Revista de filosofía

Decidir ser loco

350

Hospital Psiquiátrico,

viernes 20 de febrero de 2009

Fotografía de Adam Martinakis

Fotografía de Adam Martinakis

José es un paciente del hospital psiquiátrico que vive inmerso en una locura trágica, parece un animal al que han conducido al encierro en tres ocasiones, encadenado en los hechos que parecen rebasarlo. Ha sido llevado por su padre, por la policía y por quejas de otros que él no entiende. Tiene apenas 21 años y le es difícil construir un texto coherente, sin embargo sonríe. Sus dientes blancos asoman como esperanza de la imagen grotesca de una vida que parece haber sido cortada de tajo.

José trata de explicarme que el padre no lo quiere y ríe tratando de pensar que está celoso de su jefe que le ha dado muestras de afecto y le ha cambiado el nombre llamándolo Manuel. Pero su patrón también se cuida de él y lo desilusiona porque le paga muy poco y no le alcanza para vivir, desfallece.

Fotografía de Adam Martinakis

Fotografía de Adam Martinakis

José tuvo una hija que no puede ver, no ha podido ir a la escuela y sus hermanos son profesionistas.

Le han pegado en la calle unos pandilleros al grado de creerse muerto, pero la luna le hizo saber que estaba vivo. A veces los letreros emiten la voz de su novia que le dice: es por aquí, él lee que ella le llama y lo espera, esa es su locura, eso es lo que los psiquiatras llaman “alucinaciones”

José me cuenta su vida marcada por los golpes de un padre que desprecia las palabras que el hijo crea y una madre que envuelve en el término enfermedad lo que su hijo quiere decirle, trasmutando y encerrando su discurso en el cuidado silencioso de “su enfermo”

Hay varios episodios trágicos, que él me relata, y dentro de éstos hay uno que me llama especialmente la atención, se trata de la muerte del abuelo Alcibíades. Cuando José habla del abuelo su cara se ilumina denotando que es por él que sabe que está vivo.

José es como el abuelo, tachado de flojo e inútil. Alcibíades ha sido campesino, es el padre de su padre y murió como él está muriendo convertido en alguien que sobra. José dice: “sus hijos y su esposa, mi abuela lo trataban como a un perro”. José me ha dicho que a él le dan a comer baba de perro y veneno para ratas.

José siente, que tanto al abuelo como a él, la familia ha tratado de matarlos como a animales al excluirlos del orden familiar.

Fotografía de Adam Martinakis

Fotografía de Adam Martinakis

 

Muerte del abuelo

“A mi abuelo lo regañaban como a mí, acusándolo de flojo. Un día lo mandaron a buscar leña y como ésta se prendió él se salió del fuego, pero al darse cuenta de que se quería morir se metió otra vez, eso lo veo en mi pensamiento muy claro”

El abuelo quiso morir quemado y fue al encuentro de las llamas como decisión propia.

José cuando es atacado por unos pandilleros grita a los muchachos que lo atacan:[1]

-“a mi no me van a hacer lo que ustedes digan”-, ¿no es clara la identificación con el abuelo?

José erige su locura como respuesta al rechazo familiar que él percibe, hace lo mismo que el abuelo entrando a las llamas y dejándose abrazar por ellas no como una forma de someterse al deseo familiar sino como una decisión propia, se trata de la reivindicación del acto autodestructivo, de la apropiación de su vida a través de ese (acto) salto mortal en el que realmente se la juega.

Fotografía de Takashi Kawashima

Fotografía de Takashi Kawashima

Al describir la escena José llora y me conmueve enormemente, no puedo dejar de pensar en Antígona que se encamina a su propia muerte con honor, con el orgullo de pagar el precio de su propia decisión.

“No voy a doblegarme”, dice José Antonio, y advierto entonces que el hospital es su infierno como el cuarto donde se encierra, es la autoinmolación del abuelo es el escenario final al que él se ha entregado. Sin embargo hay una esperanza.

Eurípides hace de Antígona una obra de arte, y a través de su relato nos transmite la belleza de su crimen y José espera esta transmutación. Sus actos repetitivos oscilan entre la vida y la muerte y la luna se cierne en su cabeza para decirle que está vivo.

Fotografía de Takashi Kawashima

Fotografía de Takashi Kawashima

Su juventud me atrapa y lo imagino en la moto que ha compuesto siguiendo el oficio del padre. Escucho su fascinación cuando me habla de los motores y su intención de ser técnico; su ilusión de tener varias mujeres como su tío abuelo Aquiles (hermano de Alcibíades) que era respetado por sus hijos y sus nietos. Al parecer la línea de los héroes griegos quedó sesgada excluyendo al padre que lo conmina al silencio sin inscribirlo en el orden generacional, pero la estirpe familiar es animada por el fuego mortal del abuelo y los tíos que lo llaman a ser como ellos.

José me dice que cuando vio el retrato de su tío abuelo Aquiles, supo que no lo iba a olvidar, la visita que le hizo a su tío, el hijo de éste fue para llevarle a presentar a su novia (con la que tuvo una hija) le hizo sentir que estaba vivo. Al contarme su vida José recoge los fragmentos, construye una historia que puede habitar. Su dicción al principio in-entendible se torna no sólo coherente sino bella, interesante, fascinante…Y me dice algo que surge como clave de su vida “a mi me gustan las vaciladas” pero mi familia no las entiende. ¡José hace chistes! Tiene sentido del humor. Cambia por ejemplo los vasos de lugar cuando hay una discusión en su casa o atribuye a algunas piezas de un motor la capacidad de guardar el rencor y las malas vibras en el taller sorprendiendo a sus compañeros de trabajo. ¡José intenta convertir la tragedia en comedia! Y aquí en el hospital, en este lugar a donde su padre lo ha arrastrado en tres ocasiones, nos podemos reír en este viernes soleado donde platicamos tranquilamente bajo del hermosísimo árbol de chico zapote.

 

Notas

[1] […] diciéndoles “a mi no me van a hacer lo que ustedes digan”. Esta frase es dicha a unos desconocidos pero realmente es la respuesta a la familia de su pareja, a quien acababa de ver en una actitud seductora y provocativa hacia él (son palabras que corresponden a la escena anterior de la que no pudo hablar con nadie). Son las palabras que reivindican su derecho a decidir pero que dichas a otros aparecen sin sentido y por esto José Antonio se siente perdido “fue que mas adelante me fueron a golpear, me dieron con ladrillos con blocs y de ahí me entregué yo, me dije, si aquí me han de matar…” y sólo supo que estaba vivo cuando vio la luna que brillaba esa noche para él.

Del encuentro José salió herido, imprimiendo a su cuerpo el sentimiento de dolor que lo aquejaba, “Me abrieron el ojo, sentí los ojos en la mano como cuando en mi casa no me han alimentado bien”