Revista de filosofía

Confusión clara

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Trad. Maria Konta

JEAN-LUC NANCY Y AVITAL RONELL

JEAN-LUC NANCY Y AVITAL RONELL

¡Qué historia tan instructiva! Aquí hay dos personas que coquetean (uno borra aquí todas las atribuciones de género, siempre dudosas y modificables).[1] Dos adultos, en plena posesión de sus derechos y de sus conciencias. Uno es el profesor del otro y el otro, por lo tanto, su estudiante. Coquetean, es decir, se engatusan, se dan apelativos cariñosos, en la conversación y en los correos electrónicos, se acurrucan un poco. En términos tanto de sexo como de sentimiento, el asunto no va más allá.

El alumno se gradúa, puede, entonces, buscar trabajo. Después de dos años, nada ha llegado a buen término (los puestos universitarios en literatura son escasos en estos tiempos gerenciales). Luego el estudiante siente que su compañero de coqueteo tuvo que sabotear su candidatura. Decide llevarlo a un juicio por haberlo seducido sucesivamente y luego de haberle impedido irse a una carrera (mientras tanto, afortunadamente, el estudiante encontró dos empleos temporales).

Empieza un procedimiento Título IX. El acusado se declara culpable de acoso sexual en la forma de lenguaje exagerado (lenguaje que, sin embargo, jamás se juzga probable de haber lastimado psicológicamente el demandante, por lo tanto, los presuntos certificados médicos provistos se encuentran “veracidad cuestionable”). El acusado está suspendido por un año de su función. Todo esto debe permanecer únicamente entre las partes y la universidad, a través de la cual se realizó el juicio. Pero el demandante se siente ofendido por un veredicto tan pequeño. Él alerta a la prensa, trae su propia información y amenaza a la universidad con un nuevo juicio (reclamaría millones, dice la universidad).

Mientras tanto, un gran grupo de colegas y amigos del acusado había expresado en una carta pública la desproporción entre la agitación judicial (de varios meses, y de resultado muy frágil) y el carácter benigno de los hechos. La reputación internacional del acusado también fue invocada, no en su defensa, sino como una certificación de su conducta profesional y social durante unos 30 años. Precisó que uno estaría igual de sorprendido con cualquier otra persona (curiosamente, esta precisión saltó en la versión de la carta publicada posteriormente).

Ése es el punto en el que todo se empeora, si es que no fue lo suficientemente severo: es hora de revelar que el acusado es una mujer, el querellante un hombre, ambos homosexuales (distinciones sujetas a elaboraciones, sin duda, pero uno debe aclarar). La conclusión se hace evidente: cuando se acusa a una mujer, las feministas, mujeres y hombres, la defienden. Cuando es hombre está cubierto de oprobio, por hombres y mujeres. La prensa se enciende en ambos lados del Atlántico (al menos). El acusado rechaza las alegaciones del demandante; uno exige, por lo tanto, de qué han servido diez meses de juicio y de confidencialidad.

Conclusiones: 1) Sin otras pruebas que escenas sin testigos y expresiones de estados de ánimo, se presenta un veredicto. 2) Sin otra prueba que la presencia de feministas en los signatarios (uno se olvida de los otros, de los que confieso, soy parte). Un veredicto de opinión aboga en contra de las mujeres involucradas en “#MeToo”.

Uno juzga a diestra y siniestra donde solo hay la palabra de una persona contra otra, una opinión contra otra opinión. Se produce una asombrosa confusión entre lo subjetivo y lo objetivo, así como entre lo personal y lo institucional. Entre lo vivido y lo judicial. Entre la impresión y la información. Entre el prejuicio y el juicio.

Pero esta confusión genera un estremecimiento de júbilo que recorre los rangos y las redes: qué hermoso juego de masacre: las feministas que se tropiezan, la corporación académica que moviliza el apoyo y especialmente, especialmente, el coqueteo puesto bajo alta vigilancia. Defendamos todos(as) contra todos(as) y el sentimentalismo contra sí mismo. Defendamos los espíritus sensibles contra las seducciones más livianas. De un guiño a la violación, la consecuencia es buena, como si fuera una conclusión inevitable, como si todos los profesores fueran acosadores y todos los estudiantes siervos.

De la confusión nace la claridad: qué tan bueno es tener una visión clara del mundo, ordenada y estructurada sobre divisiones precisas y atribuciones definidas. De discernir sin dudar lo bueno de lo malo y viceversa. De poder corregir la más mínima infracción. De ser absolutamente serio e infinitamente vigilante. ¡Qué tan bien se siente en este mundo exacto, donde cada cosa y cada persona está en su lugar y en su papel!

¿Quién dijo, entonces, que este mundo es complejo?

 

Posdata

Nota adicional: en los últimos años uno observa una modificación en los códigos de la educación, de la cortesía y de la amabilidad. “Cordialmente” está sustituido por “mejores deseos” y “love” por “atentamente”. Uno se abraza mucho más y preferiblemente “muy fuerte”. Por poco que uno quiera embellecer los códigos de algunos refinamientos, la amabilidad puede acercarse al entusiasmo. Por el contrario, la expresión del afecto puede sentirse amenazada por la indiferencia si ella no se hace más ardiente. Es interminable y en estado confusional, si me se permite la frase. ¡Y, no hablemos del uso cómico o deliberadamente paródico de las hipérboles del sentimiento! Por miedo a no sentir nada, uno quiere sentir más intensamente. Pero cuando uno es serio y clarividente, uno exige un lenguaje elaboradamente fino: ¿no es así mis muy queridas hermanas y mis muy queridos hermanos?

Segunda nota adicional: este caso ha tenido algunas novedades inesperadas. Por ejemplo, se ha sugerido que el concepto de acoso sexual necesita ser repensado para incluir la posibilidad de que no sea sexual a través del ejercicio de la presión emocional vinculada al poder, lo cual tiene sentido siempre que la base de la presión —la fuerza relativa de una de las partes y la debilidad relativa de la otra— está bien y claramente establecida. Lo mismo sucedería si uno considerara tales presiones sobre una persona mayor o alguien psicológicamente desafiado. La relación del profesor y el estudiante no es suficiente en sí misma, y, sin embargo, eso es lo que se ha sugerido. Pero no se trata de sugerirlo, sino de probarlo.

SLATE, “AVITAL RONELL”

SLATE, “AVITAL RONELL”

Tercera adición: en el tiempo transcurrido (escribí este texto hace tres semanas), he visto que la “deconstrucción” en sí misma está siendo acusada en la persona de Avital Ronell y que se acusa a Avital como una supuesta “deconstruccionista”. Los que apoyan este argumento revelan que no saben nada de lo que la palabra “deconstrucción” significa en filosofía, no saben que Derrida siempre rechazó la idea de “un deconstruccionismo” y, sobre todo, ignoran las considerables diferencias que existen entre las obras escritas por Avital, Derrida, y otros pensadores —muy diversos en sí mismos— que intentan continuar y profundizar lo que Kant, Nietzsche, Husserl y Heidegger emprendieron, siguiendo lo que Kant denominó la “crítica de lo metafísico”. La ignorancia siempre crece junto con los veredictos de opinión.

 

Notas

[1] El original en francés “Claire confusion : Autour d’Avital Ronell” fue publicado en Vacarme el 23 de agosto del 2018. Véase https://vacarme.org/article3173.html.

La traducción al inglés con las dos últimas notas fue publicada en TheoryLeaks como “Clear Confusion” el 3 de septiembre del 2018. Véase http://theoryleaks.org/text/articles/jean-luc-nancy/clear-confusion/.