Revista de filosofía

De melfas, desiertos y utopías

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De melfas, desiertos y utopías

María Antonia Hidalgo Rubio

Resumen

Un drama desconocido se está desarrollando en el Sahara Occidental, anteriormente llamado Sahara Español. En 1975, España se retiró de su colonia sin celebrar el referéndum de autodeterminación requerido por la ONU y Marruecos aprovechó la oportunidad para anexar a su vecino mediante la Marcha Verde. La ocupación continúa hasta nuestros días, y el gobierno marroquí guarda silencio sobre lo que sucede en el Sáhara Occidental: la opresión de los saharauis. Este artículo habla de memoria y resistencia en un grupo de mujeres saharauis que, a través de la creación colectiva, han podido superar situaciones de gran dificultad.

Palabras clave: violencia política, arte, ocupación, refugiadas, Sahara Occidental.

 

Abstract

An unknown drama is unfolding in Western Sahara, formerly called Spanish Sahara. In 1975, Spain withdrew from its colony without holding the self-determination referendum required by the UN, and Morocco seized the opportunity to annex its neighbor through the Green March. The occupation continues to this day, and the Moroccan government is silent about what happens in Western Sahara: the oppression of the Sahrawis. This article talks about memory and resistance in a group of Saharawi women who, through collective creation, have been able to overcome situations of great difficulty.

Keywords: political violence, art, occupation, refugees, Western Sahara.

Contextualizaciones marginales y utopías selladas

La utopía es un lugar fuera de todos los lugares…

M. Foucault, El cuerpo utópico

 

Este espacio invita a una reflexión sobre la posibilidad de conjugar la vulnerabilidad de la vida y sus devenires resilientes, a pesar de los estragos del biopoder, de la idea foucaultiana de control de la política sobre los cuerpos y los territorios, del ser humano en su condición más natural e inerme frente al “gran otro”; se trata de la precarización del hábitat como espacio íntimo, de un pueblo sin país, de una comunidad a la intemperie. Esta es una historia de supervivencia, de voluntades que encontraron en la acción y en la creación el valor suficiente para trenzar una agenda admirable de resistencia.

Hace 42 años que el Sahara Occidental,[1] dejó de ser la provincia número 53 de España, pero el incierto futuro de este territorio y la dignidad de sus gentes continúa despertando interés y admiración a pesar del olvido por parte de la comunidad internacional. En palabras de la escritora Rosa Montero (2016) en un artículo para el periódico El País que tituló “Vergüenza”: los saharauis recurrieron a la resistencia pacífica y nosotros le pagamos con el olvido, con olímpica ignorancia de sus derechos y de su dolor.[2]

Hay una circunstancia determinante en hacer de la causa saharaui el tema central de este ensayo y de la investigación militante que me ocupa desde hace 8 años: la irresponsabilidad del gobierno de mi país, aún hoy “garante” de la administración del Territorio ante Naciones Unidas. Artífice de una calamitosa descolonización que puso en evidencia las miserias de una dictadura anacrónica y ya agónica, después de más de 80 años de presencia e infinitas promesas, en 1975 España abandonó el Sahara sin hacer cumplir la Resolución 1514, según era el mandato de las Naciones Unidas. Siendo en la actualidad un territorio pendiente de un Referéndum de autodeterminación y la última colonia de África.

La marginalidad de este hecho fue provocada, en principio, por la confluencia de intereses globales derivados del contexto de la Guerra Fría y de disputas entre las naciones vecinas por la hegemonía regional. Marruecos y Mauritania han aducido unos derechos históricos que no tenían, pero la cuestión es que después de 15 años de guerra imposible y otros tantos de diplomacia sin resultado, el pueblo saharaui, víctima de todo este fardo, languidece lentamente.

Con la excusa de una “inmadurez histórica saharaui” se ha ido colonizando el territorio y expoliando sus recursos naturales, por unos y por otros. Citando a Achille Mbembe,

“[…] las colonias son parecidas a las fronteras, no se organizan bajo forma estatal, no han generado un mundo humano… son zonas en las que la guerra y el desorden, las figuras internas y externas de lo político, se tocan o se alternan unas con otras… el lugar por excelencia en el que los controles y las garantías del orden judicial pueden ser suspendidos.”[3]

Hay una referencia curiosa que relaciono con esta dejación de responsabilidades por parte del gobierno español y su consiguiente olvido durante cuatro décadas, es otra reflexión de Mbembe citando en sus líneas a Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo:

“El hecho de que las colonias puedan ser gobernadas en ausencia absoluta de ley, procede de la negación racista de todo punto común entre el conquistador y el indígena. A ojos del conquistador, la vida del colonizado no es más que otra forma de vida salvaje… según Arendt son seres que se comportaban como una parte integrante de la naturaleza… que carecían de un carácter específicamente humano.”[4]

A pesar de que entiendo, pero no comparto esta reflexión, creo que es precisamente el silencio sonoro del desierto, la propia naturaleza evocadora del paisaje, lo que ha conferido agencia y humanidad a la comunidad saharaui, además de otras cualidades, como la paciencia, la adaptación al medio y la capacidad de superación.

Resulta paradójico que, a pesar de los lazos históricos que unen a españoles y saharauis, apenas se mencionen. Complejos procesos intrínsecos y una amplia geopolítica con intereses de poder, ha ocasionado confusión, marginalidad e indiferencia hacia la causa saharaui, de la que nunca se habla en los medios, y más bien poco en las academias. La representación imaginada es desde un confuso exotismo, un pueblo que vive en el desierto y que tiene problemas, de costumbres ancestrales, ignorándose y en otros casos eludiéndose cualquier referencia de carácter histórico, legal e intelectual que los refiera como nuestros legítimos refugiados.

Posiblemente también sea rehusado este ensayo y se considere capcioso para determinada intelectualidad hegemónica pro-alauita, es una corriente bastante común en las universidades españolas, al igual que en la mayor parte de institutos, fundaciones, y asociaciones interculturales.

No olvidemos que los árabes permanecieron en España durante ocho siglos y existe una amplia concomitancia entre instituciones magrebíes y andaluzas, por ser el caso que conozco más de cerca. Yo misma fui durante dos años directora de las Rutas Culturales de El Legado Andalusí,[5]cuyo objetivo es dar a conocer la civilización hispano-musulmana, sus manifestaciones artísticas y nuestras relaciones históricas y sociales con el mundo árabe y magrebí. Durante el tiempo que desempeñé este cargo, en el que tuve la oportunidad de viajar y relacionarme con otras instituciones euro-árabes de características afines, jamás oí hablar de la comunidad saharaui, ni una sola vez.

A decir verdad, en la Universidad de Granada, apenas se convocan seminarios sobre esta temática. Tampoco investigaciones. En 2010, para la tesis de máster, elaboré un audiovisual centrado en el colectivo de familiares de presos y desaparecidos, con el título Bellis perenne, resistentes sin Habitación Propia. Y, aunque de la deliberada invisibilización de la causa saharaui podría escribirse mucho, no es el tema que ahora nos ocupa, sea tal vez en futuras reflexiones marginales.

Para cerrar este epígrafe y como resistente pensante, si permiten definirme de algún modo, citaré unas palabras del nomadismo filosófico de la feminista Rosi Braidotti: “[…] mi propia obra de pensadora no tiene una lengua materna y es solo una sucesión de traducciones, de desplazamientos, de adaptaciones a condiciones cambiantes”. [6]

No he encontrado palabras más acordes para reconocerme y repensarme en esta experiencia de militancia social entre los márgenes del propio margen.

Hilos de melfa,[7] ocupación y misión

El maut fard wa rega mahi fard.
(La muerte es obligatoria, pero la esclavitud no).

Proverbio saharaui[8]

 

En este devenir perseverante, la lucha de las mujeres saharauis ha sido indiscutible, con importantes retos individuales y colectivos a los que siguen dando respuesta.

Una de las mujeres emblemáticas de la resistencia en las zonas ocupadas es Sukeina Yedahlu, presidenta del Foro para el Futuro de la Mujer Saharaui, dada por desaparecida durante años. Desde aquel primer encuentro en 2012, sus testimonios me acompañan y me interpelan respecto al modo en cómo, durante los últimos tiempos, he venido configurando la comprensión del propio entender humano y, más específicamente, cómo tal configuración ha afectado a la experiencia de los procesos de creación para reclamar esa verdad que se le había arrebatado al arte como dispositivo para la construcción de sentido, del sentido entendido por Gadamer como actividad hermenéutica del ser, como la inaplazable necesidad de disponer de un lecho del que poder valerse e ilustrar la memoria. Sólo desde ahí entiendo la terapéutica del arte, como afable dispositivo para comprender lo que (nos) ocurre, “[…] no se experimenta el ser… sino sólo allí donde meramente puede comprenderse lo que ocurre”.[9] Entendiéndose por “ocurrir” lo que acontece, deviene y sobreviene en esta compleja constelación ambiente-individuo.

Es cierto que en todo acto de comprensión hay una pretensión de verdad y, en esa reivindicación de verdad, Sukeina Yedahlu a sus 58 años fue y sigue siendo víctima de tropelías y torturas recurrentes. Doce años en prisiones marroquíes, un hermano desaparecido, dos hijos fallecidos como consecuencia de su encarcelamiento y, a pesar de todo, con fuerzas para liderar la lucha por la dignidad de sus hermanas.

Es su voz robusta aún ante el dolor y ese deseo de entender, lo que nos abre hacia lugares comunes, expansivos, torpes a veces, que ambas recorremos a través de formas y símbolos tímidamente esbozados en un papel. Hay una historia entretejida entre Sukeina, su hermana Alia, su sobrina Kabbara y yo misma. Desde hace ocho años nuestros encuentros han estado marcados por la serendipia y la bondad del destino. De hecho, el presente escrito se inició después de unos días compartidos aquí en Andalucía, primero en Jaén, donde la activista viajó desde la Smara ocupada para visitar a su hermano Mohamed Yedahlu, y, posteriormente, en mi propia casa de Granada, días entre costuras y paseos por los jardines del Generalife, en los que hemos visitado a amigos comunes que aquí tienen su residencia desde hace varios años, como el poeta Mohamed Lamin y su familia.

Disponer de un tiempo de convivencia cercana con la activista ha sido un viaje de riqueza por el exuberante universo de la memoria: narrar, sentir, pensar, representar, evocar y activar los símbolos anunciándose entre ellos para luego contarnos a nosotras y experimentar en qué consiste esa gadameriana recuperación de sentido en los procesos de creación.

Decía el antropólogo Juan Carlos Gimeno[10] que el exilio hizo de cada saharaui un poeta, y es cierto, no conozco ningún otro lugar con tanta predisposición a mecer el verbo, acunarlo y embellecerlo como en estos habitantes de la hammada:[11] Sidi Brahim Salama, Bahia Mahmud Awad, Bachir Abderrahaman, Husein Moulud, Bunana Buseif, Mustafa Elbar, Mohamed Salem Abdelfatah (Ebnu), Zaim Alal, Mohamed Ali Salem, y las mujeres cuyo verso comprometido también en lengua española, hassanía[12] y árabe: Salka Embarek, Zahra Ahmed Lhasnaui, Sukeina Ali Taleb, además de muchas otras, creadoras anónimas que alzaron su voz entre los muros de las cárceles sin otro recurso que la grapa de un cartón o el hilo de una melfa, todo para no perder su idioma y poder convocar ágilmente a sus significantes, como siluetas de jaimas[13] y camellos, paisajes dibujados con el tejido y que la propia Sukeina iba recordando en aquel primer encuentro en casa del activista Brahim Dahan, en la ciudad ocupada del Aiún o Layyoune.

En aquella ocasión, viajamos cuatro españoles como observadores de derechos humanos, Antonio Martínez, médico traumatólogo, dos artistas, Alonso Gil y Federico Guzmán y una arte-terapeuta, quien suscribe, invitados por la ASVDH, Asociación Saharaui de Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos.

Nuestro objetivo era hacer entrevistas individuales a una parte de la población saharaui víctima de tortura por parte del gobierno marroquí y recoger la mayoría de datos posibles para una investigación en curso cuyo principal manual era el Protocolo de Estambul[14] de Naciones Unidas, supervisados cada día por el doctor Carlos Martín Beristain, antiguo asesor del Tribunal Penal Internacional y coautor del posterior informe El Oasis de la Memoria (2012), dos tomos que incluyen un análisis de estas violaciones a través de casos individuales y colectivos en diferentes periodos históricos, desde el éxodo y el bombardeo a la población civil en Um Dreiga, las desapariciones forzadas, las torturas, las detenciones arbitrarias y el uso excesivo e indiscriminado de la fuerza contra la población saharaui en manifestaciones, especialmente a partir de la Intifada de 2005 o en el campamento de Gdeim Izik en 2010, también llamado Campamento de la Dignidad, hecho considerado por Noam Chomsky como el germen de la Primavera Árabe.

Según Chomsky,[15] la Arab Spring comenzó allí en octubre de 2010 cuando la población del Sáhara Occidental se rebeló contra sus ocupantes. Esta opinión ha sintonizado el eco de los analistas del norte de África, incluido Hicham Yezza,[16] quien comentó:

“En octubre de 2010, unas pocas semanas antes del fatídico encuentro de diciembre en Sidi Bouzid (Túnez) entre Mohamed Bouazizi y un funcionario municipal, miles de hombres saharauis, mujeres y niños establecieron Gdeim Izik, un campamento a pocos kilómetros al este de Layyoune, la capital del Sáhara Occidental ocupado, en un acto de protesta masiva contra su continua marginación bajo la ocupación marroquí de sus tierras por décadas”.[17]

  1. A. Lamanra[18] describe:

“Las autoridades marroquíes desmantelaron los campos con fuerza y ​​bloquearon a los saharauis heridos para que no buscaran tratamiento médico. Temiendo la mala publicidad que sus actividades podían generar, Marruecos expulsó al periodista de Al Jazeera enviado para cubrir los eventos y cerró la oficina del canal en el país.

La aerolínea nacional, Royal Air Maroc, también impidió que los corresponsales extranjeros de las cadenas de televisión españolas TVE y TV3 y del diario español El Mundo embarcaran en vuelos desde Marruecos a El Aaiún, cancelando sus vuelos por anticipado o bloqueándolos en el aeropuerto.”

Una delegación de artistas que nos encontrábamos en Tifariti, capital de los territorios liberados en los años 90 por el Frente Polisario, vivimos el desmantelamiento de Gdeim Izik muy de cerca, estábamos justo al otro lado del muro, consternados, perplejos, viendo como nuestra esperanza de liberación de repente era engullida por las dunas. Sólo queríamos oír la radio con los soldados del cuartel donde nos alojábamos, que deambulaban de un lado a otro entre el abatimiento, la impotencia y la rabia. Pensé con tristeza que hace mucho tiempo que urge una reformulación de lo que la vieja filosofía llamaba justicia.

Probablemente, como alude Judith Butler,[19] debería haber un reconocimiento de la precariedad como condición compartida de la vida humana. La precariedad implica vivir socialmente, es decir, el hecho de que nuestra vida está siempre en manos de otro. Es exactamente eso, la solución de esta causa depende siempre de “otro”.

Cuando pudimos ver las imágenes en internet, el panorama era desolador, no quedaba nada. Las mujeres cubrían a los heridos con sus ropas, firmes y decididas entre el fuego y los helicópteros de la gendarmería marroquí.

De repente recordé el éxodo de los años setenta y cómo las mujeres saharauis disponían sus melfas para construir las primeras jaimas donde resguardarse del sol abrasador del desierto. Resistieron. Y lo hicieron entretejiéndose. Avanzaron en una urdimbre de hilos como líneas orgánicas de vida, como arterias de los cuerpos cómplices, como diques que permanecen y se elevan más allá de la precariedad y de la justicia.

 

Bibliografía

  1. Butler, Judith, Marcos de guerra. Las vidas lloradas, Paidós. Barcelona, 2010.
  2. Foucault, Michel, El cuerpo utópico. Heterotopías. Nueva edición, Claves, Buenos Aires, 2010.
  3. Gadamer, Hans-Georg, Verdad y Método, Sígueme, Salamanca, 2007.
  4. Gargallo, Francesca, Saharauis: La Sonrisa del sol, Corte y Confección, México, 2014.
  5. Hidalgo Rubio, María Antonia, “Mujer, terapia y resistencia: espacios posibles” en Medina, R. (coord.) Mujeres saharauis: Tres tuizas para la memoria de la resistencia, Sevilla, 2016.
  6. Juliano, Dolores, La causa saharaui y las mujeres, Icaria, Barcelona, 1998.
  7. Martín Berinstain, Carlos y González Hidalgo, Eloísa, El Oasis de la Memoria. Memoria histórica y violaciones de Derechos humanos en el Sáhara Occidental, Hegoa/UPV, San Sebastián/Donostia, 2012.
  8. Woolf, Virginia, Una habitación propia, Seix Barral, Barcelona, 2008.

 

Protocolos e informes

  1. Oficina del Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Protocolo de Estambul. Manual para la investigación y documentación eficaces de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, Ginebra, 2001.

 

Enlaces web

http://www.mujeressaharauisunms.org/

http://blogs.elpais.com/donde-queda-el-sahara/

http://poemariosaharalibre.blogspot.com.es/

http://www.umdraiga.com/

 

Notas

[1] La historia del conflicto del Sáhara Occidental se remonta al “reparto colonial africano” gestado en la Conferencia de Berlín de 1885. Después de 80 años de presencia española y promesas infinitas, España abandona el territorio en 1975, sin hacer cumplir la Resolución 1514 de Naciones Unidas. Desde entonces el Sahara Occidental fue engullido por Marruecos y la población saharaui se encuentra dividida entre las zonas ocupadas y el exilio en el desierto argelino en las proximidades de Tinduf. En el listado de Territorios No Autónomos (TNA) y la web oficial de Naciones Unidas aparece esta cita referida a la administración del Sáhara Occidental: “El 26 de febrero de 1976, España comunicó al Secretario General que a partir de dicha fecha daba por terminada su presencia en el territorio del Sáhara. En 1990 la Asamblea General reafirmó que la cuestión del Sáhara Occidental era un problema de descolonización que debía ser resuelto por el pueblo del Sáhara Occidental”. Naciones Unidas, 2017. Recuperado de http://www.un.org/es/events/nonselfgoverning/non-self-governing.shtml
[2] Rosa Montero, “Vergüenza”, Maneras de Vivir, El País Semanal., Madrid, 2016 en 2. Recuperado de http://elpaissemanal.elpais.com/columna/verguenza/
[3] Mbembe, Necropolítica, Melusina, Madrid, 2011, pp. 39-40.
[4] Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 1998, p. 168.
[5] El Legado Andalusí es una Fundación de la Junta de Andalucía, participada por la Consejería de Turismo y Comercio, la Consejería de Educación, Cultura y Deporte y la Consejería de Presidencia. La Presidencia de Honor la ostenta el Rey emérito Juan Carlos I. Cuenta, igualmente, con la participación del Gobierno de España, a través de los Ministerios de Cultura y Asuntos Exteriores y la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), y tiene el apoyo de la UNESCO y el Consejo de Europa, entre otras instituciones públicas y privadas. Fundación El Legado Andalusí. Recuperado de http://www.legadoandalusi.es/fundacion/principal/inicio
[6] Rosi Braidotti. Conferencia Lo Posthumano. Museo de Arte Reina Sofía, Madrid, 2015. Conferencia de Rosi Braidotti en el Museo de Arte Reina Sofía, Madrid. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=xnz0JWvkxEQ
[7] Atuendo tradicional de la mujer saharaui de 4 metros y medio de longitud, dispuesto alrededor de la cabeza y el cuerpo.
[8] Citado por Juliano, La causa saharaui y las mujeres, Icaria, Barcelona, 1998, p. 83.
[9] Gadamer, Verdad y Método, Sígueme, Salamanca, 2007, p. 19.
[10] Gimeno es coordinador del grupo de investigación sobre la poesía saharaui en la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma de Madrid.
[11] Del árabe “ḥammāda”, es un tipo de desierto pedregoso, caracterizado por su paisaje árido, duro, de mesetas rocosas y con muy poca arena. La superficie de una hamada está compuesta por rocas planas, cubiertas de grava, de dimensiones mayores a los seis centímetros. Metafóricamente es traducida al español por infierno o desierto de los desiertos, para indicar el inhóspito lugar en el que vive la población refugiada saharaui desde hace 42 años. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Hamada
[12] El nombre del dialecto tiene su origen en la denominación de los Beni Hassan, tribus árabes que han impregnado su idioma en numerosos pueblos de la región y cuya autoridad se extendía sobre casi toda Mauritania y el Sáhara Occidental en los siglos XV y XVI. Contiene palabras en castellano.
[13] Tienda de campaña de los pueblos nómadas del norte de África. Símbolo del hogar en la cultura saharaui.
[14]Manual para la investigación y documentación eficaces de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos degradantes. Protocolo de Estambul, editado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en 2001.
[15] Noam Chomsky and Western Sahara, recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=JTjOt0Pz0BQ
[16] Yezza es editor jefe de Ceasefire Magazine, revista trimestral cultural y política con sede en el Reino Unido; columnista para Open Democracy.
[17] Yezza, ‘Gdeim Izik: The First, Forgotten Spark of the Arab Uprisings’. Recuperado de: https://www.opendemocracy.net/author/hicham-yezza
[18] Nisrine Amel Lamanra en ACCORD, African Centre for the Constructive Resolution of Disputes, 2015. Recuperado de http://www.accord.org.za/conflict-trends/western-sahara-since-arab-spring/
[19] Butler, Marcos de guerra. Las vidas lloradas, ed. cit., p. 30.