nota sobre la otra vanguardia”, Casa de las Américas, 1980, vol. 20, no 118, pp. 103‑107.
  6. _________________, “Nota sobre la otra vanguardia”, en Saúl Sosnowski (dir.), Lectura crítica de la literatura americana. Tomo 3. Vanguardias y tomás de posesión, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1997, pp. 114‑121.
  7. _________________, “Nota sobre la otra vanguardia”, Revista Iberoamericana, 1979, vol. 45, no 106, pp.  327-335.
  8. _________________, Inventario [Doris Lessing, Oscar Wilde], Diorama de la cultura, 15 de junio de 1975, p. 16.
  9. _________________, Inventario [Neruda], Diorama de la cultura, 19 de agosto de 1973, p. 16.
  10. _________________, Inventario, “La otra vanguardia (1)”, Proceso, núm. 75, 10 de abril de 1978.
  11. _________________, Inventario, “Nota sobre la otra vanguardia (segundo y último artículo)”, Proceso, núm. 76, 17 de abril de 1978.
  12. _________________, Tarde o temprano [poemas 1958-2000], FCE, México, 2000. El poema citado pertenece a No me preguntes cómo pasa el tiempo.
  13. Rubén Marín et al., Los narradores ante el público, Joaquín Mortiz, México, 1966.
  14. Saúl Sosnowski (dir.), Lectura crítica de la literatura americana. Tomo 3. Vanguardias y tomás de posesión, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1997.

 

Notas

[1] Cit. en Guillermo Sucre, “La nueva crítica”, p. 266.
[2] Jorge Ruffinelli, “La crítica literaria en México: Ausencias, proyectos y querellas”, p. 158.
[3] Ignacio Trejo Fuentes, Faros y sirenas, 1988, citado en ibidem.
[4] Rubén Marín et al., Los narradores ante el público, p.  251.
[5] Ibidem, p. 252.
[6] Idem.
[7] La columna Inventario se publica de forma anónima desde su nacimiento, el 5 de agosto de 1973, hasta que abandona el soporte del suplemento cultural semanal de Excélsior, Diorama de la cultura; su última aparición en éste es el 30 de mayo de 1976, semanas antes de que se consume el llamado “Golpe a Excélsior”. Hay una mínima interrupción, pues la reemplaza la columna Baúlmundo (del 15 de septiembre de 1974 al 1º de junio de 1975). A partir del 8 de noviembre de 1976 y hasta el 26 de enero de 2014, Inventario se publica en la revista Proceso con la rúbrica “JEP”.
[8] José Emilio Pacheco, Inventario, Diorama de la cultura, 1975.
[9] Idem.
[10] José Emilio Pacheco, Tarde o temprano, p. 83.
[11] José Emilio Pacheco, Inventario, Diorama de la cultura, 1973.
[12] José Emilio Pacheco, Inventario, “Nota sobre la otra vanguardia (segundo y último artículo)”, 1978.
[13] A pesar de esta fecha, muchos de sus poemas aparecen antes en El Universal Ilustrado, bajo el subtítulo “Poemas antiguos”.
[14] José Emilio Pacheco, Inventario, “La otra vanguardia (1)”, 1978.
[15] José Emilio Pacheco, “Nota sobre la otra vanguardia”, Revista Iberoamericana, pp. 327–335. Ver la bibliografía y las otras versiones del mismo artículo en revistas académicas y ediciones críticas.
[16] Rubén Marín et al., Los narradores ante el público, 1966.